Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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LA LEYENDA DE LA ATLÁNTIDA
En la clase de Literatura Clásica de Pólux, el profesor hablaba con voz solemne y pausada:
—Alumnos silencio , hablemos de una de las leyendas más famosas del mundo: la Atlántida. Se dice que era una civilización grandiosa, y que un día desapareció por completo, sin dejar rastro bajo las aguas. Hay una versión antigua que cuenta la verdadera razón de su destrucción. Cuenta que en la Atlántida vivía un joven llamado Cástor. Era bondadoso, no le hacía mal a nadie. Tenía un hermano gemelo que no vivía con él: Pólux, el dios de la destrucción. Su vínculo era tan fuerte que nada podía separarlos. Pólux lo protegía desde el Olimpo. Pero un día, algunos atlantes, orgullosos y crueles, osaron lastimar a Cástor hasta llevarlo al borde de la muerte. Y cuando Pólux lo supo… desató toda su ira. En una sola noche, el continente entero se hundió. La Atlántida desapareció para siempre. Todo un continente borrado del mapa… por haber tocado a su hermano.
—¡Wow! —exclamó un alumno—. ¿Te imaginas tener ese poder? Ser el dios que destruyó la Atlántida…
—Sería el fin de todo —dijo otro—. Nadie podría detenerlo.
El profesor soltó una risa suave y negó con la cabeza.
—Tranquilos, jóvenes. Esto no es más que un cuento. Es la invención de pueblos antiguos que no sabían explicar terremotos ni maremotos. A todo le ponían un dios y le echaban la culpa. Imaginen si existiera un ser con la facultad de destruir civilizaciones enteras… la humanidad no habría durado ni un día más. Sería el fin absoluto de todo.
Pólux escuchaba en silencio, sin cambiar de expresión. No se inmutó. Simplemente miraba al frente, como si le estuvieran leyendo su propia historia.
Mientras tanto, en su propia aula —un año menor—, Marcela recibió la misma tarea. Su profesora también hablaba de mitos y leyendas, y al final de la clase dijo:
—Para la próxima semana, quiero un informe sobre un dios o personaje de la mitología griega. Pueden elegir el que quieran. Y tú, Marcela… —la miró directamente— he visto que te interesan mucho estos temas. Quiero que tú investigues específicamente sobre Pólux, el llamado Destructor de Mundos. Busca todo lo que encuentres. ¿Trato hecho?
Marcela asintió con un nudo en la garganta. No era casualidad. No podía serlo.
Al salir de clases, se encontraron en la puerta principal. Ella corrió hacia él, con el papel de la tarea apretado en la mano, pálida y temblando.
—Me asignaron investigarte —le dijo en un susurro, apenas lo tuviera cerca—. Mi profesora… me mandó hacer un informe sobre ti. Sobre Pólux, el Destructor de Mundos. Y en tu clase… escucharon la historia de la Atlántida. ¿Es verdad? ¿Tú lo hundiste?
Pólux la miró, y por primera vez, su expresión se suavizó con tristeza.
—Después de tantos siglos aún siguen con eso, estaba cabreado —dijo bajito—. Lastimaron a Cástor. No me quedó otra opción.
—¿Y ahora? —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas y terror—. ¿Vas a hundirnos a nosotros también?