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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

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Capítulo 8

Cap 8: Bella de día no sirve

La noticia cayó tres días después, como una losa.

—Cien. —Fernando aventó el periódico sobre la mesa del desayuno—. Cien constructoras recibieron las bases de la licitación de Edén. Cien. ¿Y sabes cuántas veces aparecemos los Ayala en esa lista? Cero. Nos borraron. —Miró a Ximena con los ojos inyectados—. Por ti. Por tus mil pesos y tu bocota.

Doña Perla quiso intervenir, pero Ximena la detuvo con un gesto suave y siguió untando su pan como si nada.

Ella sí recordaba algo que Fernando no sabía. Meses atrás, saliendo de la cadena, se había topado con su mantenido en la puerta de la Torre AB, el rascacielos más alto de Monteverde. "¿Y tú qué haces aquí?", le había preguntado ella, extrañada. Y él, con esa sonrisa canalla, había señalado el edificio entero: "Es mío. Soy el dueño de todo esto." Ximena se había reído en su cara. "Ay, sí. Y yo soy la reina de Inglaterra." Ahora la risa se le atoraba en la garganta.

—Yo lo arreglo —dijo, dejando el cuchillo—. Voy a la Torre AB a pedir el cupo.

Fernando soltó una carcajada amarga.

—Fui cuatro veces. Cuatro. Ni del elevador me dejaron pasar. ¿Tú qué vas a lograr?

—Ya veremos.

La Torre AB por dentro era todo mármol negro y cristal. En cuanto Ximena dijo su apellido en recepción, la recepcionista endureció el gesto.

—Lo siento, señora. Órdenes de dirección: ninguna persona de la familia Ayala tiene acceso al edificio. Le voy a pedir que se retire.

Dos guardias empezaron a acercarse.

Ximena no se inmutó. Sacó el teléfono, marcó un número que solo ella tenía, y esperó con la cadera apoyada en el mostrador.

—Soy yo —dijo cuando contestaron—. Estoy abajo, en tu recepción, y me están corriendo tus gorilas. ¿Así me tratas?

Diez segundos después, el teléfono de la recepción sonó. La recepcionista contestó, escuchó, y se puso de pie de un salto, pálida.

—Sí, señor. Sí. De inmediato, señor. Discúlpeme. —Colgó y miró a Ximena como si le hubieran crecido alas—. Señora Salazar. El señor Bramonte… el señor la espera arriba. Piso cuarenta. Yo… disculpe usted.

Que el propio Adrián Bramonte llamara en persona a recepción para autorizar a alguien era algo que no se había visto nunca. La noticia corrió por el edificio antes de que ella llegara al elevador.

Arriba la recibió un hombre de traje impecable y mirada leal, el secretario de confianza.

—Gael Núñez. —Le abrió la puerta con una media sonrisa que decía más de lo que callaba—. Un placer, señora. El jefe la recibe en un momento. —Bajó la voz, cordial—. Aquí adentro sabemos… apreciar a las personas cercanas al señor.

Ximena entendió el subtexto y no se dio por aludida. Mientras esperaba, paseó la vista por la antesala del despacho. Y sobre el escritorio de Gael, medio escondido tras la pantalla, había un portarretrato.

Una niña. Cuatro, cinco años a lo mucho. Vestido rosa, dos coletas, un conejo de peluche abrazado contra el pecho. La foto era vieja, de baja resolución, granulada. Y aun así, Ximena sintió algo raro apretarle el pecho, un tirón inexplicable, como si conociera esa carita de algún sueño olvidado.

Se acercó sin darse cuenta.

—¿Quién es esta niña? —preguntó.

Una mano apareció de la nada y tomó el portarretrato antes de que ella lo tocara. Adrián. Había salido del despacho sin que lo oyera. Volvió a colocar el retrato en su sitio, boca abajo, con una calma tensa.

—Nadie. —Su voz no admitía preguntas—. No es mi hija, si es lo que piensas.

Ximena lo miró. Él no le sostuvo la mirada del todo.

—No pensé nada —mintió ella.

Pero el tirón seguía ahí, terco, en algún punto detrás del esternón. Volvió a mirar de reojo el retrato, ahora boca abajo.

—¿Y por qué la traes en el escritorio de tu gente, si no es nadie?

—Porque la busco desde hace años. —Se le escapó casi sin querer, y en cuanto lo dijo cerró la cara como una puerta con llave—. Es un asunto mío. Viejo. No tuyo. Pasemos a lo que viniste.

Pasaron al despacho. Adrián se sentó tras el escritorio, recuperó su máscara de hielo, y fue directo al grano.

—Quieres el cupo para Altamar. Te lo doy. —Entrelazó los dedos—. Con una condición. Te sales de la casa de los Ayala y te mudas a Villaverde. Hoy. Conmigo.

Ximena ni lo pensó.

—Hecho. —Se inclinó sobre el escritorio—. Pero emites las bases para Altamar ahora mismo. Delante de mí. Con firma y sello. Después hablamos de mudanzas.

Adrián la estudió un segundo, divertido por su descaro, y llamó a Gael. En diez minutos, la orden estaba firmada: Constructora Altamar admitida al proceso de licitación del complejo Edén. Ximena lo vio con sus propios ojos, guardó copia en el teléfono, y se puso de pie.

—Gracias, cielo. Eres un amor. —Le lanzó un beso desde la puerta—. Nos vemos.

—Esta noche. En Villaverde —dijo él—. No llegues tarde.

—Ah, eso. —Ximena se detuvo en el umbral y sonrió con toda la dulzura del mundo—. Fíjate que no dije cuándo me iba a mudar. Pienso hacerlo… en cinco años. Más o menos.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué?

—Es que la licitación de Edén tiene aval federal, mi vida. Es pública. La supervisa el gobierno. En cuanto Altamar quedó admitida y firmada, ya nadie puede sacarla sin causa; ni tú. El cupo está blindado. —Le guiñó un ojo—. Así que gracias por la condición, pero creo que me quedo donde estoy. Que descanses.

Y cerró la puerta.

Del otro lado se oyó, apagado, el golpe seco de un teléfono estrellándose contra la pared.

Ximena entró al elevador sonriendo. Le gustaba ganarle. Le gustaba, sobre todo, esa manera suya de dejarle ganar y enojarse después, como un niño al que le cambian las reglas a media partida.

Esa tarde, Ximena llegó a la cadena todavía sonriendo. En la sala de redacción, un corrillo de compañeros cuchicheaba alrededor de alguien nuevo.

—Es la nueva presentadora —le explicó una compañera al oído—. Llegó con recomendación de arriba. Posgrado en periodismo, prácticas en una cadena internacional. Dicen que viene por el estelar.

La recién llegada se giró hacia Ximena. Traía una blusa holgada, el pelo recogido, una sonrisa tímida y dulce, y una mano descansando, apenas, sobre el vientre.

—Hola. —Inclinó apenas la cabeza con suavidad—. Vamos a ser compañeras. Me llamo Liliana.

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