El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 22
La puerta se abrió de golpe.
No tocó. No preguntó. Dante entró como una tormenta, y la sala entera pareció encogerse. Recorrió la escena con una sola mirada —yo forcejeando, dos manos apretándome los brazos, mi papá cruzado de brazos— y su cara, que yo conocía tranquila y burlona, se transformó en algo que nunca le había visto. Frío. Filoso. Peligroso.
—Suéltenla —dijo. No gritó. Lo dijo bajo, y por eso mismo fue peor—. Ahora.
Doña Herminia me soltó al instante, como si le quemara. Le tenía miedo; no lo disimuló. Retrocedió hasta el sofá con el pañuelo temblándole en la mano.
Rodrigo, en cambio, apretó más y se envalentonó.
—¿Y este quién es para venir a dar órdenes a MI casa? —Me jaló hacia él—. ¡Esta es mi casa! ¡Lárgate antes de que llame a la policía, muerto de hambre!
No alcanzó a decir más.
Dante cruzó la sala en dos zancadas y le soltó un puñetazo que le tronó en la cara. Rodrigo salió despedido contra el sillón, soltándome, con la mano en la nariz y un hilo de sangre escurriéndole entre los dedos.
Yo trastabillé, libre de golpe, y Dante me sostuvo con un brazo, poniéndome detrás de él, entre su espalda y la pared, como un muro.
—¿Tú eres el hombre de la casa? —Dante se paró sobre Rodrigo, que se arrastraba hacia atrás en el suelo—. ¿El muy valiente que le mete a otra mujer a su esposa, que le pega una cachetada, y que ahora quiere encerrarla entre tres contra una? Eso no es un hombre. Eso es una rata.
—¡Me pegó! —chilló Rodrigo, desde el piso, buscando testigos—. ¡Vieron todos, me golpeó! ¡Me duele la cabeza, me está dando una conmoción, me voy a desmayar! ¡Llamen a la policía! ¡Que lo metan a la cárcel!
—Llama. —Dante sacó su propio teléfono y se lo aventó al pecho—. Ándale. Llama a la policía. Diles que golpeaste a tu esposa, que metiste a tu amante a tu casa, y que entre tu madre y tú la estaban secuestrando en su propia recámara. Hay cámaras en la entrada del fraccionamiento, ¿verdad? Todo grabado. Llama. A ver a quién se llevan.
Rodrigo se quedó con el teléfono en las manos, blanco, sin marcar. Porque sabía. Sabía que la agredida era yo, que las cámaras de la entrada llevaban semanas grabando a Karina entrar y salir de este departamento, que un juez no tardaría ni cinco minutos en entender quién era la víctima y quién el agresor. Dejó caer el teléfono en el sillón como si de pronto le quemara.
—¡Beatriz! —Mi papá, que había estado paralizado, reaccionó por fin, rojo de furia—. ¿Quién es este chamaco? ¿Con esto andas? ¿Por esto quieres tirar tu matrimonio? ¡Un desconocido! ¡Un patán que entra a golpear a la gente! ¡Estás loca! ¡Loca de remate! ¡Andas de la mano de cualquiera como una…!
—No termine esa frase, señor.
Dante volteó hacia él, y algo en su tono hizo que mi papá cerrara la boca. Pero enseguida se dirigió otra vez a Rodrigo, que intentaba levantarse gimoteando, exagerando el mareo, tentaleando el aire como si fuera a caer redondo.
—Doña Beatriz —dijo Dante, y su voz cambió por completo al nombrarme, se hizo casi solemne— es la mejor mujer del mundo. La más decente. La más digna. Y llevo días viendo cómo todos ustedes se turnan para pisotearla. Se acabó.
Y se lanzó otra vez sobre Rodrigo.
—¡No! —Doña Herminia se dejó caer de rodillas, juntando las manos—. ¡No le pegue a mi hijo, por lo que más quiera! ¡Lo va a matar! ¡Perdón, perdón, ya nos calmamos!
—¡Dante! —Lo agarré del brazo con las dos manos. Estaba duro como piedra, temblando de furia contenida—. Dante, ya. No lo mates. No vale la pena. No manches tus manos con él. Ya, por favor.
Me miró. Y despacio, muy despacio, la tormenta se le fue bajando de la cara. Bajó el puño. Se enderezó. Dio un paso atrás, sin dejar de vigilar a Rodrigo, y me soltó el brazo con suavidad, como pidiéndome permiso para calmarse.
Y entonces, con todos mirándome —Rodrigo sangrando en el piso, doña Herminia de rodillas, mi papá lívido, Dante a mi lado— algo se rompió dentro de mí. Pero no como se rompe algo que se pierde. Como se rompe una cadena.
