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Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor-odio / Ascenso de clase social
Popularitas:458
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Luz Albarracín

Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
​Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
​Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.

NovelToon tiene autorización de Ana Luz Albarracín para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24

El sol ya iluminaba las cortinas de la habitación cuando el aroma a café recién hecho me despertó. Matteo había entrado sin hacer ruido, dejando sobre la mesa un desayuno completo y un fajo de periódicos internacionales junto a su iPad, que no paraba de sonar.

Me senté en la cama, pasándome una mano por la cara para quitarme los restos de cansancio de la noche anterior.

—Buenos días a la artista del momento —dijo Matteo, sirviéndome una taza con una sonrisa radiante—. Espero que hayas dormido bien, porque allá afuera el mundo colapsó.

—¿Tan así? —pregunté, tomando la taza entre las manos.

—Mirá esto —respondió, girando la pantalla del iPad hacia mí.

Los titulares de las secciones culturales y de espectáculos de los principales diarios de Europa y América Latina coincidían en lo mismo: la foto del beso estratégico ilustraba las portadas, pero los artículos se centraban en la cifra récord alcanzada en la subasta y en la creación del fondo de becas para jóvenes talentos.

«Arte, estrategia y filantropía: Morgana Sinclair y Caín Capell rompen récords en Buenos Aires», leí en voz alta, dejando escapar una leve sonrisa.

—El plan funcionó a la perfección, Morgana —aseguró Matteo, apoyándose en el borde de la mesa—. Tu valor de mercado se triplicó en cuestión de horas. Las solicitudes para la exposición en Milán ya superaron nuestra capacidad y nadie duda de tu talento ni de tu liderazgo.

Me quedé mirando la imagen en la pantalla. La expresión de Caín en la fotografía era indescifrable, exactamente como la frase con la que se había despedido de mí en el auto: «Que pienses que esto fue solo un juego de apariencias es tu primer error».

Un escalofrío sutil me recorrió la espalda. El éxito profesional y económico ya era una realidad indiscutible, pero sabía que la verdadera partida entre Caín y yo apenas estaba comenzando.

Me lanzó un montón de vestidos de todos los colores y tipos de tela en la cama.

​—¿Para qué es todo esto?

​Sorprendida, miraba la tela que no parecía nada barata.

​—Hoy en la noche se te presenta como la novia del joven Capell en el cóctel que organizó el ministro Capell.

​Coloqué una almohada en mi cara y susurré:

​—Mátame. Odio convivir con esos chetos que no saben nada y te clavan una puñalada por la espalda cuando menos te diste cuenta.

​Me quitó la almohada y sonrió condescendientemente:

​—Ahora pertenecés a ese mundo y debés actuar igual a ellos.

Matteo cruzó los brazos, contemplando la montaña de alta costura que cubría la cama como si fuera un curador frente a una exposición crucial.

—El verde esmeralda resalta tus ojos, pero el negro satinado grita «poder indiscutible» —dictaminó, señalando un diseño de seda con la punta del pie—. Necesitamos que te veas intocable, Morgana. La alta sociedad porteña y la política se alimentan de la debilidad.

Resoplé, dejándome caer en el borde del colchón mientras esquivaba un vestido de tul rojo que amenazaba con cubrirme la cabeza.

—Son insoportables, Matteo —protesté, pasando la mano por la tela fría del vestido negro—. Esta gente analiza el corte de un vestido para medir cuánta influencia tenés. Prefiero mil veces ponerme el overol lleno de polvo de yeso y quedarme a moldear en el taller.

—El polvo de yeso ya nos dio la subasta del medio millón; ahora la seda te va a dar el respeto de la clase alta —respondió sin piedad, tomándome de los hombros para ponerme de pie—. Vas a entrar a ese salón, vas a sonreír con la cantidad justa de arrogancia y vas a hacer que el ministro Capell entienda que su hijastro no está al lado de una cualquiera, sino de la artista más cotizada del momento.

Dudé unos segundos, mirando la tela oscura en mis manos. El vestido tenía un corte impecable, sobrio pero abrumadoramente elegante. Era una armadura moderna.

—Está bien —cedí con una mueca de resignación—. Pero si tengo que escuchar a otra persona hablar de caballos de polo o de propiedades en Punta del Este durante más de cinco minutos, voy a necesitar que me rescates antes de que empiece a tirar el champán.

Matteo soltó una carcajada y me empujó suavemente hacia el vestidor del hotel.

—Trato hecho. Ahora cambiate, que la limusina del joven Capell no va a esperar.

Terminé eligiendo el vestido verde que resaltaba mis ojos y en el cabello solamente me hice una media colita.

​Al terminar, me miré al espejo y no me reconocí.

​En voz alta, hablé conmigo misma:

​—Cambia lo de afuera, pero por dentro soy la misma.

​Trataba de convencerme de que yo era la misma chica que salió de Entre Ríos, pero sabía que yo había cambiado y eso me asustaba.

​Tomando aire, me dirigí al auto y el chofer no se atrevió a mirarme ni hablarme, cosa que últimamente me gustaba; el silencio era tranquilidad.

