Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 5
Contratada a la fuerza
—Papá, no le hagas nada —insistió Leo, plantado frente a mí como un escudo diminuto, los puños cerrados a los costados, la barbilla en alto con una valentía que le quedaba grande para sus cinco años—. Ella no hizo nada malo. Braulio empezó, yo lo vi.
—Aléjate de ella —dijo Dante Nocedal, porque supuse que ese era su nombre, dado el modo en que todos a nuestro alrededor bajaban la mirada apenas él hablaba, como si su voz sola pudiera ordenar el jardín entero—. No sabemos quién es. Podría ser cualquier cosa.
—Soy médica —dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba, aunque por dentro seguía temblando, con el pulso todavía disparado por lo que acababa de pasar—. Vine a una entrevista que ustedes mismos confirmaron ayer por teléfono. Su guardia cambió las reglas sin avisarme y luego intentó sacarme a la fuerza de su propia propiedad, como si yo fuera basura que hay que barrer antes de que los vecinos la vean.
—Eso no explica por qué está tirado en el suelo.
—Explica exactamente eso. —Sostuve su mirada, sin bajar la barbilla, aunque cada segundo que pasaba me costaba más, con el sudor frío bajándome por la espalda—. Cuando alguien me pone las manos encima, no me quedo esperando a ver qué hace después. Y si eso le parece un delito, llame a la policía. Estoy dispuesta a esperar aquí mismo a que lleguen.
Algo cruzó por sus ojos, algo que no supe leer, una mezcla de sorpresa y de algo más viejo, más hondo, igual que si mi respuesta hubiera tocado una fibra que él mismo desconocía. Dio un paso hacia los niños, con la clara intención de tomarlos en brazos y ponerlos a salvo de mí, como si yo fuera una amenaza real y no una mujer desesperada con un currículum arrugado y tres deudas que pagar antes de fin de mes.
—Leo, Luna, vengan aquí. Ahora.
—¡No! —Luna se aferró más fuerte a mi falda, hundiendo la cara en la tela, con los hombritos temblando—. ¡Ella nos gusta! ¡No la queremos soltar!
Dante avanzó otro paso, y esta vez extendió la mano directamente hacia mi hombro, con la intención evidente de apartarme de los niños de un tirón.
Fue instantáneo. No lo pensé, no lo decidí: mi pie salió disparado y golpeó su espinilla con toda la fuerza de un reflejo que no reconocía como mío, un movimiento que salió de algún lugar del cuerpo que mi cabeza no controlaba, tan rápido que ni siquiera vi venir mi propia pierna. Él soltó un gruñido seco y retrocedió, más sorprendido que dolido, llevándose una mano a la pierna, y por un segundo el jardín entero pareció contener la respiración.
¿Qué fue eso? ¿Por qué mi cuerpo actúa así cuando un hombre se acerca demasiado rápido?
Me quedé congelada, con la respiración cortada, mirando mi propio pie como si perteneciera a otra persona, a una desconocida que vivía dentro de mí y salía a defenderse cuando yo menos lo esperaba. Un frío ajeno me subió por la espalda —una sensación de peligro tan antigua y tan honda que no tenía ni rostro ni nombre, solo la certeza absoluta, animal, de que un hombre acercándose demasiado rápido significaba algo terrible, algo que mi memoria se negaba a mostrarme pero que mi cuerpo recordaba con una precisión aterradora. Las manos me temblaban, y no por el frío de la mañana.
—Perdón —susurré, sin poder explicarlo, con las manos temblando—. Yo no quise… no sé por qué hice eso. No suelo reaccionar así, se lo juro.
Dante me miraba ahora con otra cosa en los ojos. Ya no era desprecio. Era cálculo, algo frío y evaluador, como quien recalcula una ecuación que acaba de cambiar de variables, estudiándome de arriba abajo con una atención que me incomodó más que su enojo inicial.
—¿Sabe quién soy?
—No tengo idea, y en este momento me importa poco. —Alcé la barbilla, aunque por dentro todavía temblaba como una hoja—. Llame a la policía si quiere. Que quede constancia en el reporte de que su guardia me puso las manos encima primero, delante de dos testigos que además son sus propios hijos, y que usted mismo intentó hacer lo mismo un minuto después.
—Dante Nocedal —dijo él, igual que si el nombre debiera aplastarme, como si esperara verme encogerme, con esa seguridad de quien nunca ha tenido que repetir su nombre dos veces en la vida—. Grupo Nocedal. Dueño de esta casa, de este jardín, y del sueldo de todos los que la rodean, incluido el hombre que sigue tirado en su grava, gimiendo como si le hubiera roto algo.
—Felicidades. Sigo sin tener idea de quién es usted, y sigo queriendo que sus hombres dejen de tocarme igual que si fuera un costal de papas.
Alguien a nuestras espaldas soltó una tosecita que sonó sospechosamente a risa contenida. Un hombre mayor, de traje gris impecable y porte de mayordomo de película, había salido tras Dante y observaba la escena con las manos cruzadas a la espalda, la boca apretada en una línea que luchaba por no curvarse, los ojos brillándole con un humor que no se atrevía a mostrar del todo.
