Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.
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EL FANTASMA DEL PASADO Y LA HERIDA ABIERTA
El trayecto desde la cafetería hasta la Mansión Bustamante se le hizo eterno a Ana Belén. Con los nudillos apretados contra el volante de su propio vehículo y el corazón latiéndole a un ritmo frenético, no lograba comprender cómo un momento de risas inocentes con Esteban se había transformado en un cataclismo monumental gracias a los celos enfermizos de Jeremías. Estacionó frente a la imponente escalinata de la entrada principal, tomó una maleta pequeña que llevaba en el asiento trasero —precavida por si lograba convencerlo o por si la tormenta exigía una tregua bajo el mismo techo— y cruzó las puertas dobles con paso firme, dispuesta a enfrentar a la bestia.
Apenas pisó el vestíbulo, doña Anahí salió a su encuentro con el rostro desencajado y una profunda preocupación marcando cada arruga de su frente.
—Dime ahora mismo qué ha pasado hija —exclamó la matriarca, deteniéndola del brazo con urgencia—. Esta mañana salieron de aquí felices, riendo, pareciendo una pareja de recién casados, y hace apenas una hora ese muchacho regresó hecho una furia, azotando puertas y convertido en un ogro mil veces peor que antes.
Antes de que Ana Belén pudiera articular una sola palabra, la pequeña María Fernanda bajó corriendo las escaleras a toda velocidad y se lanzó a abrazar la cintura de la arquitecta con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¡Ana Belén! ¿Por qué mi papá volvió a ser ese ogro malo y gritón? —preguntó la niña con la voz temblorosa, aferrándose a su ropa como si temiera que el mundo fuera a derrumbarse—. Se encerró en el estudio y no quiere ver a nadie.
Ana Belén se dobló con delicadeza, le acarició las mejillas con ternura y le dio un beso en la frente, intentando transmitirle una paz que ella misma apenas lograba sostener.
—Tranquila, mi princesa hermosa, no pasa nada grave —le sonrió con dulzura, secándole una lagrimita—. A ese gigante testarudo se le va a pasar pronto la rabieta. Ve con tu abuela un momentito, ¿sí?
Doña Anahí la miró con fijeza, cruzándose de brazos y suspirando con pesadumbre.
—¿Vas a entrar a su despacho a intentar hablar con él?
—¿Yo? ¡Ni loca! —respondió Ana Belén negando con la cabeza y levantando la maleta pequeña—. Que se muera en su propio veneno si quiere. Tu hijo tiene una complejidad emocional gigantesca, doña Anahí. Algo muy feo, oscuro y traumático le debieron haber hecho en el pasado para que desconfíe hasta de su propia sombra y se comporte como un niño malcriado y caprichoso cuando las cosas no salen como él quiere.
La arquitecta dio unos pasos hacia la escalera, exhalando un suspiro cargado de frustración.
—Me voy a subir a duchar a ponerme algo cómodo y a dormir. Sinceramente a este paso creo que nuestra relación no va a durar ni veinticuatro horas. Llevamos un día juntos y ya estamos separados por una estupidez. ¡Imagínese! Pero vine a ver qué pasa, traje esta maleta porque sé que tenemos que hablar y aunque me cueste creerlo, no pienso rendirme tan fácil. Me voy a la recámara a esperarlo; tarde o temprano tendrá que subir.
Doña Anahí asintió en silencio, dándole una palmada de apoyo en el hombro, mientras Ana Belén subía los escalones con paso decidido.
Al entrar en la recámara principal de Jeremías —la misma habitación donde la noche anterior se habían entregado a una pasión desbordada—, sintió que el aire aún guardaba el eco de sus susurros. Se quitó la ropa de la calle con movimientos mecánicos, entró al amplio baño de mármol y dejó que el agua tibia y relajante lavara el cansancio acumulado de todo el día. Al salir se secó con esmero y se enfundó en una delicada bata de seda corta de color marfil, que se ceñía con suavidad a su silueta.
Las horas pasaron con lentitud agónica. Ana Belén se entretuvo mirando el techo, dando vueltas en la gigantesca cama y repasando mil veces la escena de la cafetería en su cabeza. Dieron las doce, la una de la madrugada, y el silencio en la mansión era absoluto.
Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, escuchó el clic metálico de la puerta abriéndose con extrema cautela.
