Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 6. LA PROMESA DE LA LLAVE DE PLATA
La noche de mi decimosexto cumpleaños se convirtió en la más larga y oscura de mi existencia. Encerrada en mi habitación, contemplaba las dos maletas de piel que mi madre había dejado listas junto al armario. Ella había intentado abrazarme, repitiéndome entre sollozos que el internado sería una experiencia maravillosa y que allí aprendería a ser la mujer que la familia necesitaba. La aparté con suavidad, incapaz de soportar su sumisión, y le pedí que me dejara sola. No cené. Me quedé sentada al borde de la cama, con la mirada fija en el reloj de pared, esperando a que la mansión se sumiera en el silencio absoluto de la madrugada.
A las dos de la mañana, la casa era un mausoleo de mármol. Mi padre dormía plácidamente tras haber sentenciado mi libertad, y los vigilantes del jardín realizaban su ronda por el perímetro exterior cada media hora. Sabía que no podía marcharme a ese internado incomunicado sin ver a Óscar una última vez. Si lo hacía, sentía que me marchitaría por dentro.
Me vestí con ropa oscura, me colgué una pequeña mochila a la espalda y guardé en el bolsillo el colgante con forma de llave de plata que él me había regalado unas horas antes. Antes de salir, me acerqué a mi escritorio. Con las manos temblorosas pero con el corazón lleno de una determinación de acero, encendí la pequeña lámpara de mesa y tomé una hoja de papel. Tenía que escribir una carta. No era una nota de despedida cualquiera; era un salvavidas para el futuro.
Escribí una carta dirigida a mi hermano Thomas. En ella, con la tinta emborronada por un par de lágrimas que no pude contener, le abrí mi corazón por completo. Le hablé de Óscar. Le conté que no era solo el chico desgarbado que me había defendido de Marcus en el instituto, sino el hombre al que amaba con locura y la única razón por la que mi alma seguiría luchando en ese internado. Le di detalles sobre él: su nombre completo, lo que estudiaba, su mirada noble detrás de las gafas gruesas y la promesa de libertad que compartíamos. Le supliqué a Thomas que, pasara lo que pasara, no le perdiera la pista. Le pedí que lo mantuviera informado sobre mí en secreto si alguna vez tenía la oportunidad, porque Óscar sería el único hilo que me uniría a mi verdadera vida.
Doblé la carta, la guardé en un sobre y escribí el nombre de mi hermano en el reverso. Salí de mi habitación con un sigilo absoluto, pisando las zonas de la tarima que sabía que no crujían. Me deslicé hasta el cuarto de Thomas, que estaba al final del pasillo. Introduje el sobre por debajo de su puerta, sabiendo que la encontraría a la mañana siguiente, justo después de que mi tren partiera. Esa carta era mi seguro de vida, la semilla que, sin yo saberlo en ese instante, cambiaría mi destino nueve años después.
Regresé a mi habitación, abrí la gran ventana que daba al jardín trasero y, aprovechando la hiedra que trepaba por la fachada de piedra y mi agilidad de adolescente, logré descolgarme hasta el suelo. Corrí entre las sombras de los árboles, midiendo los tiempos de los focos de seguridad, hasta que alcancé la verja del jardín este, donde había un pequeño espacio suelto por el que Thomas y yo nos escapábamos de niños. Crucé al otro lado y corrí. Corrí como si la vida me fuera en ello, con el frío de la noche de Zúrich congelándome las mejillas y mezclándose con las lágrimas que caían sin cesar.
Llegué al parque de nuestro banco, el lugar donde tantas tardes habíamos arreglado el mundo con nuestros libros de texto. El lugar estaba desierto, envuelto en una neblina densa y fantasmal. Me senté en el banco de madera húmeda, abrazándome a mí misma para controlar el temblor de mi cuerpo, temiendo que Óscar no hubiera recibido el mensaje desesperado que le había enviado desde el teléfono del servicio antes de que me lo confiscaran.