—Señor —dijo el hombre mayor con suavidad, casi con diplomacia profesional—, quizás sería más prudente hablar adentro. Los vecinos empiezan a asomarse, y la señora del número seis ya sacó el celular.
Dante no apartó los ojos de mí, como si estuviera memorizando cada rasgo de mi cara, cada gesto, como si de verdad estuviera intentando resolver un problema mucho más complicado que una entrevista fallida.
—Van a llevarse a los niños.
Fue la orden equivocada. Leo se dejó caer al suelo de golpe, con toda la teatralidad de sus cinco años, y rompió a llorar a gritos, un llanto agudo y estratégico que resonó por todo el jardín, tan bien calculado que hasta a mí me costó no reírme en medio del susto.
—¡No! ¡No me la quiten! ¡La quiero a ella, a ella, a ella!
—¡Yo también! —chilló Luna, sumándose al llanto sin el menor pudor, abrazándose a mis piernas con tal fuerza que sentí sus lágrimas empapar la tela de mi falda, tibias, reales, nada fingidas a pesar de todo el teatro de su hermano—. ¡Papá, por favor, por favor, por favor!
—Niños —dijo Dante, con una voz que quería sonar autoritaria y sonaba, sobre todo, desesperada, casi al borde del pánico paterno—. Ya, basta. Levántense de ahí, van a ensuciarse el uniforme.
No se levantaron. Lloraron más fuerte, en un dueto perfectamente sincronizado que parecía llevar ensayo detrás, igual que si aquello fuera una función que ya hubieran representado antes, delante de otras ochocientas noventa y nueve candidatas.
Vi algo quebrarse en el rostro de aquel hombre. No era debilidad; era la grieta exacta que un padre no puede tapar cuando sus hijos lloran así, en la entrada de su propia casa, frente a extraños, frente al personal, por una mujer a la que acababan de conocer hacía menos de diez minutos y a la que él mismo acababa de acusar de ser "cualquier cosa".
—Un momento —dijo por fin, y su voz sonó distinta, más baja, casi rendida, con los hombros un poco caídos—. Adentro. Todos. Vamos a hablar como personas civilizadas antes de que decida algo que lamentemos los dos.
—¿Estoy detenida? —pregunté, sin moverme, con el corazón todavía galopando.
—Está contratada, provisionalmente, para que estos dos dejen de hacer un espectáculo en mi entrada delante de medio vecindario. —Se pasó una mano por el rostro, como si la frase le costara un esfuerzo físico considerable, casi doloroso—. Luego decidiremos si es permanente, o si mañana mismo la saco de aquí con escolta y un cheque de indemnización.
Leo dejó de llorar en el acto, como si alguien hubiera cerrado una llave de agua. Me miró con los ojos hinchados, todavía húmedos, y una sonrisa enorme que le partió la cara de oreja a oreja, transformada por completo en cuestión de segundos.
—¿Ves? Te dije que ibas a ser nuestra mamá.
Miré a Dante Nocedal, que me observaba con la misma expresión indescifrable de antes, sopesándome como quien sopesa un problema que no sabe todavía si resolver o desechar por completo.
¿En qué me acabo de meter?
No tenía respuesta. Solo tenía dos manos pequeñas aferradas a mi falda y a mi manga, negándose a soltarme, y un pozo de deudas esperándome en casa que no me dejaba muchas más opciones que entrar por esa puerta con la cabeza en alto, aunque el estómago se me hubiera convertido en un nudo apretado.
El interior de la casa me golpeó con su propia magnitud: techos altísimos, una escalera de mármol que se dividía en dos como los brazos abiertos de alguien dando la bienvenida a regañadientes, cuadros que probablemente costaban más que diez años de mi renta, un candelabro que colgaba del techo como una nube de cristal congelada. Los niños tiraban de mí en direcciones opuestas, señalando cosas —"ahí está mi cuarto", "ese jarrón lo rompí yo dos veces", "ahí se cayó Luna cuando corría con calcetines"— mientras Dante caminaba tres pasos adelante, con la espalda tan recta que parecía que llevara una tabla cosida bajo el saco.
—Por aquí —dijo, sin voltear, deteniéndose frente a una puerta doble de madera oscura—. Vamos a hablar en mi despacho. Los niños se quedan con Simón.
—¡No! —protestaron ambos al mismo tiempo, con una sincronía que ya empezaba a resultarme entrañable, casi cómica.
—Cinco minutos —les prometí, agachándome para quedar a su altura, con una mano en el hombro de cada uno—. Después les cuento todo, se los juro. Y si Braulio se porta mal otra vez, ustedes me avisan primero a mí.
Luna, no muy convencida, me apretó la mano una última vez antes de soltarla, mirándome con esos ojos grandes que ya empezaban a hacer estragos en mi resolución de mantener la distancia profesional. Y yo, sin saber todavía en qué me estaba metiendo, seguí a Dante Nocedal hacia ese despacho que olía a madera vieja, a café recién hecho y a decisiones importantes.