Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 1
Existe la creencia de que hasta los demonios más letales tienen un punto frágil, tan frágil que se puede convertir en el blanco perfecto para ser atacado y acabado. El problema es encontrarlo antes de que el demonio te encuentre a ti.
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FEBRERO
MOSCÚ, RUSIA.
Narrador omnisciente
El suelo ruso parecía temblar bajo la nieve espesa que lo cubría. El olor a pólvora y sangre se mezclaba con la neblina que se esparcía por toda la ciudad, una bruma que parecía nacer de las entrañas mismas del infierno.
Ese invierno estaba siendo uno de los más fuertes vistos en los últimos años; era como un presagio, algo que sacudiría las paredes de aquella fortaleza donde la única ley era la palabra del hombre al que la vida también sacudiría de una manera jamás pensada. Aquel hombre que sujetaba el cañón del arma con fuerza mientras veía a su víctima arrodillada ante él, pidiendo una piedad que no existía en ese código de sangre.
Azrael Smirnova mantenía una expresión neutra, aunque su mirada estaba cargada de un odio ancestral, como si su alma estuviera llena de un resentimiento que solo el plomo podía calmar. Poseía ese tipo de atractivo que advertía peligro antes que deseo, como el filo de una navaja recién pulida.
En el patio de aquella fortaleza que se alzaba como un monstruo silencioso en las afueras de Moscú, más de cincuenta hombres miraban en un silencio sepulcral. Su líder se preparaba para ejecutar al sujeto que no dejaba de clamar por clemencia. Varios de los guardias se sacudieron bajo sus abrigos cuando, sin un ápice de remordimiento, el joven de cabello oscuro y rasgos perfilados jaló el gatillo.
Diez disparos. Diez recordatorios de que, en su mundo, la lealtad era el único aire respirable. Quien le mordía la mano solo tenía un destino seguro: la muerte bajo la tortura que él considerara justa.
—Que esto les sirva de recordatorio cada vez que quieran jugar en contra de mí —espetó Azrael. Su voz tenía la autoridad suficiente para congelar la sangre de los presentes.
Guardó el arma en su cinturón, se arregló las solapas de su oscuro traje y se dio la vuelta. Atrás quedaba la escena donde la sangre se consumía por la nieve, mientras los lobos salvajes que rodeaban la propiedad se lanzaban contra el cuerpo del traidor. Azrael, el "Lobo de la Mafia Negra", no miró atrás.
Sus botas se hundían en la nieve mientras caminaba hacia la entrada de la estructura negra y blindada. Al cruzar el umbral, el frío exterior fue reemplazado por el calor sofocante del lujo y la porcelana reluciente. Frente a la chimenea, la "Familia" Smirnova lo esperaba.
Allí estaban Hela, su hijo Vladimir y su esposo Vlad. Al otro lado, Igor Smirnova y su mujer Ágata. Para ellos, Azrael era el "bastardo", el hijo que su padre, Ruslan, había traído de una supuesta aventura extramatrimonial para arrebatarles el legado que por derecho de sangre les correspondía. No sabían que la verdad era más profunda: Azrael era el hijo del corazón y la tragedia.
—¡El mejor miembro de esta familia ha llegado! —exclamó Igor desde un extremo, dejando salir una bocanada de humo de su cigarrillo mientras se ponía de pie—. Benditos sean los ojos que lo miran, señor Azrael Smirnova.
—Con razón me dio un olor a azufre cuando entré —soltó Azrael con una sonrisa gélida.
—Tan encantador como siempre —comentó Ruslan Smirnova, el patriarca, acercándose a él con una chispa de orgullo que enfurecía a los demás.
Azrael puso los ojos en blanco cuando Ruslan lo estrechó en un abrazo que ninguno de sus otros hijos recibía.
—Qué honor y qué fortuna tenerte aquí, hijo mío —exclamó Ruslan con una sonrisa ladina—. Te esperábamos para cenar.
La cena transcurrió bajo una tensión eléctrica. Hela e Igor intentaban por todos sus medios captar la atención de su padre, pero los ojos de Ruslan solo estaban puestos en Azrael, escuchando los detalles de su reciente viaje a los Emiratos Árabes. Igor apretaba los cubiertos con fuerza; para él, Azrael era el usurpador que había ascendido al liderazgo a los catorce años, pasando por encima de todos.
—¿Cuánto tiempo te quedarás esta vez, Azrael? —preguntó Hela, con la voz cargada de veneno oculto.
—Se quedará el tiempo que le dé la gana, es su casa —le recordó Ruslan, cortando cualquier réplica.
Azrael terminó su copa de vino en silencio, ignorando las miradas cargadas de odio de sus "hermanos". Para él, Igor y Hela eran solo ruido de fondo, moscas zumbando alrededor de un trono que jamás podrían ocupar. Se puso de pie sin pedir permiso, una ventaja que solo el favorito de Ruslan podía permitirse, y abandonó el comedor.
Al llegar a su habitación, no encendió las luces. Se quedó de pie frente al gran ventanal que mostraba la inmensidad de la noche rusa y la nieve que seguía cayendo con furia.
Aquel lugar era su santuario, el único rincón de la fortaleza donde no tenía que cargar con el peso de ser el líder que todos esperaban. Se desabrochó los primeros botones de la camisa, sintiendo el vacío que siempre lo acompañaba. A pesar del poder, a pesar de la adoración de Ruslan, Azrael se sentía como un extraño en su propio reino. Un hombre rodeado de gente, pero profundamente solo.
Azrael Smirnova