Un matrimonio que ninguno eligió. Un hombre que no la ama. Y un secreto que cambiará sus vidas para siempre.
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CAPÍTULO 10 — UNA NOCHE SIN EXPLICACIONES
Después de que Aitana salió de la mansión junto a Alessandro, Gael intentó continuar con su cumpleaños como si nada hubiera ocurrido. Los invitados seguían conversando y Valentina permanecía a su lado, pero él ya no prestaba verdadera atención a la celebración. Cada cierto tiempo sus ojos se dirigían hacia la puerta principal, como si esperara verla aparecer de un momento a otro. No entendía por qué estaba pendiente de su regreso cuando, apenas unas horas antes, había dejado claro delante de todos que aquel matrimonio no significaba nada para él.
Valentina notó su distracción y se acercó a él. —¿Estás bien? —preguntó. Gael respondió que sí, que solamente estaba cansado. Ella no insistió, aunque no pudo evitar sentirse incómoda. Seguía siendo la polola de Gael y sabía perfectamente cuánto decía amarla, pero esa noche había algo diferente en su comportamiento. Su atención parecía estar en otro lugar.
Cuando los últimos invitados comenzaron a marcharse, Gael tomó su teléfono. Miró la hora y después abrió el contacto de Aitana.
Se quedó unos segundos dudando antes de presionar el botón de llamada. El teléfono sonó una vez, dos veces y luego la llamada terminó. Volvió a intentarlo. Esta vez ni siquiera alcanzó a conectar.
El teléfono de Aitana estaba apagado.
Gael frunció el ceño. Intentó una tercera vez, pero obtuvo el mismo resultado. Se quedó mirando la pantalla con una mezcla de molestia y preocupación que no quería reconocer. No sabía dónde estaba, no sabía cuándo pensaba volver y, por primera vez, aquella falta de información le resultaba insoportable.
Lo que Gael no sabía era que Aitana no estaba preocupada por nada. Después de salir con Alessandro, había terminado en la casa de Alonso. El abuelo de Gael había preparado todo para que pudiera descansar lejos de la tensión de la mansión. Alessandro la había acompañado hasta allí y después se había marchado. Aitana estaba agotada y, sin imaginar siquiera lo que estaba ocurriendo en otro lugar, dejó su teléfono apagado sobre una mesa y se quedó profundamente dormida.
Mientras tanto, Gael seguía despierto.
Pasó la medianoche.
Después la una.
Después las dos.
Volvió a llamar.
Nada.
Valentina terminó quedándose dormida, pero Gael continuó despierto. Caminó por el salón, miró hacia la entrada y revisó nuevamente su teléfono. No podía entender por qué le importaba tanto que Aitana no hubiera regresado. Ella era libre. Él mismo había insistido en eso.
Cerca de las cuatro de la madrugada, finalmente subió a su habitación, aunque no consiguió dormir.
En la casa de Alonso, en cambio, Aitana dormía plácidamente. Por primera vez en varios días había conseguido descansar sin escuchar discusiones, órdenes ni reproches.
Alonso sabía perfectamente que ella estaba allí y, desde otra habitación, observaba satisfecho el resultado de su plan.
Alessandro había cumplido su parte y ahora solo quedaba esperar.
A la mañana siguiente, Aitana despertó tranquila. Se duchó, se arregló y, sin imaginar lo que Gael había pensado durante toda la noche, salió de la casa de Alonso junto a Alessandro.
Cuando llegaron a la universidad, el automóvil se detuvo frente a la entrada principal.
Gael acababa de llegar con Valentina.
Y entonces la vio.
Aitana bajó del automóvil con el cabello rojo todavía mojado, cayendo sobre sus hombros. Se veía hermosa, tranquila y completamente ajena al caos que había provocado su ausencia.
Gael se quedó inmóvil.
Valentina siguió su mirada.
—Es Aitana.
Gael no respondió.
Alessandro se despidió de ella con naturalidad y Aitana sonrió antes de cerrar la puerta del automóvil. Varios estudiantes comenzaron a mirar y algunos murmuraron al reconocerlo.
Gael sintió que la tensión le subía por dentro.
Había pasado toda la noche intentando comunicarse con ella.
Y ahora la tenía delante, tranquila, como si nada hubiera ocurrido.
—¿Dónde estabas? —preguntó finalmente cuando Aitana pasó cerca de él.
Ella se detuvo.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Te llamé.
Aitana lo miró con sorpresa.
—Mi teléfono estaba apagado.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
Gael apretó la mandíbula.
—No llegaste a casa.
Aitana sostuvo su mirada.
—Porque no tenía por qué hacerlo.
Gael se quedó sin palabras.
Valentina observaba la escena desde unos pasos atrás.
Aitana tomó su bolso y añadió con calma:
—Tú mismo dijiste que este matrimonio era un contrato. No empieces a comportarte como si fuera otra cosa.
Y se marchó hacia la universidad.
Gael permaneció inmóvil.
Lo que más le molestaba no era que Aitana hubiera pasado la noche fuera.
Era que, aparentemente, había estado perfectamente bien sin él.
Y eso comenzaba a dolerle más de lo que quería admitir.