El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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EL PRIMER DÍA
Catalina no durmió en toda la noche.
Dio vueltas en la cama desde las 2 de la mañana. El colchón viejo crujía cada vez que se movía. Afuera un perro ladraba y de vez en cuando pasaba un auto tirando agua.
"Hoy es el primer día" se repetía en la cabeza una y otra vez. "Hoy entras a trabajar para Damián. En su casa. En su mansión. No la cagues Catalina. Por favor no la cagues."
El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir por la boca. El estómago le dolía de los nervios. Tenía miedo. Miedo de hacerlo mal. Miedo de que Damián se arrepintiera. Miedo de volver a la calle a vender tamplin bajo la lluvia.
A las 4 am se rindió. Ya no podía dormir.
Se levantó con cuidado para no despertar a su mamá. El piso estaba helado. Fue al baño y se duchó con agua caliente. De la que salía gracias al calefactor nuevo que Damián les había regalado.
Mientras el agua le caía encima pensó en todo. En hace un mes cuando no tenía ni para el pan. En hace dos semanas cuando Damián le dio el saco. En hace una semana cuando le dio el celular. En hace 4 días cuando fue a su casa y le dio plata para el alquiler.
Y ahora esto. Un trabajo. 80 mil pesos.
"Es demasiado bueno para ser verdad" pensó. "Algo va a salir mal."
Salió de la ducha y se secó. Se puso el pantalón negro, el único que tenía que no estaba roto. La camisa blanca que le quedaba un poco grande. Se hizo dos trenzas bien apretadas para que no se le salieran mientras cocinaba. Se lavó la cara tres veces con agua fría para desinflamar las ojeras.
A las 6 am ya estaba despierta del todo. Le hizo té a su mamá. Le dio la pastilla de la diabetes.
"¿Estás nerviosa hija?" le preguntó su mamá viéndola caminar de un lado a otro.
"Un poco, mamá."
"Vas a estar bien. Nadie cocina como tú. Damián sabe lo que hace al contratarte."
Catalina asintió pero por dentro no estaba tan segura.
A las 7 am ya tenía lista su bolsa de tela. Adentro había puesto el delantal limpio, la cuchara de madera que era de su abuela, un cuaderno chiquito para anotar recetas, y un tupper vacío por si le daban comida para llevar a su mamá.
A las 7 y 30 ya estaba parada en la puerta. Mirando la calle. Con los nervios a flor de piel.
A las 7 y 55 escuchó el motor.
A las 8 am en punto, como si fuera un reloj, la camioneta negra frenó frente a su casa.
La ventana del acompañante se bajó lento. Era Damián.
Traje negro impecable. Camisa blanca. Corbata negra. Gafas de sol puestas aunque estaba nublado y hacía frío. Cara seria. Labios apretados. Como siempre.
"¿Lista?" preguntó con su voz grave.
Catalina tragó saliva. Tenía la boca seca. "Lista, Damián."
Se subió al auto. El asiento de cuero estaba frío. El auto olía a cuero nuevo y al perfume caro de Damián. Un olor que ya se le estaba quedando grabado.
Ninguno de los dos habló en los primeros 5 minutos. Catalina miraba por la ventana. Quilmes se fue quedando atrás. Pasaron por el mercado donde ella vendía. Pasaron por la plaza. Entraron a una zona de casas grandes. Con parques. Con árboles. Con rejas altas.
"¿Estás nerviosa?" preguntó Damián de repente sin mirarla.
"Un poco." Admitió Catalina.
"Es normal." Dijo él. "Pero no tienes por qué. Solo cocina."
"¿Y si no le gusta?"
Damián frenó en un semáforo y la miró por encima de las gafas. "Me va a gustar. Porque es tu comida."
Catalina se puso roja.
20 minutos después frenaron frente a un portón negro gigante de hierro. De esos que parecen de película.
Dos guardias con uniforme azul salieron rápido. "Buenos días señor Damián."
"Buenos días." Damián ni los miró. Solo levantó la mano.
El portón se abrió lento haciendo un ruido mecánico. Y Catalina vio la casa.
Blanca. De dos pisos. Con columnas grandes en la entrada. Con ventanas enormes. Con un jardín verde que parecía alfombra. Con una fuente en el medio tirando agua.
Se le cortó la respiración.
"Esto... esto es tu casa, Damián?" susurró.
"Mi casa." Dijo él, apagando el motor. "Entra."
