Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 7
El auto negro de vidrios polarizados avanzó por la sinuosa carretera rodeada de pinos hasta detenerse frente a la imponente mansión de piedra y cristal. Camila descendió del vehículo vistiendo un abrigo beige sobre un vestido sencillo de tono oscuro. Respiró profundo, sintiendo cómo el aire puro de la montaña le despejaba la mente tras un día de tensión absoluta en el hospital.
Bruno la guio en silencio por los pasillos de la residencia hasta abrir las dobles puertas de madera que daban a un amplio salón iluminado por la calidez de una gran chimenea.
Allí, sentado en uno de los sillones de cuero, Kael vestía una camisa de lino abierta en el cuello y pantalones oscuros. Se lo veía aún algo exhausto por la rápida cicatrización de su herida, pero erguido y poderoso. A su lado, en una alfombra suave, la pequeña Kira jugaba concentrada con un juego de bloques de madera.
Al sentir los pasos, Kael levantó la vista. El destello de sus ojos de un verde felino se intensificó al instantáneamente al cruzar su mirada con Camila.
—Llegaste —dijo el Alfa con una voz baja y rasposa que retumbó en la estancia.
En ese mismo instante, Camila sintió una oleada de calor reconfortante recorrer su pecho. La pesadez en el esternón, esa constante opresión que la acompañaba desde hacía meses, desapareció casi por completo con solo estar a pocos metros de él. La reacción fisiológica era innegable, por mucho que su mente científica intentara racionalizarla.
Kira levantó la cabeza al escuchar la voz de su padre. Al ver a Camila, soltó los bloques de madera y sus grandes ojos castaños se iluminaron con pura inocencia.
—¡Es la doctora bonita! —exclamó la pequeña, poniéndose de pie de un salto.
Sin dudarlo un segundo, la niña corrió hacia Camila. Kael amagó con detenerla por temor a lastimar a la joven, pero Camila reaccionó instintivamente: se agachó a la altura de Kira, sonriendo suavemente mientras la pequeña envolvía sus brazitos alrededor de su cuello en un abrazo cálido e incondicional.
—Hola, mi amor —murmuró Camila en un tono dulce que Kael nunca antes le había escuchado, sosteniendo a la pequeña con cuidado—. ¿Cómo te llamas?
—Kira —respondió la niña con orgullo, separándose un poco para mirarla—. Te traje un dibujo porque cuidaste a mi papá cuando estaba enfermito.
De su bolsillo, Kira sacó un papel doblado en cuatro donde había garabateado con crayones a tres figuras: un hombre grande, una niña pequeña y una mujer con bata blanca debajo de un sol brillante.
Camila sostuvo el dibujo y un nudo se le formó en la garganta. La calidez del gesto derribó por un segundo la coraza de frialdad que había construido para sobrevivir a los desatascos de su propia familia.
Kael se puso de pie despacio, caminando con pasos pausados hasta quedar a un lado de ellas. La sombra de su cuerpo imponente las envolvió a ambas, transmitiendo una sensación de protección absoluta.
—Kira no suele tomarle confianza a los desconocidos tan rápido —dijo Kael, mirando a Camila con una mezcla de respeto y una intensidad latente—. Pero ella siente lo mismo que yo. Sabe que perteneces a este lugar.
Camila se puso de pie, sosteniendo el dibujo contra su pecho, y encaró al Alfa sin amedrentarse.
— Vine porque la niña quería conocerme, Kael. No confundas mi presencia con una rendición a tu control.
Una sonrisa tenue y peligrosa se dibujó en los labios del Alfa.
—No espero que te rindas, Camila —murmuró Kael, dando un paso más hacia ella hasta que la distancia entre sus cuerpos fue mínima—. Solo espero que te des cuenta de que mientras estés en mi terreno, ni tu familia ni tu enfermedad volverán a tocarte.
Antes de que Camila pudiera responder a la imponente cercanía de Kael, el suave eco de un bastón de madera al golpear el suelo de mármol rompió la tensión del ambiente.
