SE TRATA DE UNA DOCTORA INDEPENDIENTE QUE ENFRENTA LA TRAICIÓN Y LA HUMILLACIÓN SIN DEJARSE PISOTEAR. ESTA NOVELA TIENE TODOS LOS INGREDIENTES PARA SER UN DRAMA SUMAMENTE ATRAPANTE Y EMOCIONANTE.
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LA LECCIÓN DE LA REINA
Un cirujano jamás pierde el pulso cuando el entorno se vuelve caótico, dijo Elena, mirándolos a ambos a los ojos. Que el mundo vea exactamente quiénes somos nosotros... Y quiénes son ellos.
Elena se giró lentamente, realizando un recorrido pausado con la mirada hasta encontrar a Julián y a Beatriz en mitad del vestíbulo. No hubo lágrimas en sus ojos, ni un solo rasgo de alteración en su rostro. Solo una sonrisa fría, distante y superior; la mirada de quien observa a dos intrusos cometiendo un error estratégico irreparable ante la élite que tanto pretendían impresionar.
Beatriz, al sentir la mirada penetrante de la Dra. Morales, la sonrisa de la joven cirujana se congeló y dio un pequeño paso atrás, buscando la sombra de Julián.
Julián, por su parte, intento sostenerle la mirada a su esposa con arrogancia, Pero la dignidad aplastante de Elena y la presencia protectora de sus dos hijos a su lado hicieron que la provocación se sintiera, a ojos de toda la alta sociedad, como un acto vulgar y desesperado.
Elena no dio un solo paso hacia ellos. Hizo una leve inclinación de cabeza hacia un grupo de empresarios de la junta directiva y continuó su marcha hacia el centro de salón principal, aclamada por los aplausos de bienvenida.
La batalla ni siquiera había comenzado, pero en esa entrada, Elena acababa de dictar la primera regla: Julián y Beatriz habían elegido el escándalo; Elena había elegido la victoria.
El murmullo en el Gran salón del Hotel Gran Majestic, aún resentía la tensión provocada por la entrada descarada de Julián y Beatriz. Aunque Elena se mantenía erguida como una estatua de mármol junto a sus hijos, los murmullos de la alta sociedad corrían como fuego sobre pólvora. Algunos miraban con morbo; otros con una mezcla de lástima y desaprobación. Julián sonreía satisfecho, creyendo que había asestado un golpe definitivo a la reputación y compostura de su esposa.
Entonces, las puertas principales se abrieron de nuevo. Un silencio 🤫 repentino y pesado cayó sobre el salón, cortando de golpe las murmuraciones.
Mateo Valderrama hizo ingreso.
Vestía un esmoquin de sastrería italiana, cortado a la perfección para su imponente presencia. A sus 50 años, y su andar pausado y firme proyectaba la autoridad de quien no necesita pedir permiso ni espacio en ningún lugar del mundo. A su lado dos de sus directores ejecutivos y su equipo de seguridad personal caminaban a una distancia respetuosa.
La prensa contuvo el aliento, Valderrama rara vez asistía a eventos benéficos locales; su presencia allí no era una coincidencia, era un evento de Estado para la élite económica.
Mateo no miró a la prensa, no buscó los flashes, sus ojos grises fríos y calculadores, barrieron el salón en un escaneo milimétrico hasta fijarse en la figura azul de la Dra. Elena Morales.
Ignorando por completo los saludos diferentes de varios ministros y directores de banco que intentaron abordarlo en el camino, Mateo cruzó el salón con pasos firmes, paso a escasos centímetros de Julián Ramos, ni siquiera se molestó en mirarlo; para Mateo Valderrama, Julián no era más que un detalle insignificante en el paisaje.