Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 17: Rostro Tras las Sombras
A la mañana siguiente, Gabriel no fue a su despacho ni atendió llamadas. Se quedó en casa, con la mente puesta en una sola cosa: rastrear cada rastro. Renata lo vio recorrer la estancia con paso firme, revisando direcciones, fechas, nombres, tecleando en su portátil con dedos veloces y expresión impasible. No quiso dejarla sola, así que ella se instaló cerca, leyendo y esperando, el corazón encogido cada vez que él fruncía el ceño.
—Hay algo —dijo de pronto, señalando la pantalla con el índice rígido—. Las cartas se depositan siempre en el mismo horario, mismo sobre, misma tinta… y el matasellos coincide con un bufete de abogados muy antiguo. Que trabajó para mi familia.
Renata se levantó de un salto y se acercó a su hombro.
—¿Quién está al frente?
Gabriel se quedó mudo un instante. La mandíbula se le tensó con fuerza extrema.
—Beatriz Sterling. Mi tía. La hermana de mi padre.
El golpe cayó silencioso y pesado. Renata lo miró incrédula.
—¿Tu propia sangre? ¿Por qué te haría esto?
—Porque me culpa de la muerte de Elena —respondió él con voz plana, como si lo estuviera digiriendo por primera vez—. Dice que la familia se manchó con mi culpa. Que yo no merezco el apellido ni el imperio… y mucho menos ser feliz. Cree que al destruir mi relación te apartará de mí, y así «limpiará» mi nombre. Su forma enfermiza de penitencia ajena.
Renata tomó su mano entre las suyas, pero él la soltó suavemente y se puso de pie, abrochándose la chaqueta con movimientos secos.
—Voy a hablar con ella. Ahora mismo.
—Voy contigo —dijo Renata firme, tomando su bolso—. No dejes que enfrente ese veneno solo. Si es culpa tuya, también es asunto nuestro. ¿Recuerdas? Juntos.
Gabriel asintió, la miró con gratitud y algo más: alivio. Subieron al coche en silencio. El trayecto fue breve hacia una casa señorial en el viejo barrio de la ciudad, silenciosa y gris, rodeada de jardines descuidados que daban aspecto de haber llorado mucho tiempo.
Beatriz Sterling los recibió en el salón principal. Una mujer alta, huesuda, de mirada afilada y labios finos que nunca parecían haber sonreído. No se sorprendió al verlos. Los esperaba.
—Sabía que vendrías —dijo sin levantararse del sillón, los ojos fijos en Renata como si escrutara cada defecto—. La curiosidad siempre ha sido tu debilidad, sobrino. Y ahora ella también cae en ella.
—¿Por qué, tía? —preguntó Gabriel, con voz baja y controlada—. ¿Por qué mandar cartas anónimas? ¿Por qué herir a quien no te ha hecho nada?
Beatriz soltó una risa seca, sin alegría.
—¿Crees que puedes borrar lo que hiciste con abrazos y sonrisas? ¿Que olvidaré la noche en que Elena salió a tu encuentro y no volvió? ¡La mataste tú! No el coche, no la lluvia… tú. Y ver cómo vives feliz, como si nada hubiera pasado… me repugna. Ella merecía estar en tu lugar, no esta… mujer rota que recogiste de la calle.
Renata sintió el insulto en los huesos, pero se mantuvo erguida. Gabriel dio un paso al frente, bloqueándola con el cuerpo.
—Retíralo. Ahora.
—¿O qué? ¿Me amenazas como a tus empleados? —se burló ella, pero la mano le tembló sobre el reposabrazos—. Lo hago por tu bien. Para que recuerdes quién eres. Lo que debes.
—Recuerdo perfectamente quién soy —cortó Gabriel con rotundidad—. Soy el hombre que aprendió a vivir en lugar de morir de culpa. Elena merece ser recordada con amor, no convertida en arma contra mí. Y Renata —se giró hacia ella un instante, con una mirada que la elevó hasta las nubes— es la mujer que me enseñó que merezco ser feliz. Que merezco perdonarme. Y si eso te duele… no es mi problema. Es el tuyo.
Beatriz palideció, la boca entreabierta, sin hallar respuesta. Renata dio un paso hacia ella, suave pero firme.
—Lamento tu pérdida. De verdad. Pero el dolor no te da derecho a destrozar a otros. Gabriel sufrió. Sufrió años en silencio. ¿Es eso poco castigo? ¿Prefieres verlo muerto en vida antes que amado y libre? Elige, Beatriz: ¿lo quieres vivo o lo quieres penitente?
El silencio se instaló de nuevo, más pesado aún. Beatriz miró a Gabriel, a esa altura que había perdido hacía mucho tiempo, y algo se quebró en su rostro. Los hombros cayeron, la dureza se desvaneció revelando a una mujer sola y envejecida por el rencor.
—Nadie me lo había puesto así… —susurró con voz quebrada—. Nadie…
Gabriel se acercó a ella y, con una gentileza que Renata jamás le habría atribuido, le tomó una mano entre las suyas.
—Ven a vernos. Cuando estés lista. Sin cartas, sin amenazas. Solo tú, yo… y ella. Para conocernos de verdad. Y si no quieres, lo respeto. Pero deja de perseguirnos. Déjanos vivir.
Beatriz asintió lentamente, sin mirarlos ya. Daba por terminada la conversación. Salieron de la casa sin prisa, sin mirar atrás. Al llegar al coche, Gabriel se recostó contra el asiento y soltó todo el aire contenido.
—Se acabó —dijo cerrando los ojos—. El pasado ya no nos persigue.
Renata tomó su rostro entre las manos y lo besó suavemente en la frente.
—Se acabó. Ahora somos nosotros. Y el futuro. Solo eso.
Gabriel abrió los ojos y la miró, limpio por fin de culpa.
—Solo nosotros. Para siempre.