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Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Hombre lobo / Amor a primera vista / Ascenso de clase social / Amante arrepentido
Popularitas:33.8k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Cap 6: El Funeral Bajo Las Estrellas

—El salón principal está listo. —Sofía ajustó el último pliegue del vestido blanco de luto sobre los hombros de Val—. Don Ricardo dio la orden de que se hiciera con todos los honores, a pesar de todo.

—A pesar de todo. —Val repitió las palabras sin ironía, aunque las sentía como piedras en la boca—. Qué generoso de su parte, honrar a la abuela de la Luna que su hijo rechazó.

—Val...

—Estoy lista.

No lo estaba. Nadie está preparado para el funeral de la persona que más lo quiso en el mundo, pero Val había aprendido a mantenerse de pie aunque estuviera rota por dentro.

Caminó hacia el salón principal de Hacienda Ríos con la espalda recta y el colgante de piedra lunar escondido bajo el cuello alto del vestido. Afuera había caído la noche, y las estrellas se alzaban sobre los jardines con una claridad fría que Val encontró casi insultante. El mundo seguía brillando. El mundo seguía adelante, indiferente a que Abuela Elena ya no estuviera en él.

El salón olía a cera derretida, a flores blancas cortadas esa misma mañana, y debajo de todo eso, apenas perceptible, al aroma dulzón y falso de los perfumes que la manada Ríos usaba para las ocasiones importantes. Val detectó el suyo entre todos: gardenia con un fondo ácido, como fruta a punto de pudrirse.

Doña Milagros ya estaba ahí, vestida de negro riguroso, con un pañuelo bordado que se llevaba a los ojos con una regularidad casi coreografiada.

Val no le dirigió la palabra. Caminó directo hacia el retrato de Abuela Elena que habían colocado sobre el altar improvisado, entre velas y flores que no eran las que a su abuela le habrían gustado, y se quedó ahí, de pie, sola, con las manos entrelazadas frente a ella.

Los miembros de la manada Ríos empezaron a llegar poco después. Algunos se acercaban a presentar sus respetos con una cortesía fría. La mayoría apenas la miraba. Otros sí la miraban, curiosos, incluso satisfechos de verla sufrir.

Nadie la abrazó. Nadie le tomó la mano, salvo Sofía, que se mantuvo a un paso detrás de ella durante toda la ceremonia, silenciosa y firme como una sombra leal.

Sebastián se acercó cerca de la medianoche.

Val lo sintió antes de verlo: el rastro de acónito que siempre lo acompañaba. También notó su nerviosismo en el paso lento y calculado.

—Valentina. —Se detuvo a su lado, frente al altar—. Lamento profundamente lo de tu abuela. Si hay algo que la manada Ríos pueda hacer...

Val giró la cabeza y lo miró.

No dijo una sola palabra.

No hacía falta. Sebastián sintió el peso de esa mirada como una mano fría cerrándose sobre su nuca. Retrocedió medio paso, sin darse cuenta de que lo hacía, y por un instante algo cruzó su rostro que se parecía mucho al miedo, aunque Val ya no tenía marca activa, ya no tenía enlace, ya no tenía ningún poder que un Alfa pudiera temer.

Y aun así, retrocedió.

Val volvió a mirar el retrato de su abuela sin decir nada más. Sebastián se quedó un momento, abrió la boca para insistir y finalmente se alejó hacia donde su padre conversaba con un grupo de delegados de otras manadas.

—¿Viste eso? —susurró Sofía, casi sin mover los labios.

—Lo vi.

—¿Qué le dijiste?

—Nada. —Val no apartó la vista del retrato—. A veces el silencio dice más que cualquier amenaza.

---

Doña Milagros se acercó al altar poco después, con el pañuelo otra vez en la mano, y ofreció un pequeño discurso ante los presentes sobre la gran mujer que había sido Elena Solís, sobre el dolor irreparable de perder a un ser querido, sobre lo mucho que la manada Ríos lamentaba la pérdida.

Val la escuchó entera sin mover un solo músculo del rostro.

Cada palabra de Doña Milagros estaba preparada. Cada pausa, cada quiebre fingido en la voz, cada gesto del pañuelo contra los ojos secos era para el público que la observaba.

Y sabía, con una certeza que le quemaba tanto como cualquier marca rota, que las manos que sostenían ese pañuelo eran las mismas que habían pagado para que la noticia más cruel posible llegara hasta Hacienda Solís.

Cuando Doña Milagros terminó su discurso, buscó la mirada de Val entre el público, como esperando alguna reacción, algún gesto de gratitud o de quiebre.

Val le sostuvo la mirada sin parpadear.

Doña Milagros fue la primera en apartar los ojos.