El trayecto hacia el evento transcurrió en un silencio que agradecí en secreto. Apoyé la cabeza contra la ventanilla del auto y dejé que la ciudad de Buenos Aires pasara frente a mis ojos como una película en cámara lenta.

A través del cristal polarizado, las luces amarillas de los faroles y los carteles luminosos se deformaban con el movimiento. Pasamos por avenidas amplias, por esquinas donde la gente caminaba a paso rápido volviendo de trabajar y por cafés donde las parejas charlaban sin preocuparse por cámaras, titulares ni estrategias de prensa. Por un instante, sentí una extraña envidia de esa normalidad.

—Buenos Aires —murmuré para mí misma, casi en un suspiro que empañó levemente el vidrio.

Pensé en el olor a tierra mojada después de la lluvia, en el taller improvisado con herramientas prestadas donde esculpí mis primeras figuras y en la absoluta libertad con la que creaba cuando nadie sabía quién era. En ese entonces, el éxito significaba lograr que la materia cobrara forma; hoy, el éxito parecía medirse en el corte de un vestido verde de seda y en la capacidad de sonreír frente a un salón lleno de desconocidos.

El auto giró en una avenida principal y aminoró la marcha al acercarse al exclusivo barrio de Recoleta. Las fachadas de estilo francés y las entradas custodiadas me anunciaron que la tregua de la caminata solitaria estaba por terminar.

Respiré hondo, alisé la falda del vestido sobre mis piernas y dejé atrás las memorias del río. La chica de provincia seguía ahí dentro, pero esta noche la artista tenía un papel que interpretar.

Sonriendo con confianza bajo del auto y ahí me esperaba mi tan ansiado "novio".

Lucia un traje impecable blanco que jodidamente le quedaba perfecto, el cabello con gel ligeramente despeinado y esa mirada acompañada de esa sonrisa que desarmaba a todas, lastima que lo unico que generaba en mi era rechazo.

​—Hola.

Me toma del brazo y me da vuelta, estaba por protestar cuando sentí un frío en el cuello.

Bajo la mirada encontrándome un collar de oro pero super delicado.

Susurra en mi oído, cosa que me hizo temblar:

​—Si vas a fingir ser mi novia debes tener lo mejor.

Toqué el metal frío contra mi piel con la yema de los dedos, sintiendo el peso sutil de la joya antes de levantar la mirada para sostenerle el ojo con absoluta firmeza.

—Qué detalle tan generoso —dije con una sonrisa afilada y cargada de sarcasmo—. Casi me hacés creer que te importa mi cuello y no solo cómo combina con la marca Capell frente a las cámaras.

Caín no pestañeó; apenas arqueó una ceja, disfrutando del juego.

—Consideralo una inversión, Morgana —respondió con voz baja, acomodando el cuello de su saco blanco—. Y una garantía de que nadie en ese salón dudaré de a quién pertenecés esta noche.

—Nadie es dueño de nada acá, Caín —le recordé, dando un paso hacia la puerta principal y ofreciéndole el brazo con elegancia impecable—. Así que guardate el discurso de propiedad para tus negocios. Vamos adentro a hacer el trabajo por el que firmamos.

El murmullo atenuado de copas y conversaciones amortiguadas cesó en un radio inmediato en cuanto cruzamos el umbral.

Caín flexionó ligeramente el brazo y yo me tomé de él con la naturalidad practicada de quien pertenece al lugar desde siempre. Un mozo nos ofreció dos copas de champaña en una bandeja de plata; Caín tomó una para mí y me la entregó con una sonrisa pausada, asegurándose de que la curva de su manga revelara el gemelo de oro que hacía juego directo con el collar en mi cuello.

—Erguida, Morgana —murmuró entre dientes, sin perder la postura amable ante las miradas—. Tenés a media cúpula política y empresarial tratando de descifrar si sos su nueva adquisición o su peor pesadilla.

—Que piensen lo segundo —respondí en un susurro igual de imperceptible, ofreciendo una inclinación de cabeza hacia una pareja de aspecto distinguido que no disimulaba su inspección—. Les da más razones para no acercarse a interrumpir.

A pocos metros, la multitud comenzó a abrirse de manera orgánica para dejar paso a la figura central de la noche: el ministro Capell, quien nos observaba con la fría e imperturbable mirada de quien calcula el valor exacto de cada jugada.

Caín lo ignoraba, pero noté cómo su mirada se afiló.

​El señor Capell me extendió la mano con una sonrisa condescendiente, pero sabía que estaba llena de veneno.

​—Señorita Sinclair, me ha sorprendido que mi hijo esté hoy acompañado de una excelente compañía.

​Sonreí mientras miraba a Caín, quien fulminaba con la mirada a su padrastro y contestó seco:

​—Padrastro, sí, Morgana es la mejor opción para mí y es el amor de mi vida.

​Forzó una sonrisa mientras tomaba de su copa.

​—Fue un gusto, señorita Sinclair.

​—Un placer para mí, señor Capell.

​—Llámame Ronald, querida.

