Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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¿ESTO ES UNA FAMILIA HUMANA?
Caminamos unas pocas cuadras hasta llegar a su casa. No era grande ni lujosa: paredes amarillas desgastadas, macetas en las ventanas, una puerta de madera con un letrero torcido que decía "Bienvenidos". Pero al cruzar el umbral, una ola de calor, olor a pan recién horneado y café me envolvió por completo. Era el olor de algo que yo, en toda mi eternidad, nunca había conocido realmente: el olor de un hogar.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías familiares. Y entre ellas, él estaba ahí: sonriendo, con el niño pequeño colgado de su espalda, con la mano sobre el hombro del padre de Marcela. En esas fotos, Cástor no era invisible ni sobrante. Era querido. Era visto. Y eso dolió más que cualquier golpe.
De pronto, la madre de Marcela salió corriendo desde el fondo. Llevaba un delantal manchado de harina, el cabello recogido, y en cuanto me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas de alivio. No dudó ni un segundo. No preguntó nada. Simplemente abrió los brazos y me abrazó con una fuerza que no parecía posible en alguien tan frágil.
—¡Cástor, hijo mío! ¡Por fin estás aquí! —exclamó con voz temblorosa—. ¡Gracias a Dios que estás bien! ¡Qué susto nos diste!
Me quedé rígido, sin saber qué hacer. Nadie me había abrazado así. Nadie me había llamado "hijo" con esa voz, con esa certeza, como si yo fuera suyo por derecho de amor, no de sangre. En el Olimpo nadie abraza así. Allí nos medimos en poder, no en cariño.
Detrás de ella, el padre de Marcela se acercó. Alto, de manos callosas, con una sonrisa suave y sincera. Sin juicio, sin exigencia.
—Bienvenido, muchacho —dijo con voz grave y amable—. Siéntete como en tu casa. Aquí estás a salvo.
Y entonces un estruendo alegre llenó la sala. Un niño pequeño, de unos siete años, salió corriendo hacia mí sin dudarlo un instante.
—¡CÁSTOR! ¡LLEGÓ CÁSTOR! —gritó, y se abrazó a mi cintura con todas sus fuerzas—. ¡Te guardé el mejor trozo de pastel de chocolate! ¡Te hice un dibujo! ¡Te estuve esperando toda la mañana!
Me quedé inmóvil, sintiendo su calor, su entusiasmo sin reservas. Nadie me había mirado así. Nadie me había guardado nada. Ni siquiera en mi propia familia divina.
La madre me tomó de la mano y me guió al sofá.
—Descansa, hijo —dijo con ternura—. ¿Tienes hambre? Claro que sí. Te preparé sopa y pan caliente. Lo que necesites, pide. Aquí no hay que pedir permiso para nada. Eres bienvenido siempre.
El padre me puso una mano en el hombro: una mano que sostenía, no que amenazaba.
—No te preocupes por nada. Quédate todo el tiempo que necesites. Nadie te va a exigir nada.
Me senté, y el niño se sentó pegado a mí, hablándome sin parar de su escuela, de su perro, de todo lo que le parecía importante. La madre me cubrió con una manta. El padre me sirvió agua. Marcela me miraba desde el brazo del sofá, tranquila, satisfecha de verme allí.
Y entonces, yo, Pólux, el dios ante el que tiemblan los cielos, el que puede borrar montañas con un gesto… me hice la pregunta más humilde y aterradora de mi existencia:
¿Esto… es una familia humana?
¿Es esto lo que se supone que es un hogar? ¿Esperarse así? ¿Preocuparse así? ¿Guardarle lo mejor a alguien simplemente porque sí? ¿Mientras en la casa de su propia sangre solo había silencios fríos, golpes y desprecio… aquí, entre extraños, lo recibían como al hijo que siempre habían deseado?
La pregunta resonó en mi mente con más fuerza que cualquier tormenta que yo hubiera desatado jamás. ¿Cómo es posible que seres tan breves y frágiles sepan amar con una intensidad que los dioses hemos olvidado hace milenios?
Sentí algo cálido y extraño en los ojos. No era fuego divino. Era algo que dolía y sanaba al mismo tiempo. Comprendí la verdad más grande de todas: estos mortales sabían amar mejor que todos los inmortales del Olimpo juntos. Allí arriba amamos con condiciones, esperando siempre algo a cambio. Aquí abajo… simplemente se amaban. Simplemente estaban ahí. Y eso era más poderoso que todo mi poder junto.
—¿Estás bien, hijo? —preguntó la madre suavemente.
—Sí —respondí, con voz más suave de lo que jamás había sonado—. Gracias.
—De nada. Eres familia. Y la familia cuida de la familia.
Esas palabras me partieron el pecho. Eres familia. No por sangre. Por elección. Por amor. Y en ese instante, comprendí que mi propósito se había ensanchado. Ya no venía solo a vengar a mi hermano. Venía a proteger esto. Esta luz. Esta bondad. Si alguien intentaba arrebatarle este refugio… tendría que pasar por encima de mí. Y nadie lo había logrado jamás.
—Comamos —dijo el padre sirviendo la mesa—. Hoy es día de celebración. Cástor está con nosotros.
Mientras comíamos, mientras el niño reía y hablaba, sentí por primera vez en mi eternidad, en un cuerpo que no era el mío, entre personas que no eran de mi sangre… lo que se siente estar en casa. Y supe entonces que no importaba qué viniera: yo pelearía por esto. Con todo lo que soy. Hasta el último aliento.