Un trágico accidente dejó al multimillonario Alexei Von Krahn en silla de ruedas, arrebatando su autonomía y rodeado por la traición de quienes dijeron amarlo. Consumido por el rencor y ante la delicada salud de su madre, cuyo último deseo es verlo acompañado, Alexei decide buscar una esposa por contrato.
Por su parte, Emilia San Martín enfrenta una situación desesperada: la grave condición de su madre y la imposibilidad de saldar las deudas, la llevan al límite. Para salvar a su única familia, acepta casarse durante un año con un desconocido amargado a cambio de una suma millonaria y el traslado inmediato de su madre a una clínica privada.
Sin embargo, lo que comenzó como un acuerdo frío se transforma en un torbellino de sentimientos encontrados.
Atrapado por un profundo complejo de inferioridad y el miedo a la dependencia, Alexei oculta su amor y monta una despiadada farsa para distanciar a Emilia de su vida, ignorando que la verdadera amenaza aun acecha entre las sombras.
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Capitulo 12
Emilia
Dos semanas despues
La noche había caído sobre la mansión Von Krahn con un silencio denso y sofocante, solo interrumpido por el viento contra los ventanales del primer piso. Me encontraba sentada en mí cama, mi mente volvía una y otra vez a la silueta de Alexei, al cansancio en sus ojos oscuros y a esa barrera invisible que siempre construía para mantener al mundo a distancia
Desde que me había mudado a esta enorme propiedad bajo los términos de un contrato legal, me había acostumbrado a recibir respuestas cortantes, miradas heladas y un distanciamiento riguroso. Sin embargo, en los últimos días había comenzado a notar grietas invisibles en su coraza. Ya no me miraba con la misma desconfianza, a veces, atrapaba su mirada fija en mí desde el fondo del pasillo o en el comedor, desprendiendo una calidez tan tenue como desconcertante.
Un sonido fuerte proveniente del pasillo rompió mis pensamientos. Me puse de pie de inmediato, ajustando la bata de seda sobre mi pijama. Abrí la puerta de mi cuarto con cautela y me asomé al corredor. Caminé lento para ver qué ocurría, la puerta del estudio de Alexei estaba completamente abierta.
Avancé con pasos silenciosos hasta detenerme junto al marco de la puerta
Alexei estaba de espaldas a la entrada, frente al ventanal de la galería. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y los hombros tensos. Un tazón de porcelana yacía roto en el suelo, y el líquido humeante se derramaba cerca de la manta de lana que cubría sus piernas. Intentaba inclinar el torso hacia adelante para recoger los pedazos de cerámica, pero la rigidez muscular le impedía alcanzar el suelo sin arriesgarse a perder el equilibrio y caer de la silla
— No te muevas, por favor — dije con suavidad, irrumpiendo en la habitación para evitar que se lastimara
Alexei se sobresaltó ligeramente, girando el rostro hacia mí de golpe. Por un segundo, esperé la habitual respuesta áspera o el rechazo tajante con el que solía apartar a cualquier miembro del servicio cuando intentaba ayudarlo. Pero en lugar de enojo, vi en sus ojos un agotamiento profundo y una vulnerabilidad estremecedora que me cortó el aliento
— Emilia... — murmuró su voz, más grave y rasposa de lo normal — No... no tenías que levantarte. Fue solo un descuido
— No pasa nada, déjame ayudarte — respondí en un susurro, arrodillándome a su lado sin dudarlo
Tomé un pañuelo de mi bolsillo y comencé a juntar los fragmentos de porcelana rota con extrema precaución para no cortarme. Sentía la mirada intensa de Alexei quemando sobre mi nuca. Su respiración era pausada, acompasada, y la presencia imponente que siempre proyectaba parecía haberse ablandado de forma milagrosa en la intimidad de la madrugada
Cuando terminé de limpiar los restos del tazón y me puse de pie, noté que la manta de lana se le había resbalado por completo de las rodillas, dejando sus piernas expuestas al frío de la noche. Me acerqué con cuidado, tomé la manta del suelo, la sacudí suavemente y volví a cubrirlo con delicadeza, acomodándola alrededor de sus muslos
Antes de que pudiera dar un paso hacia atrás para retirarme, la mano de Alexei se movió con rapidez y me sujetó la muñeca
El contacto fue tan inesperado que mi corazón dio un vuelco violento en mi pecho. Su palma estaba tibia, firme, pero el agarre no tenía intención de hacerme daño ni de retenerme por la fuerza. Era una caricia contenida, una petición muda que pedía presencia
