Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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05
Camila acababa de terminar de comer con sus padres cuando le llegó una notificación al celular. La abrió de inmediato y una sonrisa le iluminó la cara: alguien estaba interesado en comprar la casa.
—Gracias a Dios, alguien quiere comprar la casa —les dijo a sus padres.
—Qué buena noticia, hija. Entre más rápido, mejor. Ojalá para cuando regresen, la casa ya tenga un nuevo dueño —dijo don Roberto.
—Eso espero, papá. Mire, tengo que regresar hoy mismo. Mañana esa persona quiere ir a ver la casa en persona.
—Pero acabas de llegar, hija. Debes estar agotada —doña Carmen la miró con preocupación.
—Estoy bien, mamá. Quiero resolver todo lo antes posible, antes de que ellos vuelvan.
—Está bien, mija. Si eso es lo mejor para ti, nosotros te apoyamos. No dejes de avisarnos si necesitas algo —le pidió don Roberto.
—Sí, papá.
Camila pidió un transporte para regresar cuanto antes. Se sentía aliviada: sus padres le habían dado su bendición para vender la casa.
—Papá, mamá, acuérdense de lo que les pedí. Si Adrián viene a buscarme aquí, córranlo. No le crean nada de lo que les diga.
—Sí, hija. No te preocupes por nosotros. Lo importante es que tú te cuides. Y cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarnos —le aconsejó don Roberto.
—Sí, papá.
El transporte llegó. Camila les dio un beso a sus padres y se despidió. Salió de San Rafael a media tarde.
—Me voy, papá, mamá. Los quiero mucho.
—Avísanos cuando llegues a la casa, hija —pidió doña Carmen.
El auto se alejó poco a poco del pueblo. Camila se sentía más liviana después de haberles contado todo. No quería que se enteraran por boca de otros; por eso había hecho el viaje.
La persona que le había escrito interesada en la casa era don Fernando, el dueño de la empresa donde Camila había trabajado antes. Cinco años como gerente, hasta que al casarse, Adrián la obligó a renunciar.
Adrián y su familia la habían sacado del mundo laboral a propósito: querían recortarle toda conexión con el exterior. La convirtieron en sirvienta gratuita dentro de su propia casa. La querían obediente y sumisa.
—Por fin llegué —se dejó caer en el sofá al entrar a la casa.
Eran las nueve de la noche. Se dio un baño rápido y se acostó de inmediato, con el cuerpo molido del viaje.
* * *
Al amanecer, Camila se levantó temprano. Se preparó su propio desayuno, lo que se le antojó, sin pensar en los gustos de nadie más. Durante tres años solo había cocinado lo que Adrián y su familia querían. Ahora podía complacer su propio paladar sin presiones.
—Mejor arreglo la casa. Si la dejo impecable, el comprador se va a interesar más —se dijo.
Se puso a limpiar y ordenar. Las cajas y las bolsas con las pertenencias de Adrián y su familia las acomodó en un rincón de cada habitación.
A las ocho de la mañana tocaron la puerta. Camila abrió y le sonrió al visitante: era don Fernando. Lo invitó a pasar.
—Don Fernando, adelante.
—Gracias, Camila.
—Pase, revise la casa con toda confianza.
Camila le mostró cada habitación, cada rincón. También le enseñó la escritura: el inmueble estaba a su nombre, no al de Adrián ni al de su familia.
—Me gusta mucho esta casa. Se la quiero dar a mi hijo. Se casó hace tres meses y ahorita está en el extranjero, pero regresa en dos semanas. Quiere una casa en las afueras de la ciudad; a su esposa no le gusta el bullicio —explicó don Fernando.
—Esta casa es ideal para eso, don Fernando. No está en el centro, y la zona es muy tranquila.
—Lo sé. Por eso quiero comprarla al precio que publicaste, Camila.
—Me da mucho gusto escuchar eso —respondió Camila con alivio.
—Mi abogado se va a encargar del papeleo lo antes posible. En dos semanas mi hijo ya tiene que estar instalado aquí.
—Don Fernando, si me permite un consejo: cambie las cerraduras. Mi esposo tiene copia de las llaves, y estoy segura de que cuando regresen van a intentar entrar a la fuerza.
—En cuanto te mudes, mando a cambiar todas las chapas.
—Perfecto. Planeo mudarme en dos días. Después de eso, la casa es suya.
—Oye, Camila, hay algo más. Tú trabajaste cinco años en mi empresa y tu desempeño siempre fue excelente. La gerente que te reemplazó renunció porque tuvo un bebé. ¿No te interesaría volver?
—Justamente quiero reincorporarme al trabajo, pero primero necesito cerrar lo de la casa.
—Qué bien, porque necesito una gerente y me encantaría que fueras tú.
—Acepto, don Fernando. Muchas gracias por la oportunidad —respondió Camila con entusiasmo.
—Te espero en la oficina en cuanto puedas.
—No voy a desaprovechar esta oportunidad. De verdad, muchísimas gracias.
—Bueno, me retiro, Camila.
—Lo acompaño a la puerta, don Fernando.
Camila lo despidió en la entrada y lo vio alejarse.