Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 16. EL JUEGO DE LAS MIRADAS
El restaurante de la última planta de la torre financiera parecía suspendido en mitad de la noche. A través de sus inmensos ventanales de cristal, las luces de la gran ciudad se extendían como un manto de diamantes infinitos, un contraste absoluto con la oscuridad silenciosa de los campos del pueblo. Nos sentaron en una mesa redonda apartada, iluminada por la tenue luz de una vela central. Mi padre, Don Manuel, se acomodó en su silla inflando el pecho, mirando el menú con la suficiencia de quien cree que puede comprar el lugar entero con un solo chasquido de dedos.
A las nueve en punto, Héctor y Sofía aparecieron por el pasillo del establecimiento. Iban impecables. Héctor lucía un traje gris que le daba un aire de abogado de élite sumamente serio, aunque sus ojos claros mantenían esa chispa divertida de siempre. Pero quien de verdad me dejó sin aliento fue Sofía. Llevaba un vestido verde esmeralda de satén de un corte asimétrico precioso, combinado con unos pendientes dorados. Su cabello iba peinado con unas ondas perfectas. Al verme, sus ojos brillaron con una complicidad absoluta, pero guardó las distancias con una elegancia que me sorprendió.
—Buenas noches, Don Manuel —saludó Héctor, extendiendo la mano hacia mi padre con una seguridad aplastante—. Un absoluto placer conocerlo por fin en persona. Ismael me ha hablado muchísimo de sus viñedos y de su impecable visión para los negocios de exportación.
Mi padre sonrió, halagado en su punto más débil: su enorme ego. Le estrechó la mano con fuerza, evaluándolo.
—El placer es mío, muchacho. Ismael me ha dicho que eres un abogado de primera —respondió mi padre, desviando luego la vista hacia Sofía—. ¿Y esta hermosa señorita debe de ser tu hermana?
—Sofía, señor —se presentó ella, ofreciéndole una sonrisa perfecta de porcelana y haciendo un elegante gesto con la cabeza—. Un honor conocer al padre de mi querida Valeria. En la academia de diseño no paramos de hablar de la gran familia Manuel.
Nos sentamos a la mesa. Al principio, la cena fluyó con una precisión milimétrica. Héctor cumplió su palabra al pie de la letra: en cuanto trajeron los primeros platos, mareó a mi padre con datos económicos, hablándole de las ventajas de las corporaciones financieras de la ciudad y de cómo el cerebro de Ismael era capaz de multiplicar cualquier inversión en cuestión de meses. Mi padre, fascinado por la idea de que su futuro yerno fuera un genio del dinero que incrementaría el valor de la venta secreta de la hacienda, escuchaba con atención, asintiendo mientras bebía una copa de vino tras otra.
Sin embargo, el peligro real llegó con los postres y la tercera botella de vino. Mi padre, ya con las mejillas sutilmente enrojecidas por el alcohol, dejó caer los cubiertos sobre el plato y clavó su mirada inquisidora directamente en Sofía.
—Dime una cosa, jovencita —soltó mi padre, entornando los ojos con esa astucia de zorro que tanto me aterrorizaba—. Sé que eres la mejor amiga de mi hija aquí en la ciudad. Pasan muchas horas juntas en esa academia. Cuéntame la verdad... ¿cómo ves a Valeria en ese apartamento? En el pueblo las mujeres son hacendosas y están pendientes de sus maridos, pero aquí las veo muy independientes. ¿Ismael la atiende como es debido? ¿Es un buen esposo en la intimidad de su hogar?
El corazón me dio un vuelco violento. Debajo de la mesa, apreté con fuerza la tela de mi vestido satinado. Miré a Sofía, conteniendo la respiración, rezando para que no titubeara.
Sofía no se inmutó. Al contrario, se inclinó hacia delante sobre la mesa, entrelazó sus manos y miró a mi padre con una expresión de absoluta adoración que parecía totalmente genuina.
—¡Oh, Don Manuel, si usted supiera! —exclamó Sofía en un susurro emocionado, fingiendo una timidez encantadora—. A veces Valeria y yo estamos en el piso repasando unos patrones de costura y da hasta envidia verlos. Ismael es un caballero de los que ya no quedan. No sabe la cantidad de veces que regresa de la oficina cansado y, en lugar de sentarse a descansar, enciende velas en la cocina y le prepara a Valeria sus cenas favoritas solo para verla sonreír. Es un esposo increíblemente detallista y romántico en privado. Están tan compenetrados que a veces se comunican solo con mirarse.
