Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 10: Las Consecuencias del Poder
Los días siguientes fueron caóticos.
La destrucción del teatro había dejado ruinas en el barrio sur de la ciudad. Los medios de comunicación reportaban sobre un "terremoto localizado" que había destruido el edificio histórico. Nadie sabía la verdad. Nadie sabía que había sido una batalla entre cazadores y vampiros, entre humanos y monstruos, entre dos mundos que finalmente habían colisionado.
Maya estaba en el apartamento que había alquilado en secreto, limpiando las heridas de Lucien. Sus costillas estaban rotas, sus brazos estaban cubiertos de cicatrices de quemaduras de agua bendita, y había un agujero en su pecho donde Dominic lo había atravesado. Pero estaba sanando. Los vampiros sanaban rápido, siempre y cuando tuvieran suficiente sangre.
—Necesitas alimentarte —dijo Maya, observando cómo sus heridas se curaban lentamente.
—Lo sé —respondió Lucien, recostado en la cama—. Pero no quiero dejar de mirarte.
Maya sonrió a pesar del cansancio que sentía. Había estado despierta durante treinta y seis horas, cuidando de él, asegurándose de que sobreviviera.
—Voy a llamar a Viktor. Él puede traerte sangre.
—No —dijo Lucien, tomando su mano—. No quiero que otros vampiros sepan dónde estamos. No quiero que sepan que estamos juntos.
—¿Por qué? Pensé que habías hecho un trato con Viktor. Que yo sería considerada neutral, sagrada.
—Eso fue en el calor del momento —respondió Lucien, sus ojos rojos mirando directamente a los de ella—. La verdad es más complicada. Sí, Viktor respetará el trato. Pero hay otros vampiros que no lo harán. Hay otros que verán tu relación conmigo como una debilidad. Como una forma de atacarme.
Maya se sentó en el borde de la cama.
—¿Entonces qué hacemos?
—Desaparecemos —dijo Lucien—. Dejamos esta ciudad. Dejamos a tu familia. Dejamos todo atrás y empezamos de nuevo en algún lugar donde nadie nos conozca.
—¿Y abandonar todo? —preguntó Maya—. ¿Mi educación? ¿Mi familia?
—Tu familia te traicionó, Maya. Te pidieron que me sedujeran y luego me entregaran. ¿Crees realmente que puedes volver con ellos como si nada hubiera pasado?
Maya no respondió. Porque sabía que Lucien tenía razón. Cuando salió del teatro esa noche, sabía que su vida como la conocía había terminado. Sabía que había elegido un lado, y ese lado no era el de su familia.
Su teléfono sonó.
Era un mensaje de texto de su padre: "Necesitamos hablar. Ahora."
—Tengo que ir —dijo Maya.
—No —respondió Lucien, apretando su mano—. Es una trampa.
—No lo es. Es mi padre.
—Exactamente. Es tu padre, y tu padre es un cazador. Un cazador que vería con gusto mi muerte. Un cazador que probablemente está planeando cómo matarme en este mismo momento.
Maya se levantó.
—Confía en mí —dijo—. Voy a hablar con él. Voy a hacer que entienda.
—¿Entienda qué, Maya? ¿Que amas a un vampiro? ¿Que traicionaste todo lo que te enseñó? No va a entender eso. Nunca lo hará.
Pero Maya ya estaba saliendo del apartamento.
La casa de su padre estaba silenciosa cuando llegó. Demasiado silenciosa. Maya entró con cautela, sus manos en los cuchillos que llevaba bajo su chaqueta.
Thomas estaba en el estudio, de pie frente a la ventana, mirando la ciudad nocturna. No se giró cuando ella entró.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
—En un lugar seguro —respondió Maya.
—¿Con él? —preguntó Thomas, finalmente girándose—. ¿Con el vampiro?
—Sí.
Thomas se acercó, sus ojos grises fríos como el acero.
—¿Sabes lo que has hecho, Maya? ¿Sabes realmente en qué te has convertido?
—En alguien que piensa por sí misma —respondió Maya—. En alguien que no acepta ciegamente lo que me enseñaron.
—Te has convertido en una traidora —dijo Thomas, su voz temblando de rabia—. Te has convertido en la cosa que juraste destruir.
—¿Destruir? —preguntó Maya—. ¿O simplemente odiar sin razón? Lucien no es un monstruo, papá. Es una persona que fue atrapada en una situación imposible.
—¿Una persona? —Thomas rió, un sonido amargo—. ¿Crees que es una persona? Lleva doscientos treinta y cuatro años matando gente, Maya. Ha asesinado a cientos de personas. Ha torturado, ha violado, ha hecho cosas que tu mente frágil no puede ni imaginar.