Alcé la vista y me encontré directamente con sus ojos oscuros. Por primera vez desde que lo había conocido, la distancia y la frialdad se habían evaporado por completo. Había una ternura pura en su rostro, una devoción naciente que ablandaba la rigidez de sus facciones y le devolvía a sus labios una curva suave, casi doliente
— Quédate un momento... por favor — pidió Alexei en un murmullo bajo, apretando apenas un poco más mis dedos
— ¿Te sientes mal, Alexei? ¿Necesitas que llame al médico o a Tomás? — pregunté con sincera preocupación, sintiendo cómo un rubor cálido subía por mi cuello ante la cercanía de su rostro
Alexei negó con la cabeza lentamente, sin soltar mi mano. Con la otra mano, accionó las ruedas de su silla para acercarse un poco más a mí, acortando la distancia entre los dos hasta que pude percibir el aroma de su perfume fundido con el té
— No necesito a nadie más, Emilia — dijo, y el tono de su voz me estremeció el alma — En esta casa... en esta vida llena de falsedades, tú eres la única presencia real. La única persona que no me mira con avaricia ni con lástima
Mi respiración se detuvo. Busqué cualquier rastro de sarcasmo o manipulación en sus palabras, pero solo encontré una honestidad desarmante. El hombre que todos describían como un tirano inaccesible, el multimillonario de hielo que firmaba acuerdos millonarios sin pestañear, me observaba como si yo fuera la única luz en medio de su oscuridad
— Alexei... yo acepté cuidar de ti y de Beatriz por el contrato, pero... — intenté articular, sintiendo que mis propias defensas comenzaban a desmoronarse por completo
— Sé cómo empezó todo — interrumpió él, elevando la mano que sujetaba la mía hasta posicionarla sobre su rodilla, permitiendo que sintiera la firmeza de su gesto — Sé que las circunstancias te obligaron a aceptar este arreglo. Pero cada día que pasa me doy cuenta de que tenerte aquí no es una obligación, es lo único que mantiene a flote lo que queda de mi humanidad
El aire en el estudio se volvió denso, magnético. Alexei alzó la mano libre y, con la yema de sus dedos, acarició mi mejilla con una suavidad casi irreconocible para un hombre de su porte. Su piel contra la mía provocó una corriente de electricidad que me recorrió la espina dorsal. Sentí cómo mis párpados pesaban y cómo, por instinto, me inclinaba levemente hacia su toque
Él me estaba mirando de una forma completamente nueva, no como a una aliada temporal ni como a una desconocida, sino como a la mujer que había comenzado a adueñarse de sus pensamientos y de su corazón de manera inevitable. Se estaba enamorando de mí. Podía sentirlo en el calor de su palma, en la respiración agitada que se escapaba de sus labios y en la vulnerabilidad con la que se entregaba a este instante sin importar su orgullo ni su posición
Y yo, atrapada en esa mirada profunda y sincera, comprendí con un susto delicioso en el pecho que mis propios sentimientos habían comenzado a cambiar de forma irrevocable
— Deberías descansar — susurré, aunque mi voz carecía por completo de la fuerza para marcharme
— Solo si te quedas unos minutos más a mi lado — contestó Alexei, dibujando una leve y hermosa sonrisa que transformó por completo su rostro cansado — La noche es menos helada cuando estás cerca, Emilia
Me quedé. Acomodé una pequeña silla de madera justo al lado de la suya y mantuve mi mano unida a la suya mientras el reloj del escritorio marcaba el avance de las horas. Alexei no volvió a mencionar la empresa, ni los problemas con la junta directiva, ni las amarguras que pesaban sobre su hombro. En lugar de eso, habló con voz baja y cálida sobre su infancia, sobre la residencia de su madre cuando los jardines florecían en primavera y sobre pequeños detalles que jamás le había revelado a nadie
A medida que avanzaba la madrugada, vi cómo sus ojos comenzaban a cerrarse lentamente bajo el efecto del cansancio. Su agarre en mi mano se volvió relajado, pero no se soltó. Al verlo dormir así, con el rostro en paz y las facciones desprovistas del peso del mundo, me acerqué suavemente y deposité un beso sutil sobre su frente
— Buenas noches, Alexei — murmure al oído
Por ahora, en el silencio de esa noche en el estudio, solo existíamos el calor de nuestras manos unidas, la promesa silenciosa de una devoción compartida y el despertar de un amor profundo que comenzaba a ablandar definitivamente el hielo alrededor de su corazón.