Catalina se bajó temblando. Las piernas no le respondían. El piso del jardín estaba perfecto. Sin una hoja.
Entraron por la puerta principal. Era de madera gruesa con vidrio.
Adentro era peor. Mejor dicho, era más.
El piso era de mármol blanco que brillaba tanto que Catalina se veía reflejada. Había una escalera enorme en el medio con baranda dorada. Cuadros grandes en las paredes de gente que Catalina no conocía. Floreros gigantes con flores frescas rojas y blancas. Olía a limpio y a algo caro que Catalina no sabía identificar. A limón y a madera.
Una señora mayor de unos 60 años salió de una puerta lateral. Pelo canoso recogido, delantal blanco limpio, cara seria pero no mala.
"Buenos días, señor Damián." Dijo haciendo una reverencia chiquita.
"Buenos días Rosa." Damián señaló a Catalina. "Ella es Catalina. La nueva cocinera. De ahora en adelante ella se encarga de toda la cocina. Desayuno, almuerzo y cena."
Rosa miró a Catalina de arriba a abajo. Lento. Evaluándola de los pies a la cabeza.
Catalina se puso roja hasta las orejas. "Mucho gusto señora Rosa."
"Rosa." Corrigió la señora. "Yo me encargo de la limpieza y de ayudar en lo que necesites. Cualquier cosa me dices. ¿Entendido?"
"Sí señora... digo, sí Rosa."
Damián caminó y Catalina lo siguió como perrito perdido. Con miedo de tocar algo y romperlo.
"Esta es la cocina." Dijo abriendo una puerta doble blanca.
Catalina se quedó con la boca abierta. Literal.
Era gigante. Del tamaño de toda su casa más el patio.
Mesadas larguísimas de acero inoxidable que brillaban. Dos hornos empotrados. Una cocina industrial de 6 hornallas. Una heladera que parecía un placard de dos puertas. Licuadoras, batidoras, procesadoras, ollas de todos los tamaños que brillaban. Todo nuevo. Todo limpio. Todo caro.
"Aquí cocinas." Dijo Damián. "Desayuno 9 am. Almuerzo 1 pm. Cena 8 pm. Si hay invitados o reuniones te aviso con un día de anticipación. ¿Alguna pregunta?"
Catalina negó con la cabeza. No le salía la voz.
"Y Catalina..." Damián se dio vuelta. Se quedó serio mirándola. "Cocina como cocinas en el mercado. Sin miedo. Con ganas. Eso es lo que quiero de ti. No me defraudes."
Catalina sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Asintió. "No lo voy a hacer, Damián."
Rosa le hizo un recorrido completo. Le mostró la despensa que era más grande que su pieza. Le mostró dónde estaban los platos finos. Dónde estaban las ollas. Cómo funcionaba el horno nuevo digital. Dónde se tiraba la basura. Dónde estaba el freezer.
"El señor Damián es exigente" le dijo Rosa bajito mientras acomodaban. "Le gusta todo a su hora. Le gusta la comida caliente. Le gusta que esté limpio. Pero es buena persona. Solo que no habla mucho. No te asustes."
Catalina asintió. "Gracias Rosa."
A las 8 y 50 am Damián bajó otra vez a la cocina. Ya sin saco. Con las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta el codo. Se lo veía diferente. Más humano.
"¿Qué hay para desayunar?" preguntó yendo directo a la cafetera.
Catalina tenía todo listo. Estaba nerviosa pero lista. Había practicado en la cabeza 100 veces.
"Café. Tostadas con mermelada. Fruta picada. Y... y tamplin, Damián. Hice tamplin."
Damián se detuvo con la taza en la mano. Levantó una ceja. "Tamplin a las 9 de la mañana?"
Catalina se asustó. "Usted dijo que cocine como en el mercado. Y en el mercado la gente desayuna tamplin con café cuando hace frío..."
Damián se quedó callado 2 segundos. Después casi sonrió. Casi. "Bien. Sírvelo."
Catalina sirvió todo en una bandeja de plata. Le temblaban las manos. Puso el café, las tostadas, la fruta y 3 tamplin calientes.
Fueron al comedor. Una mesa enorme de madera para 10 personas. Con 10 sillas. Damián se sentó solo en una punta. Como siempre.
Catalina le sirvió y se quedó parada al lado, esperando. Con las manos atrás.
Damián comió en silencio. Leyendo el diario en el celular. Catalina contaba los segundos.
Terminó el café. Terminó las dos tostadas. Terminó los 3 tamplin.
