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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:68
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1 — La bala del Rey

Tenía los labios tan agrietados que, cuando intenté humedecerlos, la lengua se me quedó pegada como a una piedra al sol. Llevaba dos días sin agua. Dos días, o quizá más; había perdido la cuenta en algún punto entre el calor y el vaho de mi propia respiración contra los barrotes.

La jaula era de hierro, con un óxido anaranjado que se me metía en la nariz y me sabía a sangre. Estaba en el fondo de un cobertizo de lámina, en Almanegra, un lugar que hasta hacía cinco días yo ni siquiera sabía nombrar. El mediodía golpeaba el techo y lo convertía en un comal. Yo, adentro, era el camarón.

"Aguanta, Ana", me dije, aunque nadie me llamaba Ana ahí. "Aguanta un poco más."

Cerré los ojos y, por un segundo, en lugar del hedor a orín y a moho, olí el mar de Veracruz. Vi el puesto de mariscos de mi papá, el vapor subiendo del huachinango a la talla, a mi mamá regañándome porque otra vez llegaba tarde de la universidad. Vi a Chato, el perro guardián de la casa, moviendo la cola en el patio. Todo eso estaba a un océano de distancia, del otro lado del mundo, y yo lo había cambiado por esto.

Por un viaje gratis.

"Una promoción, Ana, un tour de aventura por toda Latinoamérica, ¡nos lo ganamos!", me había dicho Yésica con esa sonrisa suya de comercial de pasta de dientes. Yesi, mi amiga desde la prepa. Cruzamos una frontera que no venía en ningún folleto, nos subieron a una camioneta con las ventanas pintadas, y del otro lado ya no éramos turistas. Éramos mercancía.

A Yesi se la llevaron el primer día. Aparte. A ella, con su cara de muñeca y sus piernas largas, la apartaron para otra cosa; a mí, para lo que quedara. Todavía la veía, en el recuerdo, subiéndose a la camioneta con su maleta rosa y su ilusión, diciéndome "ay, Ana, no seas aguafiestas, esto va a estar increíble". No sé si Yesi sabía en lo que nos metía. Prefería pensar que no. Prefería pensar que a ella también la habían engañado, porque odiar a una amiga, en aquella jaula, era un lujo que gastaba fuerzas que yo no tenía.

Un hombre gordo, al que los demás llamaban el Sapo, me revisó los dientes como a una yegua, me apretó los brazos para ver cuánta carne traía y decidió mi precio en una lengua que yo apenas pescaba. No hacía falta el idioma para entender el gesto con que se relamió. Esa noche, dijo, me venderían. Al mercado negro. Y si nadie me quería entera, me querrían en partes.

Órganos. La palabra me la tradujo el miedo, no el idioma.

Fue entonces cuando el mundo se llenó de motores.

No fue un coche. Fueron muchos, una caravana que entró rugiendo y levantó una polvareda que se coló por las rendijas del cobertizo. Vi, entre los barrotes, la puerta de una camioneta negra: en ella, dorado, un león rodeado de fuego. Un león en llamas. Los guardias del campamento, que hasta ese momento me daban tanto miedo, se pusieron pálidos y empezaron a correr como cucarachas.

Bajaron a un hombre en volandas. Lo cargaban cuatro, y aun así les pesaba. Era enorme, vestido con pantalón militar, y de la tela verde brotaba una mancha oscura que crecía a ojos vistas. Le habían dado varios tiros. Uno, en el muslo, seguía adentro; lo supe por cómo la sangre no salía a chorro, sino a borbotones lentos y espesos, como agua de un pozo tapado.

Lo metieron al cobertizo de al lado. Trajeron a dos hombres con batas manchadas —los médicos del lugar, si es que esa palabra les quedaba— y a los pocos minutos oí que uno de ellos decía, con la voz temblando:

—Está muy adentro. Si abro más, se desangra. No puedo, señor Cuervo. No puedo.

Un silencio. Y luego una voz distinta, seca como un cuchillo:

—Entonces sírvenos de algo tú, o le explicas al Señor por qué se murió.

Ese fue el momento. No lo pensé con la cabeza; lo pensó el cuerpo, el mismo animal que llevaba dos días decidido a no morirse. Me arrastré hasta los barrotes y grité con lo poco que me quedaba de garganta:

—¡Yo sé! ¡Yo estudio medicina! ¡Sé sacar una bala!

Mentí, claro. Estudiaba tercer año de medicina veterinaria en una universidad pública de Veracruz, y la única cirugía que había hecho en mi vida fue castrar a Chato en el patio de la casa, con mi abuela Nazaria dándome instrucciones desde su silla. Pero un moribundo con un león en la puerta no era momento para precisiones.

El hombre de la voz seca —alto, flaco, con cara de no haber sonreído nunca— se paró frente a mi jaula y me miró como quien calcula si le sirve una herramienta oxidada.

