Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 10: La cita que nunca llegó
Dos días después de lo de la sombra de las voces, Choi Min‑jun decidió que ya bastaba de cálculos fríos y estrategias a distancia. Había visto cómo la distancia entre él y Seo‑jun crecía cada tarde, cómo las miradas se volvían más cortas, las respuestas más secas, cómo el “ya me he acostumbrado” se había convertido en la frase que más le dolía escuchar. Así que, armado de valor y de un plan detallado escrito en una hoja que luego rompió en mil pedazos, se acercó a la taquilla de su novio nada más terminar la primera hora, con las mejillas un poco rojas y la mirada baja, fingiendo la torpeza que todos esperaban de él.
—Oye… eh… —murmuró, jugueteando con el cordón de su sudadera, tropezando un poco con su propio pie como siempre—. He oído que esta noche abren el festival de linternas en el arroyo Cheonggyecheon. Dice mi abuela que es muy bonito… y que venden esas tortas de arroz rojo que te gustan. ¿Quieres… quieres ir conmigo?
Levantó la vista despacio, con esa expresión mitad ingenua mitad nerviosa que nunca fallaba. Seo‑jun se quedó callado un segundo, mirándolo. Había algo cansado en sus ojos, como si ya hubiera vivido esa misma escena demasiadas veces y siempre terminara igual. Pero al final suspiró, cerró la puerta de la taquilla y asintió muy despacio.
—Vale. A qué hora.
—¿A las siete? Podemos ir caminando desde aquí… y luego comer algo por ahí —dijo Min‑jun más rápido de lo que quería, con el corazón latiéndole a mil por hora—. ¡Te prometo que esta vez no me pasarará nada! No hay mareos, no hay abuela enferma, no hay nada. Solo… solo nosotros.
Seo‑jun sonrió débilmente, una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Veremos. A las siete, entonces. No llegues tarde.
—¡No llegaré tarde! —prometió Min‑jun, y por dentro añadió, con toda la lógica del mundo: *“Esta vez no fallaré. Lo he calculado todo. Nada puede salir mal”*.
Y era verdad. Había calculado **absolutamente todo**:
- Ruta más corta desde el liceo hasta el arroyo: 18 minutos exactos.
- Hora en que se encendían las linternas: 19:12.
- Mejor sitio para verlas sin gente: puente número 5, a las 19:35.
- Puesto de tortas que abría hasta las 22:00.
- Incluso había preparado un **plan B** por si sonaba la alarma del Sello: un mensaje pre‑escrito para Seo‑jun (“me ha llamado mi prima, vuelvo en 10 minutos”) y una ruta alternativa que le permitía resolver una misión pequeña en menos de 25 minutos y volver sin que nadie notara nada. Había reducido el riesgo de fallo al 2,8 %. Para él, eso era casi una certeza matemática.
Nada podía salir mal.
O eso creía.
A las seis y media, Min‑jun ya estaba esperando en la puerta del liceo, con la camisa bien abotonada, el pelo un poco más arreglado de lo normal y una sonrisa nerviosa en los labios. A las siete en punto apareció Seo‑jun, con ropa de calle, la chaqueta negra que tanto le gustaba a Min‑jun y las manos metidas en los bolsillos. Caminaron juntos hacia el centro, y por primera vez en semanas el silencio entre ellos no era incómodo. Hablaron de tonterías, del examen de matemáticas, del entrenador de baloncesto que siempre gritaba demasiado, de un gato callejero que dormía en la entrada del edificio de Seo‑jun. Min‑jun casi olvidó los Sellos, olvidó al Tejedor, olvidó que llevaba un brazalete mágico bajo la manga. Fue solo un chico normal, caminando con el chico que le gustaba, por las calles de una ciudad que, por un rato, parecía un lugar seguro.
Llegaron al arroyo justo a las 19:11. Un minuto antes de lo previsto.
—Mira —dijo Min‑jun, señalando con el dedo, con los ojos brillantes de verdad—. Se están encendiendo.
Y era precioso. Miles de linternas de papel de colores flotaban sobre el agua, iluminando la oscuridad con una luz suave y dorada. Había familias, parejas, niños que corrían con linternas pequeñas en las manos. Seo‑jun sonrió de verdad, esa sonrisa que le llegaba a los ojos y que Min‑jun creía haber perdido para siempre.
