Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
El silencio que había colmado la habitación se transformó poco a poco en una atmósfera más cálida. Una leve sonrisa aún se dibujaba en la comisura de los labios de Sebastián. Valeria, por su parte, se sentía aliviada al comprobar que su pregunta ingenua no había ofendido a su esposo.
Durante unos instantes, ambos volvieron a quedarse callados. Pero esta vez, el silencio ya no resultaba incómodo.
Sebastián se levantó del sofá. Caminó hacia la mesita junto a la cama y abrió el cajón superior.
Valeria lo observó con curiosidad.
El hombre sacó un sobre blanco bastante abultado. Tras sentarse de nuevo frente a Valeria, extrajo una tarjeta bancaria negra con el logo de un banco nacional. Se la tendió.
—Esto es para ti.
Valeria parpadeó, confundida.
—¿Qué es?
—En esa cuenta está el dinero de tu dote. Un millón de dólares.
Los ojos de Valeria se abrieron de par en par.
—¿Qué?
Sus manos, que descansaban sobre el regazo, se alzaron lentamente para recibir la tarjeta. La giró varias veces entre los dedos.
—¿Esta es mi dote?
Sebastián asintió.
—Sí.
Valeria frunció el ceño.
—Pero... ¿no había un cuadro grande con dinero durante la ceremonia?
—Eso era solo una réplica.
—¿Una réplica?
—Sí. —Sebastián esbozó una sonrisa tenue al ver la expresión inocente de su esposa—. Era únicamente un símbolo de la entrega de la dote.
Valeria seguía sin comprender del todo.
—¿Entonces el dinero real...?
—Está en esta cuenta. —Sebastián señaló la tarjeta que Valeria sostenía—. ¿De verdad creías que un millón de dólares cabía en un cuadro?
—Tiene razón.
Valeria bajó la cabeza, avergonzada. Recién entonces cayó en cuenta de lo ingenua que había sido su pregunta. En su mente, un millón de dólares era una cifra difícil de concebir.
Volvió a contemplar la tarjeta. Aquel objeto pequeño y ordinario en apariencia guardaba un valor que superaba con creces todo lo que ella había poseído en su vida entera.
Con sumo cuidado, la sujetó con ambas manos, como si temiera que desapareciera de un momento a otro.
Sebastián observó el gesto de su esposa y la comisura de sus labios volvió a elevarse.
—Además, cada mes te enviaré una asignación a esa misma cuenta.
Valeria levantó la cabeza.
—¿Para mí?
—Sí.
—Pero...
—A partir de ahora eres mi esposa. Quiero que no te falte nada. —El tono de Sebastián se mantuvo llano, pero firme—. Solo espero que administres ese dinero con prudencia.
Valeria asintió despacio.
—Sí, señor Sebastián.
Unos segundos después, una sonrisa pequeña afloró en su rostro. La tensión que le había contraído las facciones se disolvió de golpe, reemplazada por un destello de alegría.
Al notar el cambio, Sebastián arqueó una ceja.
—¿Qué pasa?
Valeria apretó la tarjeta un poco más entre sus dedos. Sonrió con timidez.
—Es que así mi tío y mi tía no podrán quitarme el dinero de la dote.
La frase borró la sonrisa de Sebastián. Su expresión se tornó seria.
—¿Qué quieres decir?
Valeria, al darse cuenta de lo que había dicho, se cubrió la boca de manera instintiva. El rostro se le paralizó.
—Eh, es que...
Sebastián la miró fijamente. Sus ojos adquirieron un filo cortante.
—Valeria. Explícame. —Su voz fue baja, pero precisamente por eso resultaba más apremiante.
Valeria agachó la cabeza. Sus dedos se entrelazaron con fuerza. En realidad, no quería exponer las miserias de su propia familia, y menos la noche de bodas. Sin embargo, la mirada de Sebastián le hizo comprender que él no iba a detenerse hasta conocer la verdad.
—Perdón, no era mi intención ocultarle nada —murmuró Valeria. Tomó aire antes de empezar a relatar.
—Cuando mi tío y mi tía se reunieron con Don Alejandro para acordar mi matrimonio con usted, pidieron un millón de dólares de dote —dijo con la voz temblorosa.
Las cejas de Sebastián se juntaron de inmediato.
—Dijeron que ese dinero era para compensar los gastos de haberme criado desde pequeña.
Un silencio repentino se apoderó de la habitación. Valeria continuó con la cabeza cada vez más hundida.
—Yo me negué. No podían aprovecharse de este matrimonio para sacar dinero. También les recordé que los gastos de mi manutención nunca habían sido tan altos como ellos afirmaban.
