Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
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Capitulo 18
La mañana en las caballerizas de la mansión olía a heno fresco, cuero caro y a esa libertad controlada que solo el dinero puede diseñar.
Dante caminaba con las manos en los bolsillos de su pantalón de montar, observando cómo sus hijos se detenían frente a los boxes de los sementales árabes. No era un paseo de domingo; era un examen de carácter.
Victoria caminaba un paso detrás, con los brazos cruzados, sintiendo el sol de la mañana como una amenaza. Sabía que Dante no hacía nada por simple placer. Cada caballo, cada coche en el garaje de cristal, era una herramienta de seducción para atraer a los niños hacia su mundo de poder.
—Este es Aries —dijo Dante, señalando a un semental negro como el azabache que relinchó al sentir su presencia—. Es un animal noble, pero solo responde a quien no le teme. Como un Moretti, León.
León se acercó a la reja. No extendió la mano con timidez; simplemente se quedó allí, mirando al animal a los ojos. Hubo un reconocimiento silencioso entre el niño y la bestia. Cristo, por su parte, examinaba los herrajes y la estructura de la caballeriza, calculando la fuerza necesaria para abrir las pesadas puertas de madera.
—Es un buen caballo —sentenció León—. Pero prefiero los motores. Hacen menos ruido cuando quieres moverte rápido.
Dante soltó una carcajada corta. Conducirlos al garaje fue el siguiente movimiento. Allí, alineados como trofeos de guerra, descansaban los Ferraris, Lamborghinis y SUVs blindados. El brillo del metal y el olor a gasolina de alto octanaje parecieron encender algo en los ojos de León.
Al final de la galería de autos, sobre una mesa de madera rústica, descansaba un estuche de fibra de carbono. Dante lo abrió con una reverencia casi religiosa. Dentro, relucía una ballesta de competición profesional, pero adaptada en tamaño: una pieza de ingeniería en negro mate, ligera y letalmente precisa.
—Dante, dijiste que veríamos los caballos —intervino Victoria, su voz cargada de una urgencia desesperada—. No les des eso. Son niños.
—Es un juguete, Victoria —respondió Dante, aunque el peso del objeto decía lo contrario—. Una ballesta de poleas con puntas de ventosa. Es para practicar la concentración. Un hombre que no sabe enfocar su mirada en un objetivo, nunca llegará a ser dueño de su destino.
Dante le entregó el arma a León. El niño la tomó con una naturalidad que heló la sangre de Victoria. No la sopesó con torpeza; sus manos se acomodaron en la empuñadura como si hubieran sido moldeadas para ella.
—Hay una diana a cincuenta metros, al final del pasillo de las caballerizas —indicó Dante, señalando un círculo rojo pintado sobre una paca de paja—. Intenta darle al centro, cachorro. No es tan fácil como parece. El viento y tu propia respiración son tus enemigos.
Victoria se colocó al lado de su hijo, tratando de poner una mano en su hombro para detenerlo, pero León se zafó con suavidad. Estaba en trance. Su postura cambió: separó los pies, alineó los hombros y apoyó la mejilla en la culata.
En ese momento, Victoria no vio a su pequeño niño de San Vicente. Vio a Dante. Vio la misma fijeza depredadora, la misma calma glacial antes del ataque.
León contuvo la respiración. El silencio en la caballeriza se volvió absoluto.
Click.
El proyectil salió disparado con un silbido sordo. Atravesó los cincuenta metros en un suspiro y se clavó con un golpe seco exactamente en el corazón de la diana. El centro perfecto.
Cristo asintió, como si hubiera calculado la trayectoria en su mente antes de que ocurriera. Dante, por su parte, no aplaudió. Se quedó inmóvil, con una expresión de triunfo tan profunda que resultaba aterradora.
—Otra vez —ordenó Dante.
León cargó la ballesta de nuevo. Sus movimientos eran fluidos, mecánicos, desprovistos de la vacilación infantil. Disparó por segunda vez. El proyectil se clavó justo encima del anterior, rompiendo la ventosa del primero. Un doble centro perfecto.
Victoria retrocedió, tapándose la boca con la mano. El miedo que sentía no era por el arma, sino por la facilidad con la que su hijo se había adaptado a ella. La "sangre Moretti" no era solo un mito; era una puntería innata, una predisposición para la violencia elegante que ella no podía borrar con cuentos de paz.
—¡Basta! —gritó Victoria, arrebatándole la ballesta a León—. No es un juego, Dante. Estás celebrando que sea capaz de matar antes de que aprenda a pedir perdón.
—Estoy celebrando que es un prodigio, Victoria —replicó Dante, acercándose a ella, sus ojos brillando con una ambición renovada—. Mira su rostro. No está asustado. Está orgulloso. Ha encontrado algo en lo que es mejor que cualquier adulto en esta propiedad.
León miraba a su padre con una mezcla de desafío y reconocimiento. Por primera vez, el niño sentía que Dante le estaba dando algo que su madre no podía: poder.
Mientras sus padres discutían, Cristo se acercó a la diana. No miró las flechas; miró el ángulo desde el cual León había disparado. Se giró hacia el bosque que rodeaba la propiedad.
—Desde aquí se puede ver la torre de vigilancia sur —susurró Cristo para que solo León lo escuchara—. Si usáramos esto con algo más pesado, podríamos inutilizar los focos de luz sin que nadie se diera cuenta.
León miró a su hermano y asintió. La protección de su madre seguía siendo su misión principal, pero ahora tenían "juguetes" que Dante les estaba entregando sin saber que serían usados para vigilarlo a él también.
Dante rodeó a León con el brazo, un gesto de afecto que se sentía como la imposición de una corona.
—Mañana probaremos con algo que tenga más alcance —dijo Dante—. Victoria, puedes intentar detenerlo, pero el talento no se puede ocultar bajo una falda. León ha nacido para el mando.
Victoria se quedó sola en el pasillo de las caballerizas mientras Dante se alejaba con los niños, hablándoles de trayectorias y calibres. El sol de la mañana ya no calentaba; era una luz fría que revelaba la verdad. Su hijo mayor acababa de descubrir su mayor talento, y era el talento que más hombres había enviado a la tumba en la familia Moretti.
Victoria recogiendo uno de los proyectiles del suelo, dándose cuenta de que la puntería de León no era suerte, sino herencia. Y en esta casa, la herencia era una sentencia de muerte para la inocencia.
casi me termino las uñas 😂
Y están los niños sus hijos..
Ella se equivocó el también.
Su amor está ahí , a pesar de todo .
El que perdona , es el que más ama..