—Tienes razón —dijo él, y por un segundo le rozó la mano a Min‑jun sin quitarla de inmediato—. Es muy bonito. Gracias por traerme.
Min‑jun sintió que el corazón se le derretía. Por un momento, todas las ecuaciones, todos los planes, todos los riesgos desaparecieron. Solo existían ellos dos, la luz de las linternas y el sonido del agua. Estuvo a punto de decirle que lo quería, que lo quería más que a nada en el mundo, que todas las mentiras, todas las desapariciones, todo lo que le había hecho pasar… era por él, para protegerlo.
Y entonces ocurrió.
El brazalete de jade bajo su manga empezó a vibrar.
No el aviso suave. No la alerta mediana. Era **la vibración roja, continua, desesperada**: nivel de amenaza máximo.
> **ALERTA MÁXIMA.**
> **Objetivo:** central eléctrica del distrito de Jung‑gu, a 1,2 km del festival.
> **Amenaza:** el Tejedor de Han ha enviado una sombra devora‑energía. Si llega al núcleo en menos de 15 minutos, se produce un apagón masivo en toda la zona norte de Seúl. Hospitales, semáforos, ascensores… miles de personas en riesgo.
> **Tiempo estimado para resolver:** 18 minutos, según mis cálculos iniciales.
> **Decisión:** tengo que irme. Ahora.
Min‑jun sintió que el mundo se le venía encima. **18 minutos**. Con el plan B, volvía en 25. Todavía daba tiempo. Aún podía salvar la cita.
Pero tenía que irse. Ya.
Sacó la mano de entre la de Seo‑jun de golpe, como si le hubiera quemado. Se puso pálido, empezó a temblar un poco, fingiendo el pánico que, en parte, era real.
—¡Ay, no, no, no! —murmuró, sacando el móvil de un bolsillo y mirándolo con los ojos muy abiertos—. Es mi abuela… otra vez… dice que se ha caído en casa y no puede levantarse… tengo que ir corriendo, ahora mismo, no sé qué hacer…
Seo‑jun se había quedado rígido. La sonrisa se le había borrado del rostro. Lo miró fijamente, buscando en sus ojos cualquier rastro de verdad.
—¿Ahora? —dijo, y su voz sonó tan baja que casi no se oía por encima del ruido de la gente—. ¿Precisamente ahora? ¿Justo cuando por fin estábamos bien?
—¡Yo no lo elijo! —exclamó Min‑jun, y era verdad, aunque no por la razón que Seo‑jun creía—. ¡Si pudiera quedarme me quedaría! ¡Te lo juro! Pero es mi abuela… no puedo dejarla sola…
—Claro —dijo Seo‑jun, y había tanto rencor y tanta tristeza en esa sola palabra que a Min‑jun le dolió más que cualquier golpe de batalla—. Siempre es tu abuela. Siempre es una emergencia. Siempre pasa algo, justo cuando estamos bien. Vete, Min‑jun. Vete.
—Vuelvo en 20 minutos, ¡te lo prometo! —gritó él ya alejándose corriendo, sin atreverse a mirarlo más a la cara—. ¡Espérame aquí! ¡Por favor, espérame!
No escuchó la respuesta. No se atrevió. Corrió hacia la calle más cercana, se metió en un callejón oscuro y, en cuanto estuvo seguro de que nadie lo veía, la torpeza desapareció, su mirada se volvió de acero y pronunció las palabras con la voz firme de siempre:
—¡Luz de Arirang, despierta!
Un segundo después, **Jade Blanco** saltaba por los tejados hacia la central eléctrica, moviéndose a la máxima velocidad que su Sello le permitía, calculando cada segundo, cada giro, cada atajo. Llegó en seis minutos cuarenta y dos segundos. Justo a tiempo.
Allí lo esperaba **Ámbar Negro**, que ya luchaba contra una masa enorme de sombra negra y chispeante que se alimentaba de los cables de alta tensión, creciendo cada segundo que pasaba.
—¡Llegas! —gritó Ámbar, lanzando un golpe de energía dorada que la hizo retroceder unos metros—. ¡Esta cosa es indestructible! La golpeo, se hace más grande. La rodeo, se divide en dos. ¡No sé qué hacer!
Jade aterrizó suavemente a su lado, los ojos recorriendo la escena en un instante.