---

Un murmullo recorrió el salón poco antes de la una de la madrugada. Empezó en la puerta, donde un mensajero llegó sin aliento y habló primero con Don Ricardo, después con dos delegados que se pusieron pálidos casi de inmediato, y de ahí la noticia se extendió por el salón como agua derramada sobre una mesa: corriendo, encontrando cada grieta, llegando a cada rincón antes de que nadie pudiera contenerla.

—¿Escuchaste? —Sofía se inclinó hacia Val, con los ojos muy abiertos—. Dicen que...

—¿Qué?

—Que el Rey Alfa viene en persona. Damián Montero. Viene hacia acá, ahora mismo, para presentar sus condolencias.

Val se quedó inmóvil.

A su alrededor, el salón entero pareció contener la respiración. El Rey Alfa, la autoridad suprema sobre todas las manadas del reino, venía a Hacienda Ríos. A un funeral. Al funeral de la abuela de una Luna rechazada.

Nadie en el salón podía recordar un antecedente para algo así.

Val vio a Doña Milagros perder el color del rostro, con el pañuelo olvidado a medio camino entre la mano y los ojos. Sebastián se acomodó el cuello de la camisa y miró hacia la puerta, nervioso.

—¿Por qué? —susurró Sofía—. ¿Por qué vendría el Rey Alfa hasta acá, por esto?

Val no tenía respuesta. Pero en su pecho, justo debajo del colgante de piedra lunar que cubría lo que quedaba de la marca rota, su loba interior había dejado de estar quieta.

Sintió la misma pulsación tibia que había sentido al tocar la flor de luna silvestre en su ventana.

No entendía por qué. No entendía qué tenía que ver el Rey Alfa con una flor dejada en secreto, con un lobo negro de ojos dorados observándola desde una colina.

No tuvo tiempo de pensarlo más.

Unos pasos resonaron en el corredor de piedra que llevaba al salón principal. Pasos lentos, deliberados, cada uno cayendo con un peso que no parecía del todo humano.

Val sintió que el aire mismo del salón cambiaba.

El aura de Damián llenó el salón. Todos los licántropos sintieron el impulso de inclinarse y bajar la cabeza. Val había sentido el aura de Sebastián muchas veces; esto no se parecía en nada. La presencia del Rey Alfa era mucho más fuerte.

La multitud se apartó sola, sin que nadie diera la orden, abriendo un pasillo desde la entrada del salón hasta el altar donde descansaba el retrato de Abuela Elena.

Val giró la cabeza hacia la puerta.

Una figura alta se recortaba contra la luz de las estrellas que entraba desde el patio, con el cabello oscuro y un abrigo negro que parecía absorber la poca claridad de las velas a su alrededor.

Cuando dio el primer paso hacia el interior del salón, la luz de la luna que entraba por los ventanales altos le cruzó el rostro por un instante.

Sus ojos eran de un dorado profundo.

Los mismos ojos que Val había visto brillar en la colina, dos noches antes, bajo un cielo casi sin luna.

1
Marleys Sofia Cervantes
Excelente
Marleys Sofia Cervantes
Excelente
Marleys Sofia Cervantes
Menos mal porque esto está fuera de control
Sofia Carruso
Así se pone la novela sin emoción
Sofia Carruso
Cuando pensé que ya iba ser feliz
se jodió esto
Marleys Sofia Cervantes
Doña Carmen es un espectáculo acido🤣🤣🤣🤣
Marleys Sofia Cervantes
Doña Carmen no se da por vencida 🤭🤭🤭
Marleys Sofia Cervantes
🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
por fin ya era hora
Patricia vanesa Prados
espectacular doña Carmen caerá por su propio peso espero más capitulo autora está q me como las uñas
Celmira Sucerquia
ay está novela me encanta
Patricia
yo aquí atrapada, que buena novela, antes no me gustaba este tipo de novelas de alfas, ahora me encantan
Marleys Sofia Cervantes
Muchos misterios 👏
Margarita Maria Tordecilla Villalba
se está poniendo poco cansona
Marleys Sofia Cervantes
Y en qué momento perdió los hijos si ellos no compartían ni recamara 🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Hector Spagnuolo
esta historia es igual a soñe con mi alfa pero el marco a otra
Marleys Sofia Cervantes
Pero porque dice que el padre no va entender, si fue el padre quien le dijo que Damián sacrificó tres años por ella y Val es un tira y escoje uff pacho
Marleys Sofia Cervantes
Dsmian hace tanto por ella y ella no hace nada por el
Marleys Sofia Cervantes
Carmen no aprende
Marleys Sofia Cervantes
Damian y Val amores
Sofia Carruso
Ni terminan un problema y le viene otro encima
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