—Lo sé —dijo Maya—. Y él lo sabe también. Pero está tratando de cambiar. Está tratando de ser mejor.
—Los vampiros no cambian —dijo Thomas, acercándose más—. Pueden pretender que cambian. Pueden decirte que te aman. Pueden hacerte creer que eres especial, que eres diferente. Pero al final, siempre vuelven a lo que son. Siempre vuelven a la sangre.
—¿Como tú vuelves a la guerra? —preguntó Maya—. ¿Como tú vuelves a la venganza?
Thomas levantó su mano, como si fuera a golpearla. Pero se detuvo, su rostro contorsionándose de dolor.
—Tu madre —susurró—. Tu madre estaría tan decepcionada de ti.
Las palabras golpearon a Maya como puños.
—No hables de mamá —dijo, su voz temblando.
—¿Por qué no? —preguntó Thomas—. ¿Porque sabes que tengo razón? ¿Porque sabes que ella nunca habría permitido esto?
—Mamá murió porque fue débil —dijo Maya, y las palabras salieron como veneno—. Murió porque confió en alguien que no debería haber confiado. Pero yo no soy ella. Yo soy más fuerte.
Thomas retrocedió, como si lo hubiera golpeado.
—Sal de esta casa —dijo, su voz apenas un susurro—. Y no vuelvas. Porque si vuelves, si te veo de nuevo con ese monstruo, te mataré yo mismo.
Maya sintió que algo en su pecho se rompía.
—Papá...
—¡Vete! —gritó Thomas.
Maya se fue, cerrando la puerta detrás de ella. Cuando llegó a la calle, se permitió llorar. Lloró por su padre, lloró por su madre, lloró por la vida que había perdido.
Cuando regresó al apartamento, Lucien estaba esperándola en la puerta.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Me echó de la casa —respondió Maya—. Me dijo que si volvía, me mataría.
Lucien la abrazó, su cuerpo frío contra el de ella.
—Lo siento —susurró—. Lo siento mucho.
—No es tu culpa —dijo Maya—. Es mi elección. Y la volvería a hacer.
Pero mientras lo decía, sintió que la duda se arrastraba en su mente. ¿Había hecho la elección correcta? ¿O había simplemente intercambiado una prisión por otra?
Al día siguiente, Catherine llegó al apartamento.
Maya abrió la puerta, sorprendida. Su tía estaba de pie en el pasillo, sola, sin armas visibles.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Maya.
—Necesito hablar contigo —respondió Catherine—. Y con él.
Maya dudó, pero luego dejó entrar a su tía.
Lucien estaba en el sofá, aún débil por sus heridas. Se levantó cuando Catherine entró, sus ojos rojos brillando con desconfianza.
—Cazadora —dijo.
—Vampiro —respondió Catherine, asintiendo con la cabeza—. Tenemos que hablar sobre lo que sucedió en el teatro. Tenemos que hablar sobre Dominic.
—¿Qué hay que hablar? —preguntó Lucien—. Está muerto. Sus seguidores están dispersos. La amenaza ha pasado.
—No completamente —dijo Catherine, sentándose sin ser invitada—. Hay otras ciudades. Hay otros vampiros antiguos. Hay otras amenazas que no conocemos.
—¿Y qué quieres que haga al respecto? —preguntó Lucien.
—Quiero que trabajes con nosotros —respondió Catherine—. Quiero que nos ayudes a entender el mundo vampírico. Quiero que nos ayudes a crear una paz verdadera, no solo una tregua.
Lucien y Maya intercambiaron una mirada.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Lucien—. ¿Por qué confiaría en los cazadores después de todo lo que han hecho?
—Porque si no lo haces, habrá guerra —respondió Catherine—. Porque los cazadores no van a desaparecer, y los vampiros no van a desaparecer. Y si no encontramos una forma de vivir juntos, ambos nos destruiremos mutuamente.
Catherine se levantó y caminó hacia la ventana.
—Además —continuó—, hay algo que necesitas saber. Algo sobre tu pasado.
—¿Mi pasado? —preguntó Lucien.
—Sí. Hay registros antiguos en nuestros archivos. Registros sobre ti. Sobre tu conversión. Sobre la mujer que te convirtió.
Lucien se tensó.
—¿Qué registros?
Catherine se giró hacia él.
—Registros que sugieren que tu conversión no fue un accidente. Que fue parte de un plan. Un plan que comenzó hace más de doscientos años y que aún no ha terminado.