Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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El precio de la noche
El auto avanzó por las calles de la ciudad, pero reconocí el rumbo de inmediato. No íbamos hacia mi barrio, no hacia el departamento de Luna donde nos esperaban mis amigas. Íbamos hacia la zona alta, hacia las torres de lujo que yo solo veía pasar de lejos.
—Dante… yo no vivo aquí —dije, confundida, cuando estacionó frente a un edificio imponente de vidrio y mármol.
Él apagó el motor, me miró de frente y habló con esa crudeza que siempre me dejaba sin palabras:
—Claro que no vives aquí. Eres una idol que está empezando, casi quebrada, compartiendo un departamento pequeño con tres amigas en la misma situación que tú. Aquí no vendrías a vivir, vendrías de paseo o para grabar un videoclip. Pero hoy vienes conmigo.
Me quedé callada. No tenía nada que responder. Tenía razón, y dolía que lo dijera tan sin filtro.
—No tenías que ser tan brusco —susurré.
—Y tú no tenías que ser tan tonta de creer que te dejaría ir a esa casa después de lo de esta noche —respondió, bajó del auto y abrió mi puerta—. Vamos.
Subimos al piso más alto. El ascensor era amplio, con espejos en todas las paredes. Cuando las puertas se abrieron y entré al departamento, no pude evitar soltar un suspiro de asombro. Era inmenso, de techos altos, con ventanales enteros que daban a toda la ciudad, viendo las luces como estrellas en el suelo. Todo respiraba lujo, silencio, poder.
—Vaya… —exclamé sin querer.
—Este es mi departamento —dijo, quitándose el saco con calma y lanzándolo sobre un sillón de cuero—. Ven.
Me acerqué tímidamente. Él dio dos pasos hacia mí, tomó mi brazo y me jaló con fuerza contra su cuerpo, haciéndome chocar contra su pecho.
—Te tardas demasiado, Lía —susurró contra mi boca—. Estás tan hermosa que, sinceramente, no te hice nada en la cena porque no quería que esos hombres te admiraran de más. No quería que nadie más viera lo que es mío. Pero ahora… ahora sí lo haré.
Estaba temblando. Lo sentía en mis rodillas, en mis manos, en cada respiración. Dante se dio cuenta y soltó una risa baja, satisfecha.
—Me encanta cuando tiemblas —murmuró, y empezó a besarme con una intensidad que me quitó el aire.
No supe en qué momento pasamos a la habitación, ni en qué momento me quitó el vestido azul que me había prestado. Todo se volvió un torbellino de caricias, de sus manos recorriendo mi piel, de sus besos dejando huellas por todo mi cuerpo. Terminamos bajo las sábanas, y lo que siguió fue intenso, ardiente, desbordante. Los gemidos se me escapaban sin que pudiera detenerlos, y él respondía con más fuego, más fuerza.
—¿Verdad que te gusta ser mi mujer, Lía? —me susurró al oído, mordiéndome el cuello.
—Sí… —respondí, porque no tenía opción, porque si no lo decía no pararía, porque me dejaría marcas que no podría explicar mañana frente a las chicas—. Sí, me gusta.
—Dilo bien. Dime que eres mía.
—Soy tuya, Dante. Tuya.
Solo entonces pareció satisfecho.
Cuando terminó, se levantó de la cama, se puso una bata de seda y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Regreso en un momento. Tengo que atender unos asuntos.
Se fue. Me quedé sola en la cama, rodeada de sábanas suaves y su olor, y me acurruqué esperando que volviera, sintiendo que mi cuerpo aún ardía por él. Cerré los ojos pensando que volvería pronto… y me quedé dormida.
Una hora después lo sentí llegar. Se metió bajo las sábanas a mi lado, rodeó mi cintura con su brazo y besó mi hombro con lentitud.
—¿Estás dormida, Lía?
—No —susurré, dándome la vuelta para mirarlo.
—Así me gusta —dijo, acercándose más—. Que no me mientas.
Y entonces me besó de nuevo, y la noche continuó, con la misma pasión, la misma intensidad, como si no pudiera saciarse. Como si necesitara marcarme una y otra vez para que nunca olvidara a quién pertenecía.
A la mañana siguiente, la luz del sol entraba suavemente por las cortinas. Él ya estaba despierto, de pie frente al espejo, secándose el cabello con una toalla. Me observó desde el espejo mientras yo lo miraba desde la cama, cubriéndome apenas con las sábanas.
—El desayuno ya está sobre la mesa, al lado de la cama —dijo, señalando con el dedo una bandeja que no había notado—. Sírvete lo que quieras. Y te dejo esto.
Se acercó a la mesa, tomó dos billetes de cien dólares y los dejó junto a la bandeja. Lo miré y sentí que me quemaba el pecho.
—Ya te dije que no quiero tu dinero —dije, con voz temblorosa pero firme—. No soy una prostituta.
Él soltó una risa, como si lo que dije fuera la cosa más divertida del mundo.
—¿Prostituta? No seas dramática. ¿Me viste ayer darle setecientos dólares a un grupo de mujeres que solo trabajaron diez minutos por dejarte bella? ¿Y crees que por la noche que me has dado no mereces ningún premio? Esto es como un acuerdo comercial, Lía. Tómalo como una propina por haberme atendido y porque terminé satisfecho. Tranquila. No es nada personal.
Me quedé sin palabras. Bajé la mirada hacia los billetes, y sentí que se me partía el corazón. No era amor. Nunca lo fue. Era una transacción. Un servicio. Un pago.
Él terminó de secarse el cabello, se acercó a la puerta de la habitación y se detuvo antes de salir. Me miró con esa media sonrisa que aterraba y fascinaba a la vez.
—Esa inocencia que muestras… algún momento te va a salir cara, Lía. No muestres esa fragilidad a ningún hombre que no sea yo. Soy muy celoso, y no me gusta que otros miren lo que me pertenece. ¿Quedó claro?
Sin esperar respuesta, salió de la habitación para buscar su traje, dejándome sola, con el desayuno frío, los doscientos dólares sobre la mesa y el corazón hecho pedazos en medio de su cama de seda.