Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 24
Capítulo 24: La Fénix
El helicóptero no bajó en la Casona. Bajó lejos, del lado del este, donde yo nunca había ido, y el ruido se apagó de golpe como cuando se cierra una puerta sobre una fiesta.
Me quedé en mi cuarto, como me habían dicho. Con la oreja puesta.
Cuarenta minutos después oí los motores en el patio. Me acerqué a la ventana por la orilla, con la cortina apenas abierta el ancho de un ojo, y desde ahí vi entrar dos camionetas negras y una tercera, más baja, larga, plateada, que no era de la casa.
Bruno bajó primero. Traje gris oscuro, camisa blanca, sin flores. Nunca lo había visto así; parecía otro, uno que iba a un funeral con ganas. Traía en los brazos un ramo enorme de rosas negras, de esas que yo había visto una sola vez, en el invernadero, antes de que el invernadero dejara de existir.
Se me apretó el estómago al ver las rosas. La última vez que estuve cerca de esas flores, un hombre lloraba de rodillas entre las macetas y yo me tapé los ojos con la mano de Bruno. Ahora las mismas flores iban de regalo.
Le abrió la puerta a la camioneta plateada.
La mujer que bajó no se parecía a nada que yo hubiera imaginado con la palabra Fénix. Era alta, delgada, con el pelo negro recogido en un chongo bajo sostenido con un pasador de plata liso. Blusa de seda color hueso metida en un pantalón de trabajo, de esos con bolsas en los muslos, y botines. Ni una joya, salvo el pasador, que hasta desde mi ventana se veía viejo, martillado a mano, de los que valen más por no brillar. Tenía la espalda de quien nunca ha tenido que agacharse. Se puso los lentes oscuros sobre la cabeza y miró la fachada de la Casona de arriba abajo, despacio, como se mira un edificio que se piensa comprar.
—Para la reina —dijo Bruno, y le tendió las rosas—, lo más raro que hay.
Ella las tomó con una mano y se las pasó a una muchacha de traje que venía detrás, sin mirarlas.
La puerta de la Casona se abrió. Lucio salió al escalón con Teo un paso atrás, y nadie más. Se había cambiado: camisa negra, cerrada hasta arriba. La mujer subió los tres escalones sin prisa y se detuvo a un metro de él, e inclinó la cabeza, apenas, con una sonrisa que yo hubiera querido saber hacer.
—Señor Salvatierra. —La voz le llegó a mi ventana clara, redonda, sin acento que yo pudiera ubicar—. ¿Me extrañó?
—Los que la extrañan, señora Lasso, hacen fila de Bocalarga a Panamá. —La voz de él, plana—. Yo no alcanzo turno.
—Yo tengo el número uno —dijo Bruno desde abajo.
Ella no volteó.
—Perro faldero.
Y entró. Lucio entró detrás. Teo cerró la puerta y la casa se tragó a los tres.
Me quedé con la frente en el vidrio.
Le había dicho "señor Salvatierra". Como yo. Pero no como yo. Ella lo había dicho como se dice el nombre de un vecino al que se saluda por cortesía, y él le había contestado de usted, y le había dicho "señora", y ella le había dicho "perro faldero" a Bruno en su propia casa y nadie la había puesto de rodillas.
Doña Meche me trajo la comida a la una y media y la dejó en la mesita, y bajó la voz aunque no había nadie.
—Esa es la Fénix. —Movió la cabeza hacia la sala—. A esa la tratan de usted los cuatro señores. Hasta el patrón. —Se persignó, no supe por qué—. Tú ni te asomes.
Comí sentada en la cama con el plato en las rodillas. Anya me lo había dicho una vez, contando con los dedos: el Lobo, el Buitre, la Cobra, y la Fénix, la de la plata, la única que no carga pistola. Yo me la había imaginado con garras. Y no pude dejar de pensar en eso. En que en esa tierra, en esa misma casa, había una mujer que llegaba en su helicóptero y se paraba derecha delante de él y le hablaba de igual a igual, y él la escuchaba. Que se podía. Que había, en algún lugar del mundo, una manera de ser mujer aquí y no ser cosa.
El sol se fue moviendo por el piso del cuarto. No tenía papel, así que dibujé con el dedo sobre la colcha, de memoria: la línea de la espalda, el pasador, la mano que recibió las rosas sin verlas. Oí voces en la sala, una vez, la de ella más alta que la de él, con una palabra que se repetía y que no entendí: satélite. Y después la de él, una sola vez, tan clara como si el pasillo fuera un tubo:
—Le doy transporte. Es todo. Mi satélite no se presta.
