Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 1
El despertador no emitió un sonido estridente; fue una vibración sorda sobre la mesa de noche de mármol negro. Anna abrió los ojos exactamente un segundo antes de que la alarma se activara. Su mente, un mecanismo de relojería suizo, ya estaba procesando la agenda del día. Se incorporó con un movimiento fluido, dejando que las sábanas de seda gris se deslizaran por su piel desnuda. En su apartamento del piso 42, el silencio era un lujo que ella cultivaba con la misma disciplina con la que gestionaba sus activos financieros.
Se puso de pie y caminó hacia el ventanal que cubría toda la pared. El sol de la mañana apenas comenzaba a lamer los rascacielos de la ciudad. Anna observó su reflejo en el cristal: una mujer de facciones limpias, hombros rectos y una mirada que rara vez parpadeaba por incertidumbre. Para el mundo, era una consultora de riesgos implacable; para la ley, era la esposa de David Bianchi.
—Tres años —susurró, y su aliento empañó mínimamente el vidrio.
Tres años desde que firmó aquel contrato en la biblioteca de la mansión Bianchi, bajo la mirada severa de dos abuelas que intercambiaban sonrisas de victoria. Aquella noche, Anna no vio a un esposo; vio una cláusula de escape para la decadente fortuna de su propia familia. David ni siquiera estuvo presente en la firma definitiva; envió a un abogado con un perfume tan caro como su indiferencia.
Anna se dirigió a la cocina. Cada objeto tenía un lugar lógico. Preparó un café solo, sin azúcar. Mientras esperaba, abrió un sobre de papel Manila que descansaba sobre la encimera. Era el estado de cuenta de la "Asignación Conyugal". Sus dedos largos y finos rozaron la cifra impresa. No sintió euforia, ni culpa. Para ella, ese dinero era el salario por un servicio de invisibilidad. Ella no estorbaba, no generaba escándalos, no existía. A cambio, David Bianchi le otorgaba la libertad financiera para construir su propio imperio en las sombras.
—Servicio prestado, pago recibido —concluyó, cerrando el sobre con un gesto seco.
Se sentó a la mesa y sacó una carpeta de cuero azul. Dentro, descansaban los papeles del divorcio. Estaban impecables, firmados por ella con una caligrafía firme y decidida. Cada seis meses, Anna los sacaba, los contemplaba y los volvía a guardar. Eran su recordatorio de que tenía la puerta abierta, aunque no tuviera prisa por cruzarla. El desapego no era falta de sentimiento, era un cálculo de supervivencia. Si no amaba, no podía ser herida. Si no esperaba nada de David, él no tenía poder sobre ella.
El timbre de su teléfono interrumpió su análisis. Era un recordatorio automático: "Transferencia de Fideicomiso completada".
Anna dejó el teléfono a un lado y se permitió un gesto inusual. Desabrochó los primeros botones de su bata de seda y dejó que el aire acondicionado rozara su clavícula. Se llevó la taza de café a los labios, disfrutando del calor del vapor contra su rostro. Había una sensualidad contenida en su soledad, una satisfacción casi erótica en saberse dueña de su propio espacio, libre de las manos posesivas que, según los rumores, caracterizaban a los hombres Bianchi.
Se duchó con agua casi fría. El contacto del agua golpeando su espalda la devolvía a su centro.
Anna se enjabonó con lentitud, sus manos recorriendo las curvas de su cuerpo con una objetividad clínica pero apreciativa. Conocía cada línea de su piel, cada respuesta de sus nervios. No necesitaba a un hombre para validar su feminidad; ella era su propio estándar. Al salir, se envolvió en una toalla blanca y espesa, observando las gotas de agua resbalar por sus piernas largas.
Frente al espejo del tocador, comenzó el ritual de transformación. El maquillaje era su armadura: tonos neutros, labios definidos pero no provocativos, el cabello recogido en un moño perfecto que no permitía que ni un solo mechón escapara al control.
—Analítica. Práctica. Eficiente —se repitió, como un mantra.
Se vistió con un traje de sastre color carbón que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel.
Al abrocharse el cinturón, sintió la presión exacta que la mantenía alerta. Antes de salir, pasó por el escritorio de la entrada. Allí, junto a las llaves de su coche, estaba una pequeña caja de terciopelo que nunca había abierto. Era el anillo de bodas oficial de la familia Bianchi. Una pieza de valor incalculable que ella consideraba una cadena estética.
Lo tomó entre el pulgar y el índice. El diamante atrapó la luz, descomponiéndola en mil colores. Anna lo soltó de nuevo en la caja. No pertenecía a su dedo, pertenecía a un inventario.
Salió del apartamento y el eco de sus tacones en el pasillo fue el único sonido que marcó su partida. En el ascensor, se encontró con su propio reflejo en el acero inoxidable. La "Esposa Fantasma" se veía impecable. Nadie en ese edificio sabía que estaba casada. Nadie en la empresa de David Bianchi sabía quién era ella.
Al llegar al estacionamiento, subió a su sedán de alta gama. El motor rugió suavemente, una promesa de potencia controlada. Mientras conducía hacia su oficina, Anna repasó mentalmente el perfil de David Bianchi que había construido a través de informes financieros y noticias de sociedad. Un hombre reservado, un "mandatario" que gobernaba su imperio con puño de hierro. Se preguntó, por una fracción de segundo, si él alguna vez se preguntaba por la mujer que firmaba sus estados de cuenta con el nombre de Anna Bianchi.
—Probablemente no —se respondió a sí misma, doblando una esquina con precisión quirúrgica.
Para David, ella era un gasto operativo. Para ella, él era un socio capitalista silencioso. El amor era una variable caótica, una anomalía que arruinaría la perfección de su esquema.
Llegó a su oficina en el distrito financiero. Su asistente le entregó una tableta con los informes del mercado asiático. Anna caminó hacia su despacho de paredes de cristal, sintiendo la energía del lugar. Aquí, ella no era la esposa de nadie. Aquí, ella era el eje.
Se sentó tras su escritorio de roble oscuro y abrió la carpeta del proyecto actual. Sin embargo, su mirada se desvió un momento hacia el horizonte, donde la mansión Bianchi se alzaba en las colinas, invisible desde aquí, pero presente en su estructura legal.
Un leve cosquilleo recorrió su nuca. Un presentimiento que su mente analítica intentó descartar de inmediato. La paz del fantasma era perfecta, pero los fantasmas, a veces, se cansan de la invisibilidad. Anna ajustó el puño de su camisa, ocultando su reloj de pulsera plateado.
—Que empiece el día —dijo en voz baja, sumergiéndose en las cifras.
El desapego era su mayor fortaleza. O eso creía ella, mientras el sol terminaba de iluminar la ciudad, ignorando que esa misma noche, el orden de su ecuación estaba a punto de enfrentarse a una variable que ningún algoritmo podía predecir: el deseo puro, despojado de contratos y nombres.
Anna Bianchi, la mujer que tenía los pies en la tierra, no sabía que el suelo estaba a punto de desaparecer bajo sus pies. Pero por ahora, ella seguía siendo el fantasma más elegante y eficiente de la ciudad. Una mujer que no creía en el destino, simplemente porque el destino no podía ser auditado.