Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
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Día de compras.
Nahela 🤎
La puerta de aquella inmensa habitación se cerró suavemente detrás de mí, dejando el silencio como único testigo de todo lo que estaba sintiendo. Por un instante permanecí inmóvil junto a mi nana, observando el lugar que, según Nelly, sería nuestro hogar temporal.
La habitación era preciosa.
Mucho más grande que cualquier espacio que hubiese tenido para mí sola.
Una enorme cama vestida con sábanas color marfil ocupaba el centro. Había cortinas largas de tela delicada que cubrían los ventanales, una alfombra suave bajo mis pies descalzos y muebles elegantes de madera oscura. Todo olía limpio, a flores frescas y a ese perfume sofisticado que parecía impregnar cada rincón de aquella mansión italiana.
—Espero que estén cómodas —dijo Nelly desde la entrada con una sonrisa amable—. Y recuerden algo: si necesitan cualquier cosa, no duden en pedirla —sus ojos grises fueron de mí hacia nana Edith—. Y cuando digo cualquier cosa, hablo desde lo más pequeño hasta lo más grande.
Mi nana llevó una mano a su pecho.
—Muchas gracias, señora Nelly... esto es demasiado.
—Nada de señora —corrigió ella con suavidad—. Llámame Nelly —luego me miró—. Sé que todo esto debe parecer abrumador, pero quiero que descansen. Mañana podemos ir de compras. El clima aquí es muy diferente al de Santa Marta y necesitarán ropa adecuada.
Bajé la mirada, incómoda.
—No quiero abusar de su amabilidad. Ya han hecho demasiado por nosotras.
Nelly soltó una pequeña risa.
—Nahela, cariño... no estás abusando de nada. Todo esto lo hacemos con mucho gusto.
No supe qué responder. No estaba acostumbrada a recibir ayuda sin que me cobraran algo a cambio.
No estaba acostumbrada a la bondad más que a la de mi nana.
—Buenas noches —dijo finalmente.
—Buenas noches —respondimos mi nana y yo al mismo tiempo.
Después de despedirse, nos mostró la habitación contigua destinada a mi nana.
—Por si se extrañan demasiado —bromeó antes de guiñarnos un ojo.
Mi nana sonrió por primera vez desde que habíamos llegado.
—Gracias, hija.
Cuando finalmente me quedé sola, me senté lentamente sobre la cama. Era tan suave que parecía abrazarme. Apreté entre mis dedos la sudadera negra que todavía conservaba conmigo.
Todavía olía a él.
Cerré los ojos inhalando su perfume.
Mi pecho se contrajo.
Él estaba bien, lo sabía. Nelly me lo había dicho. Ya debía haber llegado a Nueva York y aun así deseaba escuchar su voz. Solo una vez, para convencerme de que todo aquello había sido real, pero junto a ese deseo llegaron otros pensamientos mucho más oscuros.
La ira de José Joaquín. De seguro la hacienda está convertida en un caos. En todos los empleados que quizás estaban pagando las consecuencias de mi huida.
Las lágrimas rodaron silenciosas por mis mejillas, no sabía si sentir culpa o alivio. Tal vez ambas cosas.
Aquella noche dormí, pero no descansé lo suficiente..
...
Al día siguiente, unos suaves golpes en la puerta me despertaron.
—Señorita Nahela —escuché decir a una mujer del otro lado—. El desayuno está listo. Los señores Di Matteo ya la esperan en el comedor.
Me incorporé despacio. Había dormido más de lo que imaginaba.
—Gracias. Enseguida bajo.
Después de asearme, abrí el armario y contemplé la ropa nueva que Nelly había preparado para nosotras. Elegí algo sencillo y cuando terminé de arreglarme, llevé las manos hasta mi cabello oscuro, largo y rizado. Estuve tentada a dejarlo suelto, pero terminé recogiéndolo en una coleta alta, dejando algunos mechones alrededor de mi rostro.
Salí de mi habitación y fui directamente a la de nana Edith. Toqué, pero no hubo respuesta. Volví a tocar y nada. Frunciendo el ceño, giré la perilla, la habitación estaba impecable.
La cama perfectamente tendida.
Sonreí sin poder evitarlo.
—Claro... —murmuré—. Mi nana jamás sabe quedarse quieta.
Seguí el sonido lejano de voces y algunos aromas deliciosos hasta llegar finalmente al comedor.
Me detuve al verlo.
Nelly y Stiven ya estaban sentados y allí estaba también mi nana ayudando a acomodar algunas cosas.
—¡Nana! —exclamé.
Ella sonrió.
—Buenos días, mi niña.
Nelly soltó una pequeña carcajada.
—Intenté impedirlo, pero insistió en ayudar.
Stiven negó divertido.
—Creo que jamás había visto a alguien adaptarse tan rápido.
El desayuno era impresionante: Pan recién horneado, frutas, quesos, jamones, café, jugos naturales, postres pequeños y yogurt.
No sabía por dónde empezar.
—Buenos días, Nahela —saludó Stiven—. Espero que hayas descansado un poco.
—Sí, muchas gracias.
—¿Te gusta Italia hasta ahora?
Miré alrededor.
—Es hermosa.
—Y aún no has visto nada —comentó Nelly.
Mientras desayunábamos, notó mi peinado.
—Tienes un cabello precioso.
Llevé una mano hacia él.
—Gracias.
—¿Por qué lo llevas recogido?
Me encogí de hombros.
—Estoy acostumbrada.
Nelly se puso de pie.
—¿Me permites?
Asentí confundida.
Entonces, con movimientos suaves, retiró el elástico que sujetaba mi cabello y los rizos oscuros cayeron sobre mis hombros y espalda.
—Mucho mejor —declaró satisfecha.
Stiven sonrió.
—Ahora pareces menos dispuesta a huir y más a conquistar Italia.
No pude evitar reírme y fue extraño porque hacía mucho tiempo que no me reía de verdad.
...
Después del desayuno, comenzó una experiencia completamente nueva para mí.
Ir de compras.
Nelly parecía disfrutarlo enormemente. Entrábamos en una tienda, luego en otra y otra más.
Mi nana observaba maravillada.
—Virgencita santa... ¿cuánta ropa necesita una persona? —susurró.
Nelly soltó una carcajada.
—Toda la que quiera.
Yo me sentía fuera de lugar.
Cada vez que algo me gustaba, fingía indiferencia. No señalaba, no pedía, no escogía. Hasta que Nelly comenzó a darse cuenta.
—Te gustó ese abrigo.
—No.
—Sí te gustó.
—No necesito tanto.
Ella levantó una ceja.
—Nahela.
Suspiré.
—Es bonito.
Cinco minutos después, el abrigo estaba en una bolsa.
Y así ocurrió una y otra vez.
Botas.
Vestidos.
Suéteres.
Pijamas.
Perfumes.
Cosas sencillas y hermosas. Y poco a poco dejé de sentir vergüenza. Por primera vez en mi vida alguien quería consentirme y no porque esperara algo a cambio. Simplemente porque sí.
Cuando regresamos a la mansión ya había oscurecido. Estaba agotada, pero también ligera. Más ligera de lo que me había sentido en años.
Subí a mi habitación después de despedirme de todos. Sin embargo, antes de entrar, escuché que Nelly pronunciaba mi nombre.
—Nahela.
Me giré.
Ella sostenía un teléfono móvil entre las manos. Parecía haber estado hablando con alguien en privado, sus ojos grises brillaban con cierta diversión.
—Es para ti.
Parpadeé confundida.
—¿Para mí?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Sí —entonces extendió el teléfono hacia mí—. Es Gabriele.