Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cinco minutos
El domingo era el único día de la semana en que Blackwood parecía una escuela normal.
Las clases estaban suspendidas.
No había entrenamientos obligatorios.
Los estudiantes paseaban por los jardines, leían bajo los árboles o aprovechaban para dormir un poco más.
Pero había una tradición que todos esperaban.
Las llamadas a casa.
Debido al reglamento de la academia, los teléfonos personales permanecían guardados durante la semana para evitar distracciones. Solo los domingos, durante unas horas, los alumnos podían utilizar las cabinas telefónicas del edificio administrativo o recuperar sus celulares por unos minutos para hablar con sus familias.
Cada estudiante tenía exactamente cinco minutos.
Ni uno más.
Ni uno menos.
Alma llevaba casi veinte minutos haciendo fila.
No dejaba de mirar el reloj.
Delante de ella había seis estudiantes.
Detrás, al menos diez más.
Algunos sonreían emocionados.
Otros ensayaban mentalmente lo que iban a decir.
Ella sostenía una pequeña hoja donde había anotado todo lo que quería contar.
“Estoy bien.”
“La comida es rica.”
“Hice una amiga.”
“No se preocupen por mí.”
Sabía que cinco minutos no alcanzarían.
Nunca alcanzaban.
—¿Muy nerviosa?
Olivia apareció con dos vasos de chocolate caliente.
Le tendió uno.
—Gracias.
—Llevas mirando el reloj desde que llegamos.
Alma sonrió.
—Hace una semana que no hablo con ellos.
—Los vas a tranquilizar.
—Eso espero.
En realidad, no estaba segura.
Había demasiadas cosas que no podía contar.
¿Cómo iba a explicar que una parte de la escuela estaba prohibida?
¿O que todos evitaban hablar de una estudiante desaparecida?
No.
Eso solo preocuparía a su madre.
⸻
Poco a poco la fila fue avanzando.
—Siguiente.
El corazón de Alma empezó a latir con fuerza.
Solo quedaba una persona delante de ella.
Una chica salió de una de las cabinas secándose discretamente una lágrima.
El encargado hizo una marca en una lista.
—Rivera.
Adelante.
Alma respiró hondo y entró.
La cabina era pequeña.
Solo había una silla, un teléfono y un reloj digital colocado frente a la pared.
05:00
Esperó a que marcaran el número.
Un tono.
Dos.
Tres.
Hasta que alguien respondió.
—¿Hola?
Los ojos de Alma se llenaron de lágrimas al instante.
—¡Mamá!
—¡Alma!
La voz de su madre sonaba emocionada.
—¿Cómo estás? ¿Comes bien? ¿Te tratan bien?
Las preguntas llegaron todas juntas.
Alma no pudo evitar reír.
—Sí, mamá. Estoy bien.
Muy bien.
Escuchó otra voz al fondo.
—¡Pasámela!
Era su hermano.
—¡Enana!
—¡No me digas así!
—¿Ya te echaron?
—Todavía no.
Los tres rieron.
Durante unos minutos hablaron de todo un poco.
Su barrio.
Los vecinos.
Su perro, que seguía durmiendo en la puerta de su habitación esperándola.
Su madre le contó que había conseguido más horas de trabajo.
Su hermano le prometió que estaba estudiando para no hacerla quedar mal.
Alma escuchaba en silencio.
Era extraño.
Solo llevaba una semana lejos.
Pero sentía que había pasado un mes.
El reloj marcó un minuto restante.
Su sonrisa se apagó un poco.
—Mamá…
—¿Sí?
—Los extraño.
Del otro lado hubo un breve silencio.
—Nosotros también, hija.
Pero recuerda por qué estás ahí.
Tú luchaste mucho por esa beca.
No dejes que el miedo te haga olvidar todo lo que eres capaz de hacer.
Alma respiró profundamente.
—Lo sé.
—Estamos orgullosos de vos.
Muchísimo.
Las lágrimas terminaron por escapar.
Intentó que no se notara.
No quería que su madre la escuchara llorar.
El reloj llegó a los últimos diez segundos.
—Te queremos.
—Yo también.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
—Cuidate.
Dos.
Uno.
La llamada se cortó automáticamente.
El silencio regresó a la cabina.
Alma permaneció unos segundos con el teléfono aún apoyado contra la oreja.
Hasta que dejó escapar el aire lentamente.
Cuando salió, Olivia seguía esperándola en el pasillo.
No hizo ninguna pregunta.
Simplemente le extendió un pañuelo de papel.
—Lloraste.
—Un poquito.
Olivia sonrió.
—Yo también lloro cada domingo.
Las dos comenzaron a caminar hacia los jardines.
Mientras atravesaban el patio principal, Alma levantó la vista por casualidad hacia el edificio administrativo.
En una de las ventanas del segundo piso distinguió a Adrián.
Estaba de espaldas, sosteniendo un teléfono.
No hablaba.
Solo permanecía inmóvil.
Como si esperara que alguien respondiera al otro lado.
Un segundo después, bajó lentamente el auricular y salió de la habitación.
Su expresión era la misma de siempre.
Seria.
Tranquila.
Pero había una tristeza tan profunda en sus ojos que Alma sintió un nudo en el pecho.
Sin saberlo, aquel era el primer domingo en cinco años en que Adrián había intentado marcar un número que ya no existía.
Porque, desde la desaparición de Isabella, seguía conservando el viejo teléfono de su hermana… aunque sabía perfectamente que nadie respondería.