Escuchar a Sofía inventarse semejante idilio con tanta naturalidad me hizo sentir un calor abrasador subiéndome por el cuello. Ismael, que estaba sentado justo a mi lado, reaccionó de inmediato para que la mentira no perdiera fuerza. Estiró su brazo por detrás de mi silla y colocó su mano firme y cálida directamente sobre mi hombro desnudo, rozando sutilmente la piel de mi espalda con sus dedos.
—Sofía exagera un poco, Don Manuel —intervino Ismael con una voz profunda, baja y sutilmente ronca, mientras me atraía con suavidad hacia su pecho—. Solo intento darle a Valeria el lugar que se merece. Ella es mi prioridad absoluta, y verla feliz en nuestro hogar es lo único que me importa.
Me giré levemente para mirarlo, quedando a escasos centímetros de su rostro. Al sostenerle la mirada en ese instante, descubrí que sus ojos oscuros no reflejaban la frialdad matemática de siempre; había una intensidad encendida, un brillo de protección tan real y profundo que me cortó la respiración por completo. Mi corazón empezó a latir con una fuerza salvaje contra mis costillas. El contacto de sus dedos cálidos sobre mi piel expuesta me provocó un escalofrío eléctrico que me recorrió la espina dorsal. En ese microsegundo, rodeados de los lujos de la torre financiera y bajo la mirada atenta de mi padre, el teatro dejó de ser un guion memorizado. Aquella cercanía se sintió peligrosamente real.
Mi padre contempló la escena. Vio la complicidad en nuestros ojos, el sutil rubor de mis mejillas y la firmeza protectora de Ismael. Una sonrisa de completa satisfacción se dibujó en su rostro autoritario, dando un sonoro golpe con la palma de la mano sobre la mesa.
—¡Ja! Me alegra escuchar eso de una tercera persona —sentenció mi padre, levantando su copa para el brindis final—. Un hombre que cuida así de su mujer es un hombre en el que se puede confiar para los grandes negocios. Veo que no me equivoqué al elegirte, Ismael. La alianza entre nuestras familias es perfecta. ¡Por el éxito de nuestro trato secreto!
Chocamos las copas con un tintineo limpio. Héctor intervino de inmediato para desviar la atención de nuevo hacia unos temas legales de la ciudad, permitiéndome soltar el aire que tenía contenido en los pulmones.
Cuando la cena terminó y nos despedimos de Héctor y Sofía en la entrada de la torre, mi padre se subió al coche oficial de la empresa para regresar al apartamento por delante de nosotros, alegando que quería descansar. Ismael y yo nos quedamos solos en el párking subterráneo, caminando hacia su vehículo en absoluto silencio. La electricidad de la cena seguía flotando en el aire entre los dos.
Al subirnos al coche, Ismael arrancó el motor pero no inició la marcha de inmediato. Apoyó las manos en el volante, suspiró profundamente y se giró para mirarme en la penumbra del habitáculo.
—Has estado magnífica, Valeria —dijo en un susurro bajo, y por primera vez noté que su respiración estaba sutilmente alterada—. Sofía y Héctor han hecho un trabajo impecable, pero la forma en que me miraste... tu padre ha quedado completamente convencido. Ya no tiene ninguna duda.
Miré mis manos satinadas sobre el regazo, sintiendo que el pulso me iba a mil por hora.
—Es que... por un momento no estaba actuando, Ismael —confesé con un hilo de voz, levantando los ojos para sostenerle la mirada en la oscuridad del coche—. La forma en que me defendiste... la seguridad que me diste frente a él... Fue muy real para mí.
Ismael tragó saliva, apretando el volante con más fuerza. Sus ojos oscuros devoraron los míos durante unos segundos interminables, llenando el espacio de una tensión íntima, confusa y magnética que amenazaba con derretir las reglas de nuestro matrimonio falso. El zorro seguía durmiendo en nuestra casa, pero las murallas que nos separaban se estaban desmoronando piedra a piedra en mitad de la gran ciudad.