La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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No había vuelta atrás.
El celular dejó de sonar… pero apenas dos segundos después volvió a vibrar con más insistencia, como si del otro lado alguien sonriera sabiendo que no iba a rendirse.
Verónica soltó un suspiro pesado.
Se hizo a un lado de la acera, apoyó con cuidado las dos bolsas en el piso —asegurándose de que los huevos no se rompieran— y, tras dudar un instante, deslizó el dedo sobre la pantalla.
—¿Aló?
—¿Dónde diablos estabas? —la voz de Héctor llegó cargada de molestia, de ese tono autoritario que tantas veces la hizo sentir pequeña—. ¿O qué estabas haciendo que no podías contestar de inmediato?
Verónica cerró los ojos un segundo. Su corazón empezó a latir más rápido, traicionero, como si su cuerpo aún no entendiera que ya no tenía que obedecerle.
—No tengo por qué darte explicaciones, pero estaba ocupada —respondió, intentando mantener la voz firme.
Del otro lado hubo un silencio breve… y luego una risa baja. Una risa que ella conocía demasiado bien.
—Mira nada más… —murmuró él—. Ahora sí te crees muy valiente.
Verónica apretó los labios.
—¿Para qué llamas, Héctor?
—Para saber de mis hijos, ¿o es que ahora también me los vas a esconder?
Ella tragó saliva, mirando hacia el suelo.
—Cuando llegue a la casa le digo a Samuel que te devuelva la llamada.
—¿Cómo que cuando llegues? —la voz de él subió de tono, irritada—. ¿Los dejaste solos?
Verónica sintió cómo la rabia empezaba a mezclarse con el miedo.
—No están solos. Están con mi mamá.
—Ajá… —respondió él, con un deje burlón—. Claro. Y tú seguro muy ocupada, ¿no? ¿O es que estabas con otro?
El golpe fue directo. Verónica levantó la mirada, incrédula.
—No empieces con eso…
—¿Entonces qué? —la interrumpió—. Porque por algo te fuiste. Las mujeres como tú no dejan a un hombre así porque sí. Estoy seguro de que fue por otro.
Ella negó con la cabeza, apretando el celular con fuerza.
—Yo no estoy con nadie.
—No te creo —escupió él—. Tú siempre fuiste así. Calladita, pero bien lista.
El pecho de Verónica subía y bajaba con rapidez.Ya no quería quedarse callada.
—Estaba trabajando —dijo finalmente, cada palabra cargada de cansancio—. Trabajando, Héctor. Porque alguien tiene que responder por esta casa.
Hubo un silencio… pero no de sorpresa. Era de esos silencios peligrosos.
—Tú no tienes que trabajar —respondió él, más frío ahora—. Tu deber es cuidar a los niños.
Verónica dejó escapar una pequeña risa amarga.
—¿Ah, sí? —murmuró—. ¿Y con qué los mantengo? Porque tú no das nada.
—No digas estupideces —replicó él de inmediato—. Si te hubieras quedado conmigo, no tendrías que estar pasando necesidades. Conmigo lo tenías todo.
Las palabras le ardieron.
—¿Todo? —repitió, sintiendo cómo algo dentro de ella se quebraba—. ¿Eso era todo para ti?
—Claro —continuó él, ignorando su tono—. Pero preferiste andar de bandida, desbaratar el hogar y largarte.
Esa palabra bandida. Verónica sintió el golpe como si fuera físico. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no permitió que cayeran.
—No sabes lo que dices —susurró, con la voz temblando de rabia contenida—. Yo no me fui por otro hombre… me fui por mí… por mis hijos.
—Sí, cómo no…
Eso fue suficiente.
Verónica respiró hondo, tragándose el nudo en la garganta.
—Adiós, Héctor.
Y colgó.
Se quedó inmóvil unos segundos, con el teléfono aún en la mano. Sentía el pecho apretado, el aire pesado, las lágrimas empujando con fuerza… pero no las dejó salir.
Respiró profundo una, dos, tres veces… se agachó, tomó nuevamente las bolsas con cuidado y retomó el camino.
Cada paso pesaba, pero había algo que la hacía avanzar siempre.
Al doblar la esquina de su casa, apenas alcanzó a dar dos pasos más cuando la reja se abrió de golpe.
—¡Mami!
Los niños salieron corriendo hacia ella como si llevaran horas esperando ese momento.Verónica dejó las bolsas en el suelo y abrió los brazos justo a tiempo para recibirlos.
Los abrazó con fuerza, cerrando los ojos. Ese era su refugio. Su paz.
—¿Cómo les fue hoy? —preguntó, besando sus cabecitas una por una.
—¡Bien! —respondieron casi al mismo tiempo.
—La abuelita nos ayudó con las tareas otra vez y nos hizo un almuerzo riquísimo —añadió Samuel.
—¡Y vino la tía Catalina! —dijo Rodrigo emocionado.
Verónica levantó la mirada y sonrió al ver a su hermana dentro de la casa.
—Hola… —saludó, entrando.
—Mira quién llegó toda cansada —bromeó Catalina, acercándose para darle un abrazo—. Se nota que trabajaste duro.
—Ni me digas… —respondió Verónica con una sonrisa débil.
Verónica saludó a su hermana con cariño y luego también a sus sobrinos que eran de la misma edad que sus hijos. Luego se acercó a su madre y le entregó las bolsas.
—Compré lo que pude…
Su madre las recibió como si fueran un tesoro.
—Gracias, hija… esto ayuda mucho.
Verónica asintió en silencio.
El cansancio empezaba a caerle encima como una ola pesada, pero aun así se sentó con los niños, los escuchó, sonrió, les acarició el cabello… como si el mundo no le doliera.
Como si todo estuviera bien. De repente, Rodrigo trepó a sus piernas. Demasiado callado.
Verónica frunció el ceño y le levantó suavemente el mentón.
—¿Qué te pasa, mi amor? —preguntó con dulzura—. ¿Te duele algo?
El niño negó con la cabeza. Sus ojitos brillaban.
—Extraño a mi papá…
El mundo se detuvo.
El corazón de Verónica se encogió con fuerza.
—Quiero verlo… —añadió el niño en voz bajita.
Ella cerró los ojos un segundo, sintiendo cómo ese dolor la atravesaba.
Ese era el precio. El precio de haber salido de ahí. De romper el ciclo, pero también… el miedo de que sus hijos crecieran sintiendo ese vacío que ella conocía tan bien.
Lo abrazó con fuerza.
—Tranquilo, mi amor… —susurró, besándole la cabeza—. Vamos a llamarlo, ¿sí?
Samuel se acercó de inmediato.
Verónica tomó el celular, dudó apenas un instante… y marcó.
Héctor respondió rápido.
Esta vez, su tono cambió por completo al escuchar a los niños.
Risas.
Promesas.
—Voy a verlos este fin de semana, ¿sí? —les dijo—. Se los prometo.
Los niños sonrieron, ilusionados y Verónica… observó en silencio.
Con el corazón hecho pedazos.
Porque sabía que esas promesas no siempre se cumplían y aun así ellos seguirían esperando.
Esa noche, mientras los arropaba, mientras apagaba la luz, mientras el silencio llenaba la habitación Verónica entendió algo.
Esto apenas comenzaba y sí… Estaba siendo demasiado duro para ella, pero no había vuelta atrás. Ni la quería.
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones