holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️
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Capítulo 14 – Compartir el Silencio
[Punto de vista: Roma]
Los días siguientes a la fiesta pasan como si alguien hubiese dejado abierta una ventana al calor humano. Lucas aparece por el refugio cada tanto, siempre con una sonrisa más cómoda, menos de visita. A veces trae medialunas, otras simplemente se sienta en la barra a mirar cómo todos trabajan, como si necesitara ese sonido de fondo para no perderse en sus pensamientos.
Una tarde, Roma lo ve dibujando algo en una libreta. Se le acerca sin decir nada y apoya el mentón en el hombro de Lucas.
—¿Eso es un diseño nuevo?
Lucas asiente, y le muestra sin hablar. Es un lobo con flores que brotan de la piel como si fueran cicatrices florecidas.
—Sos un poeta —dice Roma, con una sonrisa suave—. Hasta cuando dibujás, hablás de heridas.
Lucas ríe bajito, y luego cierra la libreta. Se hace un silencio que no incomoda. El aire del refugio vibra con música suave, vasos que chocan, risas lejanas. Pero entre ellos, todo se siente quieto.
—¿Sabés que me encanta este lugar? —dice al rato—. No el refugio, digo… este espacio. Esta gente. Ustedes. Me hacen bien. Me dan algo que no tengo cuando vuelvo a casa.
—¿Vivís lejos? —pregunta Roma, curioso.
—No tanto, pero sí… solo. Mi departamento es lindo, espacioso, incluso con balcón. Pero… no me gusta estar solo. Me hace ruido el silencio.
Roma lo observa. Hay una honestidad tan llana en lo que dice que le dan ganas de abrazarlo.
—¿Y si no estuvieras solo?
Lucas frunce el ceño, como si no entendiera. Roma se sienta a su lado y le da un codazo suave.
—Digo… no sé. Capaz te sirve un compañero de piso. Capaz alguien que también odia el silencio. Alguien como yo, que se la pasa trabajando, que limpia, que cocina y que puede pagar su parte.
Lucas se queda en silencio un momento. Lo mira, sorprendido pero sin rechazo.
—¿Estás hablando en serio?
—Claro. Si te parece. O al menos lo pensás. Puedo pasarme un par de días allá para ver si nos aguantamos. O vos venís al mío. Como quieras.
Lucas sonríe, y es esa sonrisa que aparece solo cuando uno se siente querido.
—Me parece… que puede ser una gran idea.
[Punto de vista: Sofía]
Desde otra parte de la barra, Sofía los ve y sonríe. Le gusta cómo Roma se transforma cuando siente que alguien necesita algo. Le gusta aún más que ahora parezca hacerlo sin esperar nada a cambio.
—Omar te va a cambiar la vida, flaco —murmura para sí misma mientras revuelve un mojito—. Te va a llenar la casa de caos, pero también de risa.
[Punto de vista: Roma]
Horas después, cuando ya casi no queda nadie en el refugio, Roma y Lucas se quedan solos cerrando. La ciudad se apaga de a poco del otro lado del vidrio, mientras adentro la música suena bajito y el aire huele a cerveza tibia y pan de ajo. El silencio se vuelve íntimo, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese rincón.
—Che, ¿tenés esa libreta tuya? —pregunta Roma de pronto, mientras guarda algunos vasos.
—¿Cuál? ¿La de los diseños? Siempre la tengo.
Lucas la saca de la mochila y la pone sobre la barra. Roma la abre con cuidado, hojeando entre dibujos oscuros, trazos suaves, símbolos, letras, heridas.
—Quiero que me hagas uno.
—¿Uno? ¿Un dibujo?
—Sí, pero… para tatuármelo.
Lucas se lo queda mirando, como si no entendiera la magnitud del pedido.
—¿En serio?
—Sí. Lo que sea. Lo que te salga. No me lo muestres antes. Solo… lo que vos veas en mí o sientas cuando me veas. No sé. Lo que creas que tiene que quedarse en mi piel. Tan solo hace tu arte.
Lucas traga saliva. No responde de inmediato.
—¿Y si no te gusta?
—Me va a gustar. No importa cómo sea. Me importa de dónde venga.
Lucas baja la mirada y asiente, tocando la tapa de su cuaderno como si fuera algo sagrado.
—Está bien. Te lo voy a hacer. Pero necesitás confiar.
Roma sonríe y se acerca. Le da un pequeño golpe en el brazo.
—Ya estoy confiando.
[Punto de vista: Lucas]
Esa noche, cuando llega a casa, abre la libreta y se queda mirándola durante varios minutos. El silencio de su departamento ya no le pesa tanto: ahora está lleno de la imagen de Roma apoyado en su hombro, de su voz diciendo “Ya estoy confiando”.
Luego, en una hoja nueva, traza líneas suaves, sin pensar demasiado. Lo deja fluir. Una silueta de espaldas, con ramas que le crecen desde los omóplatos y enredan palabras sueltas, como si estuviera echando raíces en su propia historia.
En el centro de la espalda, una llama pequeña, encerrada en un cristal. No es fuego destructivo. Es calor.
Lucas lo mira terminado y siente una vibración en el pecho.
—Este sos vos, Roma. Aunque no lo sepas todavía.