Jeremías entró rodando su silla de ruedas en penumbra, con la camisa desabotonada y el rostro pálido por el cansancio y la rabia contenida. Al encender una pequeña lámpara de noche y verla acostada plácidamente en su cama, se detuvo en seco, con los ojos verdes muy abiertos por la sorpresa y el desconcierto.
—¿Qué... qué diablos haces tú aquí? —espetó Jeremías con la voz ronca, frunciendo el ceño de inmediato y sintiendo que el pulso se le aceleraba—. Si te largaste de la cafetería con el otro, ¿a qué regresas a mi casa? ¿No me dijiste que querías vivir en tu casa y yo en la mía? ¡Decídete de una vez!
Ana Belén no se inmutó. Con una calma exasperante para él, se incorporó despacio, se sentó al borde de la cama dejando que la seda de su bata se deslizará ligeramente, y lo miró fijamente a los ojos.
—Ven, acércate un poco más, Jeremías —le dijo con voz suave pero firme, gesticulando con la mano—. Vamos a conversar como los adultos maduros que supuestamente somos,ñ y de una vez por todas dejemos los berrinches, los caprichos infantiles, las niñerías y esa inmadurez que no te queda para nada bien.
El magnate apretó los dientes, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes. Hizo girar las ruedas de la silla con brusquedad, acercándose unos centímetros antes de estallar:
—¡Nosotros no tenemos absolutamente nada de qué hablar! ¿A qué viniste, Ana Belén? ¿A burlarte de mí? ¿A restregarme en la cara que yo soy un maldito parapléjico atado a una silla de ruedas? ¡Dímelo de una vez!
Ana Belén sintió que la paciencia se le agotaba. Se puso de pie de un salto, plantándose frente a él con las manos en la cintura, y le soltó las verdades sin filtro:
—¡Ya basta, Jeremías Bustamante! ¡Déjate de ponerte en el papel de víctima, que ese rol no te queda! Que tu maldita exesposa te haya abandonado cobardemente por quedarte en silla de ruedas no significa que yo vaya a hacer la misma porquería. ¡Despierta! Si no hay confianza ciega y una comunicación sincera entre nosotros, esta relación no va a llegar a ningún maldito lado, ni hoy ni en cien años.
Las palabras de Ana Belén golpearon el centro exacto de la peor pesadilla de Jeremías. El eco de su reproche desató el huracán que el magnate llevaba guardando en el alma durante cinco años enteros. Con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada por un dolor visceral que lo carcomía por dentro, el hombre se inclinó hacia adelante, agarrando los apoyabrazos de la silla con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.
—¡¿Y cómo quieres que confíe?! —gritó Jeremías con una rabia sorda y desgarradora que hizo eco en las paredes de la habitación—. ¡Si María me dejó y se largó con su maldito amante mientras yo caminaba perfectamente, por qué demonios no me ibas a hacer tú lo mismo ahora que estoy postrado en esta silla de mierda! ¡Claro! Es perfecto para ti: buscarte un amante completo, que camine a tu lado, que te saque a bailar y que no sea una carga insoportable como este lisiado estúpido que soy yo! ¡Eso es lo que eres tú! ¡Una mujer libre que se aburre con un inválido!
Ana Belén se quedó congelada, con la respiración suspendida, observando cómo las lágrimas, por fin, rompían la coraza de hierro del hombre más poderoso de la ciudad. Jeremías bajó la cabeza, hundiendo el rostro entre sus manos grandes y temblorosas, mientras los recuerdos más oscuros y denigrantes de su pasado lo asfixiaban. Su voz se convirtió en un susurro roto, cargado del veneno exacto que su exesposa le habíainyectado el día que lo abandonó:
—¿Sabes qué fue lo último que me dijo María antes de cerrar la puerta para no volver jamás? —murmuró Jeremías, con los ojos anegados en un dolor infinito—. Me miró con asco, con desprecio absoluto.
El trauma devastador de haber sido rechazado, de haber sido calificado como un fenómeno antinatural, como un hombre incapaz de hacer feliz a una mujer debido a su desproporcionado tamaño y a su tragedia física, resurgió con una violencia aplastante dentro de su cabeza, destrozando los últimos jirones de su dignidad masculina y dejándolo completamente vulnerable frente a la mujer que amaba.