Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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LA LEY DE LA BARRICADA
El chasquido metálico del percutor al asentarse en la recámara de la escopeta reverberó dentro del espacio reducido de la columna técnica como el restallido de un látigo.
Mateo no se movió. Tenía la planta de la bota derecha firme sobre la varilla corrugada y la mano izquierda aferrada al tubo principal de hierro de la red contra incendios. Sofía, un metro más abajo en la escala marina, contuvo el aliento, pegando la espalda a la mampostería fría y húmeda para no proyectar sombra a través de la rendija del registro de inspección.
El aire en el Piso 5 olía distinto: una mezcla de parafina quemada, vinagre blanco de limpieza y el tufo rancio de comida empaquetada que llevaba horas abierta sobre algún mostrador.
—¡Apague esa linterna o le disparo a la luz! —ordenó la misma voz desde el otro lado de la muralla de muebles. Era la voz de un hombre de unos cincuenta años, con la carraspera típica de un fumador empedernido y un acento bogotano seco, desgastado por la tensión.
Mateo no dudó. Presionó el botón de la linterna de cabeza con el pulgar derecho, devolviendo la columna técnica a una penumbra casi absoluta, iluminada únicamente por el tenue resplandor grisáceo que entraba por el tragaluz superior de la losa del quinto nivel.
—Somos residentes del edificio. Apartamento 402 —dijo Mateo con tono neutro, grave y pausado, buscando proyectar el control técnico que usaba en el hospital durante una falla de sistemas—. Vengo con mi esposa. Subimos por el ducto técnico de incendios porque las escaleras de emergencia del piso 3 colapsaron y el piso 4 está infectado. No estamos armados con armas de fuego.
Un silencio pesado cayó sobre el pasillo. Del otro lado de la barricada se escucharon murmullos apresurados: al menos dos personas más conversaban en susurros. El crujido de un resorte de sofá viejo delató el movimiento de alguien que se reacomodaba sobre la pila de madera.
—Del piso 4 no sube nadie —respondió el hombre de la escopeta, aunque el tono de su voz bajó un decibelio, perdiendo parte de la agresividad inicial para dar paso a un miedo desconfiado—. Abajo el hospital se reventó desde las ocho de la mañana. Los policías del puesto de urgencias corrieron hacia la calle y los que quedaron se los comieron en el vestíbulo. Nadie que venga de allá abajo está limpio.
—Sabemos cómo funciona el contagio —intervino Sofía desde su posición en la escala, alzando la voz lo suficiente para que atravesara el registro de mampostería—. Se transmite por el aire en espacios cerrados, pero nosotros no tenemos síntomas porque somos inmunes a la inhalación. Si estuviéramos contagiados por mordedura, habríamos colapsado en noventa segundos. Llevamos más de tres horas en los pisos inferiores.
Hubo una pausa más larga. El crujido de una suela de goma sobre la baldosa se acercó a la rejilla de inspección.
—¿Inmunes...? —dijo una segunda voz, esta vez femenina, más joven y con un temblor evidente—. Don Guillermo, ellos están hablando de lo mismo que dijo el médico del 504 antes de que se encerrara.
—¡Cállese, Marcela! —la atajó el hombre de la escopeta—. Nadie entra al piso 5. Aquí hay doce familias. Tapiamos la entrada del ascensor A con concreto seco y bajamos la cortina del montacargas. Si abrimos este registro para dejarlos pasar, metemos la peste o atraemos a los del piso 4.
—No necesitamos entrar a sus apartamentos —dijo Mateo, manteniendo el equilibrio en la varilla corrugada a pesar de que el tobillo izquierdo comenzaba a palpitarle con una punzada ardiente—. Solo necesitamos pasar por el pasadizo técnico hacia la escala del piso 6. La columna de incendios continúa en vertical. Déjenos abrir la escotilla de inspección solo para cruzar el tramo bloqueado y seguir subiendo.
Un segundo murmullo se desarrolló detrás de la pila de armarios. El tal «Don Guillermo» parecía discutir con la mujer. Mateo aprovechó los segundos de vacilación para deslizar la mano por su cinturón de herramientas. Tocó la empuñadura del martillo de bola y el mango de la llave inglesa. Si la negociación fallaba y el hombre decidía disparar a ciegas por la escotilla, la lámina de hierro de la puerta de inspección no detendría los perdigones a tan corta distancia; tendría que dejarse caer tres metros hacia el suelo del piso 4, arriesgándose a romperse la pierna lesionada.
Finalmente, el marco de madera de una mesita de noche que formaba parte de la barricada crujió al ser desplazado unos centímetros.
Una linterna manual de luz cálida parpadeó desde el interior del pasillo, proyectando un haz fino por la rendija del registro. La luz recorrió la cara de Mateo, deteniéndose en sus ojos, en el pómulo cortado y en la ropaje manchado de grasa. Luego bajó hacia Sofía.
—Tienen diez segundos para salir del registro y meterse por la puerta de servicio del depósito de basura del 501 —sentenció Don Guillermo desde las sombras—. Si veo que alguno intenta tocar la barricada o meter la mano al bolsillo, le disparo a los pies. Marcela, aparte la traba de la puerta.