—¡Natalia! —escuché un grito ahogado.
Me puse de pie de un salto. De entre la niebla apareció Óscar. Venía corriendo, jadeando, con su enorme sudadera gris empapada por el rocío de la noche y sus gafas completamente empañadas por el esfuerzo. Al verme, no importó su timidez habitual ni su torpeza de chico desgarbado. Cruzó la distancia que nos separaba y me envolvió en un abrazo tan fuerte que sentí que mis costillas crujían, pero fue el dolor más reconfortante del mundo. Apoyé mi rostro contra su pecho, aspirando su olor a limpio y a papel de biblioteca, y rompí a llorar con todas las fuerzas que me quedaban.
—Me mandan lejos, Óscar... —sollocé, con la voz rota por la angustia—. Mi padre se ha enterado de lo nuestro. Ha visto fotos. Me encierra en un internado en la frontera con Francia. Mañana por la mañana sale mi tren. No me van a dejar llamarte, ni escribirte, van a revisar mis cartas... Quiere domarme para la boda.
Sentí cómo el cuerpo de Óscar se tensaba por completo bajo mis brazos. Me separó un poco de él, sujetándome por los hombros. Se quitó las gafas con una mano temblorosa, se limpió los ojos con el reverso de la manga y me miró con una intensidad que me quemó el alma. Debajo de ese flequillo alborotado y detrás de su timidez, vi brotar una madurez salvaje, una fuerza que no correspondía a sus dieciocho años.
—No van a ganar, Natalia —me prometió, y su voz, aunque baja por el peligro de la noche, vibró con una firmeza inquebrantable—. Escúchame bien. Te juro por mi vida que esto no es el final de nuestra historia. Es solo un paréntesis. Quiero que vayas a ese internado y te hagas fuerte. Estúdiate todos los libros que caigan en tus manos. Hazte la mejor. Yo voy a hacer exactamente lo mismo aquí fuera.
—Tengo miedo de que me obliguen, Óscar... —susurré, tocando la llave de plata que colgaba de mi cuello.
—No lo harán, porque tú eres más fuerte que todos sus contratos juntos —me dijo, tomando mis manos entre las suyas, que eran largas y cálidas—. Trabajaré día y noche. Terminaré mis estudios, buscaré la forma de tener la capacidad económica, la influencia y la independencia necesarias para sacarte de donde te metan o para protegerte cuando salgas. Te buscaré, Natalia. Te lo juro por el cielo que nos cubre: te encontraré y te sacaré de esa jaula.
—Yo también te buscaré, Óscar —le respondí, apoyando mi frente contra la suya, sellando un pacto sagrado en mitad de la oscuridad de la noche suiza—. Ahorraré cada céntimo que caiga en mis manos. Estudiaré Derecho en la universidad, me convertiré en abogada y aprenderé a usar sus propias leyes para defenderme. Nadie me va a obligar a casarme con un extraño. Volveremos a estar juntos. Te lo prometo.
Nos miramos a los ojos una última vez, grabando nuestras facciones adolescentes en la memoria como un tesoro que tendría que durar años. Nos dimos un beso de despedida desesperado, un roce de labios húmedos por las lágrimas y la llovizna, cargado de una inocencia que nos estaban arrebatando a la fuerza, pero también de una lealtad inquebrantable.
Regresé a la mansión antes de que el amanecer delatara mi ausencia, subiendo por la hiedra con el corazón destrozado pero con el alma encendida en una furia fría. A las siete de la mañana, subí a aquel tren que me alejaba de mi hogar, de mi hermano y de mi primer amor. Mientras las vías rascaban el metal y Zúrich se desvanecía detrás de la ventanilla, apreté la llave de plata contra mi pecho. Mi padre creía que me estaba enviando a mi sumisión, pero no sabía que me estaba enviando a la guerra. Y yo pensaba ganarla.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️