Después nada por mucho rato. Doña Meche pasó a recoger el plato y se detuvo en la puerta.
—Le dijo que no —murmuró, con un gusto que no disimuló—. A esa. En su propia sala. —Y se fue con el plato como quien lleva una bandera.
A las cinco y algo oí los motores otra vez.
Volví a la orilla de la ventana.
Salió ella primero, con la misma sonrisa con la que había entrado, exacta, como si la hubiera dejado colgada en la puerta y la recogiera al salir. Lucio salió al escalón, y no bajó. Ella se detuvo con la mano en la puerta de la camioneta plateada y se volvió a mirarlo.
—Dicen que se ríe últimamente, Lobo. —Lo dijo alto, para él, pero los ojos le pasaron por la fachada de la Casona, ventana por ventana—. Me da curiosidad quién lo logró.
Solté la cortina. El corazón me pegaba en la garganta.
Cuando volví a asomarme, la camioneta ya salía por el portón con Bruno al volante, y él seguía en el escalón. Teo, a su lado, esperaba.
—Ya sabe que existe —dijo Lucio, sin bajar la voz, como si mi ventana no estuviera a diez metros—. Esa mujer se mete por cualquier rendija.
Entró. Y yo me quedé con la frase en las manos, sin saber a quién se refería, y con una sospecha que me dio frío.
Ya de noche tocaron a la puerta con dos golpes iguales, y era Teo.
—Palabras del patrón, señorita Quintana: mañana a las seis y media pasa por usted don Bruno. Vestida y desayunada. —Esperó un segundo, por si yo tenía algo que decir—. Los guardias del patrón van con usted.
—¿Y el señor Salvatierra…? —Me salió antes de pensarlo—. ¿Él va?
—El patrón sale al norte de madrugada.
Se inclinó y se fue, y sus pasos no sonaron en el pasillo, como nunca sonaban. Y a mí me subió por el pecho un alivio del que me dio vergüenza, y debajo del alivio, muy chiquita, otra cosa que no supe nombrar y que preferí no mirar.
* * *
La suite presidencial del Hotel Corona del Quetzal era verde de piso a techo, con un quetzal dorado que alguien había pagado muy caro para que se viera tan barato. Fernanda Lasso se quitó los botines con los pies y extendió la mano.
Susana le puso una carpeta en la palma.
—Marisol Quintana Ibarra. Diecinueve años. Historia del Arte, UNAM. —Susana leía de pie, sin adorno—. Hace un mes su tío la vendió con destino al rancho de Basáñez. El Lobo la sacó en persona. Después sacó a los papás de otra bodega y los cruzó a México la misma noche.
—¿Foto?
Un teleobjetivo desde un puesto de cocos: una muchacha flaca, pálida, con un vestido de lino y una bolsa de mercado, mirando una jaula.
Fernanda la miró un buen rato.
—Me quedé sin novio antes de tener novio.
—Señora Lasso…
—Es un chiste, Susana. —Dejó la foto—. Era el único hombre en esta tierra al que le tenía respeto, y lo tumba una niña con una bolsa del mercado. Con el Turco aprendí a cortar pérdidas.
Golpeó la foto con la uña.
—Ahora bien. Si el Lobo la quiere tanto… ¿y si entramos por la muchacha? Diplomacia de esposas. La consiento, la trato como a una hermana, y un día le dice al oído "la Fénix es buena gente". Eso vale más que un camión de oro. —Cerró la carpeta—. La fiesta del yate. Invitación al señor Salvatierra y familia. Y otra aparte, con el nombre de ella escrito a mano. Consígueme libros de arte, pinturas de las caras y dulces mexicanos. La que logró que el Lobo se ría no es cualquiera.
A las cinco de la mañana pasó por la Casona a despedirse: cinco minutos, un café que no tocó. A las cinco y media estaba en el helipuerto del este, con Bruno a su lado, otra vez de traje.
—El mes que entra voy a Panamá por lo de las cuentas —dijo Bruno—. Podríamos…
—Bruno.
—…cenar.
Fernanda se bajó los lentes de la cabeza a los ojos.
—Cuando aprendas a hablar de dinero sin sonreír, me buscas.
Subió. Bruno se quedó en el asfalto con la mano a medio levantar.
Adentro, Fernanda vio cómo la Casona Blanca se volvía chica, y luego nada.
—Consígueme una foto mejor —le dijo a Susana sin voltear—. Hoy va al casino, ¿no?