Desde el pasillo lateral, la señora Eva avanzó a paso firme y pausado. Portaba un vestido holgado de tonos oscuros y una mantilla tejida sobre los hombros; su cabello plateado estaba recogido en una trenza impecable. Sus ojos oscuros, cargados de una sabiduría milenaria y una percepción penetrante, se posaron directamente en la joven cirujana.
—Ya es suficiente de atosigar a la invitada, Kael —dijo la señora Eva con una voz serena pero imbuida de una autoridad indiscutible que hizo que el Alfa diera un paso atrás, mostrándole un profundo respeto.
—Abuela... —murmuró Kael, inclinando levemente la cabeza.
Kira corrió hacia la anciana y se sujetó de su falda.
—¡Mira, abuela Eva! La doctora bonita vino a ver el dibujo que le hice —dijo la pequeña con emoción.
La señora Eva acarició la cabeza de la niña antes de volverse por completo hacia Camila. La anciana dio dos pasos más hasta quedar frente a la cirujana. Sin pedir permiso, levantó sus manos arrugadas y tomó suavemente el rostro de Camila entre ellas.
Sorprendentemente, Camila no se apartó. El contacto de la abuela de Kael no transmitía la abrumadora descarga eléctrica del Alfa, sino una calidez profunda, reconfortante y apacible, similar a la sensación de un refugio seguro.
Eva examinó el rostro de Camila: la palidez de su piel, la sombra tenue bajo sus ojos castaños producto de la miocardiopatía y la firmeza inquebrantable de su mirada. La anciana cerró los ojos un segundo y dejó escapar un suspiro de alivio.
—Es verdad... —susurró Eva, abriendo los ojos de nuevo con un destello de admiración—. Llevas la marca de la resiliencia en el alma, muchacha. Y tu pulso... tu pulso se ha calmado por completo desde que cruzaste el umbral de esta casa.
—Señora... yo no comprendo qué es lo que ocurre —admitió Camila con voz firme pero con absoluta honestidad, manteniendo la postura frente a la matriarca—. Soy médica, una mujer de ciencia. No entiendo cómo la presencia de su nieto o estar en este lugar altera mi fisiología de esta manera.
La señora Eva dejó caer suavemente las manos y sonrió con una ternura infinita.
—La ciencia explica el 'cómo', Camila, pero la naturaleza y la diosa Luna deciden el 'por qué' —explicó la anciana, haciendo un gesto con la mano para invitarla a sentarse cerca del fuego de la chimenea—. Tu corazón humano está enfermo porque ha llevado una carga demasiado pesada en un entorno lleno de veneno y desamor. Pero el hilo que te une a Kael no es una casualidad. Tu esencia sanó la herida mortal de mi nieto en ese quirófano, y el poder de él es lo único que mantiene tu vida fluyendo en este instante.
Camila tomó asiento en el sillón de felpa, sintiendo cómo el calor de la chimenea y la cercanía de la familia del Alfa alejaban cualquier rastro de la arritmia que la atormentaba.
—Su nieto compró las acciones del hospital donde trabajo y enfrentó a mi familia —dijo Camila, mirando de reojo a Kael, quien permanecía erguido a un costado de la chimenea, vigilándola como un guardián silencioso—. No estoy acostumbrada a que nadie luche mis batallas por mí.
—Un Alfa no lucha las batallas de su Luna para infantilizarla, Camila —respondió la abuela Eva con firmeza, sentándose frente a ella—. Lo hace porque tu vida es sagrada para esta manada. Tu familia te ha dejado morir por ambición; nosotros te daremos los recursos, la protección y el corazón que necesitas para que sigas salvando vidas.
La pequeña Kira se acercó sigilosamente a la silla de Camila y apoyó la barbilla en la rodilla de la doctora, mirándola con grandes ojos suplicantes.
—¿Te vas a quedar a cenar con nosotros, doctora bonita? La abuela hizo sopa caliente.
Camila miró a la niña, luego a la sabia anciana que la observaba con aceptación sincera, y finalmente al imponente Alfa de ojos verdes que aguardaba su respuesta. Por primera vez en muchos años, la fría y calculadora cirujana sintió que no estaba sola en el mundo.
—Sí, Kira —respondió Camila con una sonrisa tenue que iluminó su rostro—. Me quedaré a cenar.