—Si se muere, te mueres con él —dijo—. Si vive, ya veremos.

Abrieron el candado.

Me llevaron casi en peso hasta el cobertizo de al lado. Me dieron agua, por fin, medio vaso, y me temblaron tanto las manos que se me derramó en la barbilla. Después me pusieron guantes y me empujaron hacia la mesa.

El hombre de los balazos estaba tendido bocarriba. Tendría unos treinta años, la mandíbula dura, el pelo negro pegado de sudor. Aun medio muerto, aun con la piel gris, había en él algo que hacía que los demás no levantaran la voz. Le corté el pantalón militar con unas tijeras que hervían mal. La herida del muslo era un boquete negro; la bala, la sentí con la punta de la pinza, estaba a unos dos centímetros, alojada contra el hueso.

—Presión aquí —le ordené al médico tembloroso, y le puse los dedos donde debía, sobre la arteria—. No la sueltes aunque te grite.

Hice lo que me enseñó mi Nana Nazaria cuando de niña me desangraba la rodilla en la banqueta: no pelees con la sangre, hazle un dique. Comprimí, esperé, respiré. Las manos me temblaban de debilidad, pero conforme trabajaba se me fueron quedando quietas, como si supieran solas lo que había que hacer. Toda mi vida había querido curar; nunca imaginé que la primera vida que salvara sería la de un hombre así, ni que la salvara para salvarme yo. El olor a hierro me devolvió por un instante a la jaula, y lo espanté.

—Más gasas —dije, y mi voz sonó más firme de lo que yo me sentía—. Y no me apuren, que si me tiembla el pulso, se muere.

Nadie me apuró. En aquel cobertizo mugroso, por unos minutos, la que mandaba era yo.

No había anestesia a la vista. Metí la pinza en carne viva.

El cuerpo del hombre se arqueó. Pensé que iba a gritar, o a matarme de un manotazo. Pero abrió los ojos —unos ojos oscuros, lúcidos de un modo que no tenía derecho a estar lúcido— me miró fijo, y dijo con una calma escalofriante, arrastrando las palabras:

—La anestesia está a tu izquierda.

Volteé. Ahí estaba, un frasco y una jeringa, donde los inútiles no habían pensado usarla. Se la apliqué. Y mientras yo sudaba y maldecía por dentro, ese hombre, con una bala junto al hueso, seguía observándome con la paciencia de quien mira llover.

Saqué el plomo. Cayó en la charola con un tintineo que me pareció el sonido más limpio del mundo. Limpié, cosí punto por punto —los mismos puntos que le hice a Chato, Dios me perdone la comparación— y vendé. Cuando terminé, me temblaba todo el cuerpo y la vista se me llenaba de moscas negras.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él, todavía tendido, todavía mirándome.

Y ahí, no sé de dónde, me salió la prudencia. No di mi nombre. Di el que me había inventado en la jaula por si algún día alguien preguntaba.

—Mía —dije—. Mía Duarte.

Él tardó en contestar. Una sonrisa mínima, apenas un pliegue en la comisura, le cruzó la cara gris.

—Dante —dijo. Nada más. Como si con eso bastara. Como si yo debiera saber lo que ese nombre pesaba.

Me dejé caer contra la pared de lámina. Había salvado una vida. Con estas dos manos, las mismas con las que un día quise curar animales heridos, acababa de salvar a un hombre del que todo el campamento tenía terror.

Y entonces lo entendí, con una claridad que me heló a pesar del calor: usé mis manos de salvar vidas para encerrarme en una jaula más grande.

Porque un hombre así no suelta lo que le sirve.

El flaco de la voz seca —el Cuervo, lo había llamado el médico— se me acercó cuando me estaban dando otro poco de agua. Se puso en cuclillas para quedar a mi altura. Por primera vez no me miró como a una herramienta.

—El Señor pregunta —dijo despacio, midiendo cada palabra— si quieres irte con él.

Miré la puerta. Afuera seguía la caravana, los leones dorados, los hombres armados. Adentro estaba la jaula de hierro, el Sapo, la noche, el mercado. Irme con él. Como si fuera una pregunta. Como si en toda mi vida, desde que subí a aquella camioneta de ventanas pintadas, hubiera existido algo remotamente parecido a poder elegir.

Y sin embargo, mirando al Cuervo esperar mi respuesta con esa paciencia de piedra, entendí que la pregunta no era una invitación. Era una puerta que se cerraba con buenos modales. De un lado, la jaula segura. Del otro, un rey que veía todo. No había un tercer lado.

Tragué el agua, que me supo a óxido y a sangre, y me oí decir a mí misma, por dentro, la única verdad que me quedaba entera:

Aguanta, Ana. Todavía no sabes dónde estás.

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