—No la golpees —dijo, ya armando el plan en su cabeza—. Se alimenta de energía cinética. Cuanto más fuerza le aplicas, más crece. Escucha: **solo se puede matar por congelamiento lógico**. Hay que cortarle el suministro en siete puntos exactos, en el orden correcto y con menos de 0,3 segundos de diferencia entre cada corte. Si fallamos el orden o el tiempo, se duplica y perdemos. Tú te colocas en los puntos impares, yo en los pares. Cuento hasta tres. ¿Entendido?
—¡Entendido! —respondió Ámbar sin dudar, como siempre.
Se pusieron en marcha. Al principio todo salió como Jade lo había previsto: punto 1, 2, 3, 4, 5… cada corte perfecto, sincronizado al milisegundo. Faltaban solo dos. La sombra ya menguaba, ya casi la tenían.
Y entonces el Tejedor de Han apareció de la nada, envuelto en su capa oscura, riendo esa risa metálica que les helaba la sangre.
—¿Tan fácil creíais que sería, pequeños guardianes? —susurró, y con un movimiento de la mano lanzó tres sombras más pequeñas que salieron disparadas hacia los interruptores principales—. ¡Ahora tenéis que elegir! ¿Paráis a la grande… o salváis a la gente de los edificios de al lado que se quedarán sin luz en tres segundos?
Jade sintió que se le helaba la sangre. **No lo había previsto.** No había contado con que el villano apareciera en persona. No había contado con la trampa extra. Su cálculo inicial de 18 minutos se había ido al garete.
—¡Ámbar! —gritó, cambiando el plan sobre la marcha, re‑calculando a toda velocidad—. Tú vas por las tres sombras pequeñas. Yo termino los dos cortes de la grande. Pero hay que ir más despacio para no cometer errores. ¡Tiempo estimado ahora: una hora como mínimo!
—¡Hazlo! —respondió Ámbar, lanzándose hacia las nuevas amenazas—. ¡Confío en ti!
Así fue. Lo que debía haber sido una misión corta se convirtió en una batalla larga, agotadora, llena de giros inesperados que el Tejedor había preparado solo para retrasarlos. Jade tuvo que rehacer sus cálculos una y otra vez, adaptarse a cada truco nuevo, cada trampa, cada sorpresa. Cuando por fin lograron destruir la sombra principal y las secundarias, cuando las luces de la ciudad volvieron a encenderse sin haber habido víctimas… Jade miró su reloj interno y sintió que se le caía el mundo encima.
**Habían pasado dos horas y veinte minutos.**
Dos horas.
Había dicho 20 minutos.
Se despidió de Ámbar casi sin hablar, con la mente en blanco, corrió de vuelta al arroyo Cheonggyecheon lo más rápido que pudo, se quitó el traje en el mismo callejón de siempre y recuperó su aspecto de chico normal, despeinado, tembloroso, destrozado. Llegó al festival a las 21:35.
Ya no quedaba casi nadie.
Las linternas se estaban apagando una a una. Los puestos cerraban. La gente se iba a sus casas. El sitio donde se habían quedado él y Seo‑jun estaba vacío.
Min‑jun corrió de un puente a otro, gritando su nombre sin importarle que la gente lo mirara, buscándolo desesperado entre la poca gente que quedaba. No lo encontró. Pero en el suelo, justo en el sitio donde habían estado de pie antes de que él se fuera, encontró algo:
Una linterna de papel pequeña, blanca y verde, con un dibujo de un tigre estampado —el animal favorito de Seo‑jun—, medio pisoteada, rota por un lado, apagada.
Había sido para él.
Min‑jun se agachó, la recogió con cuidado entre las manos y sintió que las lágrimas le subían a los ojos, calientes, amargas, inútiles. La había roto. Lo había roto todo. Su plan perfecto, su promesa, la noche que tanto había deseado… todo se había desmoronado por un factor que no pudo calcular: la maldad del villano.
Siguió buscándolo durante media hora más, hasta que ya no quedó nadie. Finalmente, casi arrastrando los pies, caminó hasta el edificio de apartamentos donde vivía Seo‑jun. Lo encontró sentado en el escalón de la entrada, con las rodillas pegadas al pecho, mirando la nada, con la chaqueta aún puesta.
Seo‑jun levantó la vista cuando lo oyó acercarse. No había ira en su cara. Solo una tristeza tan grande, tan profunda, que Min‑jun pensó que se moriría de culpa allí mismo.
—Volviste —dijo Seo‑jun, y su voz sonó rota—. Solo que dos horas tarde.