​Asentí incómoda y Caín rápidamente me jaló discretamente del brazo en dirección opuesta.

​El agarre de Caín en mi brazo era firme, con una prisa contenida que disimulaba frente a los invitados mientras nos abríamos paso hacia la terraza exterior. En cuanto cruzamos las puertas de vidrio y el bullicio del salón quedó amortiguado, me solté de un tirón.

El aire frío de la noche me golpeó el rostro, pero la indignación por dentro me quemaba más.

—¿Se puede saber qué fue eso? —exigí en voz baja pero tajante, cruzándome de brazos—. ¿«El amor de mi vida»? Casi se me cae la copa en frente de él.

Caín no respondió de inmediato. Se acercó a la baranda de mármol que daba a los jardines iluminados, respirando hondo mientras se acomodaba los puños de su saco blanco. La máscara de autocontrol perfecto que había llevado toda la noche tenía, por primera vez, una grieta visible.

—No sabés cómo funciona esto, Morgana —dijo con la voz áspera, sin mirarme—. Ronald no da un solo paso sin intención. Cada palabra que te dijo fue un anzuelo para ver si tropezabas.

—Iba a responderle con la diplomacia que acordamos, pero entraste en pánico —ataqué, dando dos pasos hacia él para obligarlo a mirarme—. Me dijiste que tu padre era el ministro, no que tenías un padrastro con el que te matás con la mirada. Hay un odio entre ustedes que casi se puede cortar con un bisturí. Si querés que siga jugando a la novia perfecta en este circo, necesito saber a qué me estoy enfrentando.

Caín se giró despacio. La sombra de la terraza le cubría parte del rostro, dejando ver solo el destello frío de sus ojos.

—Te estás enfrentando al hombre que maneja las influencias de este país y que busca cualquier excusa para desarmar lo que construí —murmuró, dando un paso hacia mí hasta reducir la distancia—. Ronald quiere ver hasta dónde llega mi límite. Y si piensa que vos sos mi punto débil, va a usar todo su poder para aplastarte a vos primero.

Un silencio tenso se instaló entre los dos, interrumpido solo por el murmullo lejano de la fiesta a nuestras espaldas.

El choque de miradas entre Caín y yo era tan denso que casi podía sentirse en el aire frío de la noche, hasta que el sonido metálico de una puerta de vidrio deslizándose rompió la tensión.

—Ah, acá están. Sabía que los encontraría buscando algo de privacidad —dijo una voz masculina y grave con un tono cargado de familiaridad ensayada.

Un hombre de unos cincuenta años, de cabello canoso e impecable traje oscuro, avanzó hacia nosotros con una copa de champán en la mano. Caín cambió de postura al instante; la frialdad dura que me había mostrado hace un segundo desapareció detrás de su máscara social impecable.

—Senador Morales —saludó Caín, dando un paso al frente para interceptarlo diplomáticamente—. No lo vi llegar.

—Imposible perderme la presentación de la mujer de la que todo el mundo habla —respondió el senador, inclinando levemente la cabeza hacia mí con una sonrisa astuta—. La subasta de ayer dejó a más de uno sin aliento en el Congreso, señorita Sinclair. Una verdadera hazaña. Su padrastro, Caín, no para de atribuirse el éxito de la convocatoria adentro.

Sentí un sutil endurecimiento en la postura de Caín ante la mención de Ronald, pero su rostro no traicionó la menor emoción.

—El talento de Morgana habla por sí solo, senador —contestó Caín con voz serena y tajante—. Quienes intentan atribuirse el mérito ajeno solo demuestran su propia falta de recursos.

El senador soltó una risita baja, disfrutando del veneno entre líneas.

—Por supuesto. En fin, Ronald los está buscando para hacer un brindis general con los inversores internacionales. No sería prudente que la pareja de la noche se quede afuera de la foto principal.

—Llevamos la conversación adentro —me susurró Caín al oído, acomodando suavemente su mano en la parte baja de mi espalda. El gesto, aunque parecía afectuoso ante los ojos del senador, llevaba una presión firme que me marcaba el ritmo.

Eché los hombros hacia atrás, alisé el vestido verde y le dediqué al senador una sonrisa imperturbable.

—Por supuesto. No hagamos esperar al ministro.

Al cruzar nuevamente la puerta hacia el salón iluminado, el ruido de la fiesta nos envolvió de golpe, obligándonos a ponernos la armadura y retomar el papel que nos tocaba interpretar.

Sonreí mientras todos nos miraban como si fuéramos la pareja del año.

​Ronald comenzó su discurso:

​—Buenas noches, estimados señores y señoras. Hoy es una hermosa noche y tengo la feliz noticia de comunicarles que mi hijo Caín Capell y la señorita Morgana Sinclair están felizmente de novios.

​Sonreí ante las miradas y nos hicieron pasar al escenario mientras nos sacaban fotos los periodistas.

​Entre el público me encontré con la mirada de quien menos deseaba encontrarme: Elian Capell.

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Maria M. Rosario
Creo q la familia lo savo del.medio. y no es cierto q va tras Alexandra o quizas ellos se lo hiceron creer.
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