Dejó la servilleta en la mesa. Se limpió la boca.
Catalina contuvo la respiración. Se le iba a salir el corazón.
"Está bueno." Dijo Damián sin mirarla. "El tamplin está bueno. Caliente."
Catalina sintió que volaba. Que flotaba. "Gracias, Damián."
"Gracias a ti por cocinar." Se levantó. "Tengo reuniones todo el día. Almuerzo a la 1 en punto. No faltes."
"No voy a faltar, Damián."
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Las horas entre las 9 y la 1 fueron eternas para Catalina.
Rosa le enseñó dónde comprar. Le dio una tarjeta. "El señor Damián paga todo. Usa esta tarjeta. No escatimes en la calidad."
Catalina fue al mercado más caro que había visto. Compró carne de vaca, pollo, verduras frescas, fruta. Gastó sin miedo. Era raro. Siempre había contado las monedas.
Volvió a las 12 y se puso a cocinar.
A la 1 pm en punto tenía listo: milanesas de pollo finitas, puré de papas cremoso, ensalada fresca y flan casero de postre.
Damián llegó a la 1 y 5. Se veía cansado. Se sacó el saco y lo tiró en una silla. Se aflojó la corbata.
"¿Qué hay?" preguntó yendo directo a lavarse las manos.
"Milanesas, Damián. Y flan de postre."
Se sentó. Comió todo. Sin hablar. Como siempre. Pero comió rápido. Con ganas.
Cuando terminó se recostó en la silla y cerró los ojos 2 segundos. Suspiró.
"Está bueno." Volvió a decir. "Muy bueno. El flan también."
Catalina sonrió sola en la cocina mientras lavaba.
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A las 5 pm Damián bajó otra vez. Ya se había cambiado. Estaba con un buzo negro.
"¿Ya terminaste por hoy?"
Catalina se limpió las manos en el delantal. "Sí. Dejé todo listo para mañana. La cena está en el horno. Solo hay que calentarla a las 8."
Damián asintió. Metió la mano al bolsillo del saco y sacó un sobre blanco grueso.
"Tu adelanto. 40 mil pesos."
Catalina lo agarró. Pesaba. Mucho. "¿40 mil?"
"La mitad del sueldo. Para que no te preocupes este mes. Para tu mamá. Para lo que necesiten."
Catalina tenía lágrimas en los ojos. "Gracias Damián. De verdad. No sabe la falta que me hace. Con esto le compro 3 meses de insulina a mi mamá."
"Guárdalo bien." Dijo él serio. "Y mañana 8 am. Puntual."
"Puntual. Se lo prometo."
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En el auto de vuelta, Catalina no soltaba el sobre. Lo tenía abrazado.
"¿Estás cansada?" preguntó Damián manejando.
"Un poco. Pero feliz. Es raro. Hace mucho no me sentía así."
"Bien. Necesito que estés bien para cocinar bien."
Catalina se rió bajito. "Tiene razón."
La dejó en su casa a las 5 y 40.
Catalina entró corriendo. "¡Mamá! ¡Mamá mira!"
Le dio 20 mil pesos a su mamá. "Para la insulina. Para el mes que viene. Y para lo que necesites. Y me quedan 20 mil guardados."
Su mamá agarró la plata y se puso a llorar. Fuerte. "Hija... hija mía. Dios te va a bendecir mucho por esto. Mucho."
Catalina la abrazó fuerte. "Ahora estamos bien, mamá. De verdad estamos bien. No nos va a faltar nada."
Esa noche cenaron pollo con papas. De verdad. No fideos. No arroz. Pollo.
Catalina se metió a la cama a las 10 pm. Exhausta. Feliz. Con el cuerpo dolorido de estar parada todo el día pero con el corazón contento.
Tenía trabajo. Tenía 20 mil ahorrados. Tenía comida. Tenía calefactor. Tenía obra social.
Tenía a Damián confiando en ella.
Pero mientras se dormía abrazada al saco de Damián que todavía guardaba pensó:
Cada día Damián está más cerca.
Cada día me da más.
Cada día me cuida más.
Cada día confía más en mí.
¿Hasta dónde va a llegar?
¿Y hasta dónde quiero yo que llegue?
Porque algo en el pecho le decía que esto ya no era solo trabajo.
Era algo más. Algo que daba miedo. Algo que daba esperanza.
Y eso daba más miedo que cocinar para 10 personas.
**FIN CAPÍTULO 10**