Una joven reservada y profesional trabaja en la empresa de la familia de su exnovio, soportando humillaciones constantes por no encajar en el ideal de “mujer perfecta”: dulce, sociable y complaciente.
Durante un evento corporativo, salva la vida de un misterioso hombre que ha sido atacado. Sin saber quién es realmente, lo ayuda a escapar y cura sus heridas.
Él desaparece… pero no la olvida.
Cuando finalmente va a buscarla, descubre que ella fue despedida injustamente. Y quienes la destruyeron… están más cerca de lo que cree.
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Capitulo 5
Bastian
Tres días.
Tres días escuchando a distintas empresas hablar sobre transporte, logística, contratos y promesas que, en su mayoría, sonaban vacías.
No era mi primera convención.
Y definitivamente no sería la última.
Pero esta… tenía algo distinto.
Mi interés era claro: necesitaba una empresa que realmente entendiera la Convención Internacional sobre la Compraventa de Mercaderías. Alguien que no solo hablara de envíos, sino de responsabilidad, seguros y cumplimiento real.
Alguien que no me hiciera perder el tiempo.
Los stands estaban llenos. Demasiado llenos.
Personas acercándose, sonriendo, ofreciendo servicios.
—Señor Kros, un momento.
—Bastian, tenemos una propuesta para usted.
—Solo cinco minutos…
Sonreí por cortesía.
Rechacé con elegancia.
Y seguí caminando.
Pero mi atención no estaba en ellos.
Estaba en otra cosa.
En las miradas.
En los movimientos.
En lo que no encajaba.
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La noté.
Una mujer en uno de los stands.
No por su presencia… sino por su comportamiento.
Demasiado atenta.
Demasiado fija.
Seguí caminando como si no me hubiera dado cuenta.
Pero ya estaba alerta.
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La multitud aumentaba.
Demasiadas personas.
Para un evento como este… no era normal.
Lo sería en una convención de videojuegos, quizá.
Pero no aquí.
No en transporte marítimo.
Algo no estaba bien.
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Me dirigí hacia el auditorio, pero antes pasé frente a un stand que no reconocí.
Una mujer de unos cincuenta años lo lideraba.
Sonreía.
Amable.
Perfecta.
—Bienvenido —dijo con una voz suave, casi melosa—. ¿Le gustaría conocer nuestros servicios?
Me acerqué.
No porque me interesara.
Sino por el espejo detrás de ella.
Un pequeño detalle… perfectamente ubicado.
Lo suficiente para ver lo que pasaba a mis espaldas.
—Claro —respondí.
Ella comenzó a hablar.
Palabras dulces.
Bien estructuradas.
Vacías.
Mientras tanto…
Yo observaba.
Tres hombres.
Luego cuatro.
Moviéndose entre la gente.
Sin acercarse demasiado.
Sin perderme de vista.
Confirmado.
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Eran más de las siete de la noche cuando ocurrió.
No lo vi venir.
Solo lo sentí.
Un corte.
Preciso.
Frío.
Algo se enterró en mi costado derecho.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Giré apenas.
Un joven.
No más de dieciocho años.
Sus ojos… vacíos.
Presioné la herida de inmediato.
Sin hacer escándalo.
Sin detenerme.
Y caminé.
Como si nada hubiera pasado.
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Entré en una bodega cercana.
Cerré la puerta tras de mí.
Mi respiración se volvió más pesada.
La sangre empezaba a empapar la tela.
—Maldición…
Entonces…
Escuché una voz.
—¿Hay alguien ahí?
Me giré.
Y la vi.
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Se detuvo en seco al verme.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
No gritó.
No huyó.
Eso fue lo primero que noté.
Cabello castaño.
Ojos negros.
Profundos.
Y algo más…
Tristeza.
Una tristeza que no encajaba con el caos del momento.
—Está herido… —dijo en voz baja.
—No llames a nadie.
Silencio.
La tensión se instaló entre nosotros.
Podía ver el miedo en su postura.
Pero no en sus decisiones.
—Te ayudaré —dijo finalmente.
Y salió corriendo.
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Regresó en menos de un minuto.
Con panfletos en la mano.
Y un botiquín demasiado grande para alguien que “no sabía”.
Se quitó su carnet y lo dejó a un lado.
Se colocó guantes.
Tapabocas.
Movimientos rápidos.
Decididos.
—No soy experta… —murmuró mientras abría mi chaleco— pero puedo hacer lo básico.
No respondí.
La observé.
De cerca.
Demasiado cerca.
Sus manos temblaban apenas.
Pero no se detenían.
—Perdón… —añadió antes de limpiar la herida.
El dolor fue inmediato.
Agudo.
Pero no dije nada.
Sus dedos eran cuidadosos.
Meticulosos.
Como si hacer bien eso… fuera importante.
Más de lo que debería.
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Entonces escuchamos pasos.
Fuera.
Rápidos.
Desordenados.
Ella se quedó inmóvil un segundo.
Luego… siguió.
Como si nada.
—Ya casi… —susurró.
Mi mirada no se apartó de ella.
De su concentración.
De su silencio.
De la forma en que ignoraba el miedo para terminar lo que empezó.
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Terminó.
Y me extendió una bolsa.
—Póngase esto —dijo—. Es una camisa de la empresa.
Blanca.
Con logo.
—Puede cubrirlo con la chaqueta.
Asentí.
Me dio espacio.
Se giró.
No preguntó.
No dudó.
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Cuando terminé, guardé la camisa ensangrentada en la bolsa.
Ella se acercó a la puerta.
Miró.
Escuchó.
Esperó.
—No hay nadie.
Abrió.
Y me miró.
—Vamos.
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Caminamos por el pasillo.
En silencio.
Pero la tensión seguía ahí.
Latente.
Pesada.
Llegamos a la salida de emergencia.
—Desde aquí puede salir sin llamar la atención —dijo.
La miré.
Un segundo más de lo necesario.
—Gracias.
Asintió.
Y dio un paso atrás.
Como si no quisiera estar ahí más tiempo del necesario.
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Pero antes de irme…
Tomé su carnet.
Sin que lo notara.
Nina Galen.
El nombre quedó grabado en mi mente.
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Salí.
Llegué a mi auto.
Y conduje directo al hospital.
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No pasó mucho tiempo antes de que mi madre apareciera.
Y, por supuesto…
Sofía.
Y mi padre.
—No llevas ni un mes en el país —dijo mi madre, preocupada— y ya ocurre esto.
—No es grave —respondí.
—Claro que lo es —replicó.
Sofía cruzó los brazos.
—Deberías volver a pagar a tus “orangutanes” para que te cuiden.
Solté una leve risa.
—Tal vez.
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Pero mi mente no estaba ahí.
No estaba en el hospital.
No estaba en el dolor.
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Estaba en ella.
En la única persona que no huyó.
En la única que se quedó.
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Nina Galen.
🤷🏼
eres un poco hombre./Smug/
qué satisfacción puede generarte , obligar a una mujer estar a tu lado 🤦🏼
han destruido el cimiento de tu empresa más no tu fuerza y ojalá ya esto no pase desapercibido
desgraciado Pero te metes con las personas equivocadas tenlo por seguro