Veinte años.
Veinte años de callarme. De aguantar. De ser comprensiva, de ser paciente, de ser buena esposa, de tragarme cada humillación con una sonrisa para no hacer olas. Veinte años de creer que el amor era resistir, que una mujer decente se muerde la lengua, que el aguante era una virtud y no una lenta manera de desaparecerse a una misma. Todas esas voces —la de mi mamá, la de mi abuela, la de mi papá, la del pueblo entero— me habían enseñado a agachar la cabeza. Y de golpe, en esa sala, con las palmas ardiéndome donde me habían sujetado, esas voces se me quedaron mudas.
Se acabó.
Me solté de Dante y caminé hacia Rodrigo.
—Levántate —dije.
—Beatriz, yo…
—Que te levantes.
Se levantó, apoyándose en el sillón, la nariz hinchada, mirándome con desconcierto. Nunca me había visto así.
Le solté la primera cachetada. Fuerte. Le volteó la cara.
—Esta —dije— es por la que tú me diste. La primera de mi vida. Que me la diste tú, mi marido, delante de tu amante.
Segunda cachetada, del otro lado.
—Esta es por Karina. Por meterla a mi casa, a mi cama, mientras yo te lavaba los calcetines y te creía cansado del trabajo.
Tercera.
—Esta es por "vieja acabada". Por "a tu edad quién te va a querer". Por cada vez que me hiciste sentir que valía menos por cumplir años.
Cuarta.
—Y esta es por todas las que me callé y no debí callarme.
Rodrigo se sostenía la cara, atónito, sin atreverse a devolvérmela. El hombre que me había pegado a mí una vez, delante de su amante, ahora encajaba mis cuatro cachetadas sin mover un dedo, porque hasta él entendía, en algún rincón, que estas se las había ganado a pulso. Yo respiraba fuerte, con las manos ardiéndome, temblando no de miedo sino de algo nuevo, algo que no había sentido nunca: por primera vez en veinte años me sentí de mi propio tamaño. Ni más chica para caber en la vida de otro, ni encogida para no estorbar. De mi tamaño exacto.
—Se acabó, Rodrigo —dije, ya sin gritar—. Se acabó lo de ser sumisa. Se acabó lo de ser "comprensiva". Me voy a divorciar. Y voy a vivir mi vida. La que tú no me dejaste vivir.
—¡Cómo te atreves! —Doña Herminia se levantó como resorte, olvidada ya de las súplicas, y me señaló con el dedo—. ¡Golpeas a mi hijo! ¡Eres una malagradecida! ¡Después de todo lo que esta familia hizo por ti, muerta de hambre que eras cuando llegaste! ¡Mira cómo lo dejaste!
La miré. Muy tranquila. Cuando me enojo de verdad, ya lo dije, bajo la voz.
—Dígame una cosa, doña Herminia. —Di un paso hacia ella—. Cuando su hijo se estaba acostando con la otra, en esta casa, en esta sala… ¿pensó en mí? ¿Pensó en su nieto? ¿Se le ocurrió, aunque fuera un segundo, que estaba destruyendo a una familia? ¿Verdad que no? Entonces no me venga a hablar de gratitud.
Se quedó con la boca abierta. Sin una sola palabra. Toda su vida había sido experta en tener la última, en el reproche que deja a la nuera muda; y ahora era ella la que no encontraba con qué responder. Volvió a sentarse, derrotada, apretando el pañuelo contra el pecho como si le pesara.
Mi papá pateó el piso con la punta del zapato, temblando de rabia y de algo más, algo que se parecía al miedo de estar perdiendo el control de todo.
—¡Basta! ¡Basta ya! —Se volteó hacia Dante, apuntándolo con el dedo—. Y tú, mocoso, tú explícame ahora mismo quién eres y con qué derecho entras a esta casa a defender a mi hija. ¿Eh? ¿Qué eres tú de ella? ¡Contéstame!
La sala se quedó en silencio.
Dante caminó despacio hasta quedar a mi lado. Y delante de mi papá, delante de Rodrigo sangrando y de doña Herminia derrotada, me tomó de la mano. Entrelazó sus dedos con los míos, firme, sin pedir permiso pero sin apretar de más, y levantó la barbilla.
—Con doña Beatriz, por ahora, solo somos amigos —dijo, con una calma que no admitía réplica—. Pero en el futuro, señor, vamos a ser pareja. Se lo digo de frente, para que lo vaya sabiendo.
A mi papá se le cayó la mandíbula. Y yo, con la mano de ese muchacho envolviendo la mía, no supe si quería soltarme o no soltarme nunca.