Valeria esbozó una sonrisa amarga. Las lágrimas comenzaron a acumularse en el borde de sus ojos.
—No quería que este matrimonio se convirtiera en un negocio.
Sebastián permaneció en silencio. No apartó la mirada de ella.
—Antes de aceptar la propuesta, incluso le pedí a Don Alejandro que lo pensara una vez más —prosiguió Valeria.
La sorpresa asomó en el rostro de Sebastián.
—¿Le dijiste eso?
Valeria asintió.
—Le dije que, si mi familia los decepcionaba a usted o a la familia de Don Alejandro, era mejor cancelar la boda.
—¿Y qué respondió el abuelo?
Una sonrisa breve cruzó el rostro de Valeria al recordar las palabras del anciano.
—Don Alejandro dijo: "Si eres capaz de hablar así, no me equivoqué al elegirte como esposa para mi nieto. Confío en que siempre estarás al lado de Sebastián."
El silencio regresó a la habitación. Sebastián contempló a Valeria durante un largo momento. Buscó algún rastro de mentira en aquel rostro; solo encontró honestidad.
Los ojos de Valeria eran transparentes. No había en ellos codicia ni falsedad, apenas la culpa de quien se ve obligada a exponer lo peor de los suyos.
Poco a poco, la mandíbula de Sebastián, antes tensa, se relajó. Su irritación ya no iba dirigida a Valeria, sino a Ramón y Marta.
Ahora lo entendía todo. Por qué, desde el principio, Valeria se había mostrado tan angustiada. Por qué había insistido una y otra vez en que su familia lo reconsiderara. Aquella mujer había estado intentando proteger a los suyos de la codicia de quienes pretendían usarla.
—No tienes que pedir disculpas. —La voz de Sebastián sonó mucho más suave.
Valeria alzó la cabeza. Sintió que el peso sobre su pecho se aligeraba. Al menos había una persona dispuesta a creerle.
Mientras tanto, en la casa de Ramón, el ambiente era completamente distinto. No había ni una pizca de felicidad en los rostros de sus ocupantes.
Marta iba y venía por la sala, mordiéndose las uñas. De vez en cuando lanzaba una mirada hacia la puerta, como si esperara que alguien llegara con buenas noticias.
—¿Por qué no nos lo han entregado todavía? —refunfuñó, exasperada.
Ramón, sentado en una silla de bambú, se frotó el rostro con brusquedad.
—Por culpa de que Don Alejandro se desplomó, todo se desbarató.
Marta se detuvo.
—Pero ese dinero tenemos que conseguirlo.
Ramón levantó la cabeza y soltó un largo suspiro.
—¿Y cómo? El cuadro de la dote lo tomó la señora Patricia. Quién sabe dónde lo guardó. ¿Y si ya se lo llevó a la capital?
Al oír aquello, el semblante de Marta se agrió todavía más.
—¡Ni se te ocurra! ¡Ese dinero nos corresponde!
Ramón no contestó. Aunque por dentro también ansiaba ese dinero, no tenía la menor idea de qué hacer.
En un rincón, Camila seguía tumbada en el diván, entretenida con su teléfono. Sus ojos miraban la pantalla, pero su mente estaba en otra parte. La fantasía de una vida lujosa en la ciudad le llenaba la cabeza.
Con un millón de dólares podría comprarse lo que quisiera. Ya no tendría que envidiar a sus compañeras de universidad que venían de familias adineradas.
De pronto, los ojos de Camila se iluminaron. Se incorporó de un salto y sonrió, rebosante de seguridad.
—Mamá, ¿Valeria no se va a quedar en la casona mientras Don Alejandro esté enfermo?
—Sí.
—Y la señora Patricia regresará a la capital —prosiguió Camila, asintiendo con convicción—. Eso significa que no habrá nadie que se interponga.
Ramón empezó a interesarse.
—¿Y entonces?
—Le ordenamos a Valeria que nos traiga el dinero de la dote. Le decimos que ese dinero nos pertenece.
Las palabras dejaron a Marta en silencio unos segundos. Después, una amplia sonrisa se extendió por su rostro. Le dio una palmada en el hombro a su hija, orgullosa.
—¡Eso! ¡Esa es mi hija! —Marta ensanchó la sonrisa.
Ramón también sonrió, satisfecho.
—De verdad que eres lista.
Los tres intercambiaron miradas. Sin darse cuenta, la codicia los había cegado. Aquel dinero de la dote no les pertenecía. Y Valeria ya no era la niña a la que podían dar órdenes a su antojo.