—Seo‑jun, yo… yo puedo explicarlo… —empezó Min‑jun, acercándose despacio, con la linterna rota todavía en la mano—. Pasó algo… algo inesperado, no pude volver antes, te lo juro que…
—¡No! —gritó Seo‑jun, poniéndose de pie de golpe, y por primera vez en toda su relación le gritó de verdad—. ¡No quiero tus explicaciones! ¡No quiero tus mentiras más! ¡Siempre es lo mismo! ¡Siempre hay una emergencia, siempre hay una excusa, siempre te vas cuando más te necesito! ¿Es que yo no te importo lo suficiente como para quedarte aunque sea una sola maldita noche?
—¡Claro que me importas! —gritó Min‑jun también, desesperado, con las lágrimas ya cayendo por las mejillas—. ¡Eres lo único que me importa de verdad! ¡Si supieras por qué lo hago…!
—¡Entonces dime! —le espetó Seo‑jun, dando un paso hacia él, con los ojos también brillantes de lágrimas—. ¡Dime por qué te vas siempre! ¡Dime qué haces que no puedes contarme ni a mí! ¡Si somos novios, si de verdad te gusto… por qué no confías en mí lo suficiente como para ser sincero una sola vez!
El silencio que cayó después fue ensordecedor.
Min‑jun tenía la respuesta en la punta de la lengua. Tenía el brazalete bajo la manga. Tenía la verdad entera lista para salir. Podía enseñárselo. Podía llevarlo al Santuario. Podía decirle todo.
…y entonces recordó al Tejedor de Han. Recordó que el villano atacaba siempre que estaban juntos. Recordó que si Seo‑jun sabía la verdad, se convertiría en el blanco número uno. Recordó que podría matarlo para hacerle daño a él.
Y cerró la boca.
Bajó la mirada. Apretó los puños. No dijo nada.
No pudo.
—Eso pensaba —susurró Seo‑jun, con la voz hecha añicos—. Nada. Siempre nada.
Se dio la vuelta para entrar en el edificio. Antes de cerrar la puerta del portal, se detuvo un segundo sin mirar atrás:
—No sé quién eres realmente, Min‑jun. Ya no. Y la verdad… me da miedo descubrirlo.
La puerta se cerró con un clic suave y definitivo.
Min‑jun se quedó solo en la acera, bajo la lluvia que había empezado a caer sin que él se diera cuenta, apretando contra el pecho la linterna rota que ya no servía para nada. Había ganado la batalla. Había salvado miles de personas. Había sido un héroe perfecto.
Y lo había perdido todo.
Esa noche, de vuelta en su habitación, mojado, helado, destrozado, sacó el cuaderno oculto de debajo del colchón. No escribió números. No escribió porcentajes. No escribió estrategias. Solo unas pocas líneas, con la letra temblorosa que nunca usaba:
> **Informe 10:
> • Misión cumplida ✅: central salvada, cero víctimas.
> • Error de cálculo ❌: no preveía intervención directa del Tejedor. Retraso de 2h 02m.
> • Cita: **destruida**.
> • Pelea: **primera pelea real, cara a cara**. Todo salió a la luz.
> • Frase que no podré olvidar: *“No sé quién eres realmente”*.
> • Probabilidad de ruptura: **94 % → 97 %**.
> • Dato nuevo, imposible de cuantificar:
> He salvado a miles de personas esta noche. Y aun así… me he sentido el peor cobarde del mundo.
> Porque a la única persona que realmente quería salvar… no pude decirle ni una sola palabra de verdad.
> Y ahora creo que ya es demasiado tarde.
Cerró el cuaderno, lo escondió y se dejó caer en la cama sin quitarse la ropa mojada. Afuera, la lluvia caía sobre Seúl, lavando las calles, pero no lograba lavarse la culpa de encima.
En el edificio de enfrente, Seo‑jun también estaba despierto, mirando por la ventana, preguntándose una y otra vez qué era lo que su novio se empeñaba en ocultarle.
Y ninguno de los dos sabía que, apenas unas horas antes, habían luchado codo con codo, sincronizados al milímetro, confiando el uno en la vida del otro como solo los mejores compañeros pueden hacerlo… sin tener ni idea de que la persona con la que habían ganado esa batalla era la misma que acababan de perder en la vida real.
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**FIN DEL CAPÍTULO 10**