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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: Cumpleaños roto

—¡Bruno! —Yolanda se levantó a medias de la silla, con la cara descompuesta del susto—. Dijiste que ibas a esperar afuera, en el carro, dijiste que no ibas a entrar, que…

Así que era eso. Camila lo entendió todo de un golpe, como quien recibe agua helada. No había autolavado. No había madre que solo quisiera un abrazo. Todo —la llamada dulce, el viaje, el cumpleaños— había sido el señuelo para traer a Bruno hasta ella. La habían montado como una trampa, y ella, tonta, había puesto la carnada con su propio pastel barato.

—¿Cuánto debes ahora? —preguntó Camila, muy quieta, sin levantarse de la silla.

—Nada grave, hermanita, nada grave. —Bruno se acercó, sudando, con los ojos yendo de ella a la puerta—. Una bronca chica. Unos cuates. Si les doy algo esta noche me dejan en paz, te lo juro. Tú tienes, ¿verdad? Trabajas en un lugar fino, algo has de tener guardado. Préstame y te lo pago, te lo juro por Diosito.

—No tengo. Te mando todo lo que gano. A ti. Lo poco que me queda es para comer.

—¡No me mientas! —La sonrisa de Bruno se torció en mueca—. ¡Siempre dices lo mismo y siempre sacas de dónde!

—¿De dónde, Bruno? —Camila se puso de pie, y por primera vez en su vida le habló a su hermano de frente, sin bajar la voz—. Dime de dónde. Cargo charolas hasta las tres de la mañana. Reparto volantes disfrazada los sábados. Estudio entre turno y turno. Y todo, todo lo que junto, se te va a ti en una mesa de juego en una noche. Llevo cinco años sangrándome por ti. ¿Y todavía vienes a pegarme el día de mi cumpleaños porque no tengo más sangre que darte?

—¡Ay, ya! ¡No te hagas la mártir! —Bruno manoteó en el aire—. ¡Tú te fuiste a la ciudad y nos dejaste! ¡Yo me quedé cuidando a mi mamá!

—Tú te quedaste apostando la casa —dijo Camila, y le tembló la voz de puro coraje viejo—. Vete. No tengo nada para ti. Nunca voy a tener suficiente para ti. Aunque me sangre entera. Vete.

Manoteó sobre la mesa. El pastel de vainilla, con su "Feliz cumpleños" y su velita apagada, salió volando y se estrelló contra el piso de la fonda, deshecho, la crema embarrada en el mosaico sucio.

Camila se quedó mirando el pastel roto en el suelo. Diecinueve años. El único cumpleaños que se había permitido en cinco años, tirado en el piso de una fonda.

Algo se le rompió por dentro, sin ruido.

—¡Malagradecida! —Bruno alzó la mano y le soltó una cachetada que le volteó la cara.

El golpe sonó en toda la fonda. A Camila el labio se le abrió contra los dientes; sintió el sabor a hierro llenarle la boca. Su madre chilló, pero —y esto fue lo que de verdad la partió— su madre chilló hacia Bruno, agarrándolo del brazo no para defenderla a ella, sino para que su hijo no se metiera en más líos.

—¡Ya, Bruno, ya! ¡Te van a meter al bote! ¡Cálmate!

El dueño de la fonda salió de la cocina con un cucharón en la mano, y dos comensales se levantaron de sus mesas.

—¡Ey, ey! ¡Aquí no! —El dueño se metió en medio, empujando a Bruno—. ¡Órale, para afuera, o llamo a la patrulla!

Se armó el forcejeo. Zarandearon a Bruno hacia la puerta; él seguía gritando que le prestaran, que era su hermana, que la sangre se ayuda. Yolanda lloraba y lo jalaba y no soltaba una sola palabra para Camila. Ni una. Ni siquiera la miró.

"La sangre se ayuda." Camila había oído esa frase toda su vida, siempre en una sola dirección: de ella hacia ellos. Nunca de ellos hacia ella. La sangre se ayuda cuando Bruno debe. La sangre se ayuda cuando mamá necesita. Pero cuando era Camila la que sangraba —literalmente, ahora, con el labio abierto—, la sangre miraba para otro lado y le pedía que entendiera.

Los otros comensales murmuraban, algunos indignados, una señora se persignó. El dueño terminó de sacar a Bruno a empujones a la calle; Yolanda salió detrás, colgada del brazo de su hijo, sin voltear.

—Mamá —dijo Camila, en medio del alboroto, buscando los ojos de su madre por última vez—. Mamá, dile algo. Es mi cumpleaños. Me pegó. Dile algo.

Yolanda la miró un segundo. Abrió la boca. Y lo que salió fue:

—Es que si le hubieras prestado, mija, no se habría puesto así…

Y ahí, exactamente ahí, algo dentro de Camila terminó de romperse, en silencio, sin ruido, como se rompe un hueso viejo que llevaba mucho tiempo cargando de más. Su madre, entre su hija golpeada y su hijo golpeador, había vuelto a escoger. Como siempre. Como siempre.

Camila se agachó, en medio del alboroto, y empezó a juntar los pedazos del pastel con las manos. No sabía por qué. Los juntó como pudo, la crema pegándosele en los dedos, la vela partida, las letras deshechas, y los volvió a meter en la caja de cartón aplastada, como si pudiera rearmarlos, como si algo pudiera rearmarse. El dueño de la fonda le tendió una servilleta para el labio; ella la tomó sin verlo, con un "gracias" automático.

Se levantó, con la caja contra el pecho, el labio sangrando, y salió de la fonda sin decir adiós. Nadie la detuvo. Su madre seguía con Bruno.

Afuera había empezado a llover.

Camila se detuvo un segundo en la banqueta, con la caja del pastel deshecho contra el pecho, y miró hacia atrás, hacia la fonda iluminada donde su madre seguía consolando a su hermano. Esperó, tonta, un instante: esperó que su madre saliera corriendo tras ella, que le dijera "espérame, mija, perdóname". La puerta de la fonda no se abrió.

No una llovizna: un aguacero de esos que caen de repente en Ciudad Bravo, tibio y furioso. En segundos Camila estaba empapada, el pelo pegado a la cara, la caja del pastel ablandándose entre sus manos hasta deshacerse. Caminó las cuadras hasta su edificio con la lluvia mezclándosele con lo que le salía de los ojos, sin distinguir ya una cosa de la otra.

Se acordó, caminando, de la corona de papel de los catorce años. De su padre partiendo el pastel. De cuando ser familia todavía significaba algo. ¿En qué momento se había convertido su sangre en esto: en gente que la citaba con cariño para poder golpearla mejor? La lluvia le caía en la cara y ella la dejaba caer, porque debajo de la lluvia nadie sabe quién llora.

Llegó al portal, chorreando, temblando. Metió la mano al bolsillo del pantalón por las llaves.

No estaban.

Buscó en el otro bolsillo. En la mochila. En el abrigo. Nada. Las había perdido en el forcejeo de la fonda, o en la calle, o quién sabe dónde. Se quedó parada bajo el chorro del alero, empapada hasta los huesos, con una caja de pastel deshecho en las manos, el labio partido, y sin manera de entrar a su propia casa.

Diecinueve años.

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