El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 1 — El Padrino y la Doctora
El despacho de Damon Burgos olía a puros cubanos, cuero viejo y peligro concentrado. En la esquina más alejada de la habitación, Christine apretaba los puños hasta que sus uñas se clavaban en las palmas, sintiendo cómo la rabia le recorría cada vena, quemándola por dentro. Frente a ella, detrás de un escritorio de caoba oscura que parecía un trono tallado para un rey sin corona, estaba el hombre al que todo el mundo temía. El Padrino. El dueño de las calles de Madrid, el dueño de vidas y destinos, y el responsable, directo o indirecto, de la muerte de su madre.
Damon se levantó lentamente. Era alto, con hombros anchos que parecían capaces de cargar con el peso del mundo entero, y una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha, dándole un aspecto aún más imponente y salvaje. Su traje negro parecía parte de su piel, impecable, rígido, y sus ojos, de un marrón oscuro y profundo como la tierra antes de la tormenta, no se apartaban de ella ni un solo segundo. Cada paso que daba hacia la mesa era pesado, seguro, como si la tierra misma temblara bajo sus botas de cuero.
—Te he esperado mucho tiempo, Christine —dijo él, su voz grave, profunda, como un trueno lejano que retumba en los huesos—. Sabía que vendrías. Siempre vienes cuando yo llamo.
—No estoy aquí por ti —respondió ella, con la voz firme a pesar del nudo que tenía en la garganta, apretando las palabras para que no se quebraran—. Vine porque amenazaste con matar a mis pacientes si no venía. Eres un monstruo, Damon. Un monstruo que no respeta nada ni nadie.
Él sonrió, pero no había nada de amabilidad en esa sonrisa. Se apoyó en el borde del escritorio, a solo unos metros de ella, y Christine sintió cómo el aire se volvía denso, espeso, difícil de respirar. El deseo que él despertaba en ella, aunque lo odiara con toda su alma, estaba ahí, latente, vivo, quemándola desde dentro. Era algo que no podía controlar, algo que la avergonzaba cada vez que lo veía, cada vez que sus ojos se encontraban y sentía ese tirón innegable, inevitable.
—Llámame como quieras, doctora. Pero sabes que lo que pido es justo, necesario para lo que estoy construyendo. Mi imperio necesita un heredero. Un hijo que lleve mi sangre y tu inteligencia. Nadie más es digno. Nadie más podría darme lo que tú me darías. Tú serás la madre de mi hijo.
Christine sintió que el mundo se le venía encima, que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Estás loco? ¡Jamás! ¡Tú mataste a mi madre! —gritó, y las lágrimas empezaron a brotarle, pero las reprimió con fuerza, negándose a llorar delante de él—. Tus hombres la persiguieron, la acorralaron, la hicieron sentir que no tenía escapatoria… y ella se quitó la vida por tu culpa. ¡Te odio! Te odio con cada latido de mi corazón, con cada respiración que tomo.
Damon se puso de pie de golpe, y la habitación se llenó de una tensión casi insoportable, tan fuerte que parecía poder cortarse con un cuchillo. No pareció herido por sus palabras, sino que algo más oscuro, más ardiente y peligroso, brilló en sus ojos.
—Lo sé —dijo, su voz bajó, volviéndose más densa, casi un susurro que la envolvió por completo—. Sé que me odias. Y eso hace que te quiera aún más. Eres fuego, Christine. Fuego puro, indomable, y yo quiero quemarme en ti. Y no aceptaré un no por respuesta. Serás mía. De cuerpo, de alma, y de tu futuro.
—Nunca seré tuya. Prefiero morir antes que darte un hijo. Antes que entregarme a ti.
—No te dejaré morir. Y te aseguro, no tendrás opción. Yo consigo todo lo que deseo. Siempre. No conozco el fracaso, y no pienso empezar contigo.
Christine salió de su despacho con el corazón golpeándole contra el pecho a mil por hora, temblando de rabia y de algo más, algo que no quería nombrar, que se negaba a admitir. Sabía que Damon no bromeaba. Si no encontraba una forma de escapar, él la tomaría, sin dudarlo, sin miramientos. Y en la desesperación, mientras caminaba por las calles oscuras de Madrid, una idea se formó en su mente, clara y desesperada: casarse. Si ya pertenecía a otro hombre, si tenía un esposo, tal vez las leyes, incluso las de un monstruo como él, la protegerían.
Esa misma noche llamó a Javier, un amigo de la infancia, un abogado amable y valiente que siempre la había querido en silencio. Aceptó sin dudar, sin hacer preguntas. Fijaron la boda en dos semanas, en una pequeña iglesia apartada, creyendo que podrían mantenerlo en secreto, lejos de los oídos y los ojos de Damon. Pero Christine no sabía que los ojos del Padrino estaban en todas partes. Que cada paso que daba, él lo conocía antes de que ella misma lo diera. Y cuando caminó hacia el altar con el vestido blanco, sintiendo por primera vez en meses una chispa de esperanza, no sabía que el infierno estaba esperando para estallar justo detrás de las puertas.
...No importaba cuánto corriera, él siempre estaba un paso adelante, esperándola....
...CONTINUARÁ ...
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