Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 9 El regreso y el fin de un trato
Pasaron los días y mi cuerpo respondió bien al tratamiento.
La pulmonía se fue retirando poco a poco, hasta que esa mañana el médico entró con una carpeta en la mano y una sonrisa clara.
—Hoy es el día —anunció—.
Los análisis son perfectos, ya respiras por ti misma sin ayuda, no hay rastro de infección.
Puedes volver a casa.
Solo debes reposo por unos días más y seguir con los cuidados.
Sentí una alegría inmensa al escuchar eso.
Por fin volvería a ver a mis hijos, a estar en mi hogar.
Miré hacia él, que estaba parado cerca de la puerta, y vi que su rostro seguía tan serio como siempre, aunque sus manos, escondidas a los costados, se apretaban en puños con fuerza contenida.
—Lo escuchaste —me dijo con su tono habitual, seco y firme—.
Preparémonos.
Ayudó a arreglar mis cosas, me abrigó muy bien con una manta gruesa y me tomó del brazo con firmeza al caminar hacia la salida.
En el auto no dijo una palabra, mantuvo la mirada al frente, pero su mano buscó la mía y la apretó con tanta fuerza que casi me dolió, como si temiera que desapareciera si me soltaba un segundo.
Al llegar a la mansión, la puerta se abrió de golpe y Cristian y Alana salieron corriendo hacia mí, llorando de alegría.
—¡Mamá! —gritaron abrazándome con fuerza, pero con cuidado de no lastimarme.
Él se detuvo un paso atrás, dejando que nosotros nos abrazáramos, y solo intervino bajito:
—Con cuidado, recuerden que mamá todavía está recuperándose.
Me ayudó a entrar y me llevó directamente a mi habitación.
Todo estaba ordenado, limpio y listo, como si hubiera estado esperando este momento desde que me llevaron.
—Todo está aquí —dijo—. Para que no tengas que moverte mucho.
Más tarde, cuando los niños se fueron a dormir la siesta, cerró la puerta despacio y giró la llave, luego se giró hacia mí con una expresión decidida y tajante.
Se acercó un poco más y me miró fijamente a los ojos, y por primera vez vi algo más que seriedad:
vi miedo, un miedo profundo que intentaba disfrazar de autoridad.
—Escúchame bien —me dijo con voz fría y sin rodeos—.
Hoy se acaba el trato.
Desde hoy ya no hay acuerdos, ni distancias, ni excusas.
Soy tu esposo, y vas a empezar a hacer tu trabajo de mujer como corresponde.
A partir de ahora vamos a empezar a dormir juntos en esta misma cama, y vamos a ver si buscamos un hermanito para los niños.
Me quedé helada, sin saber qué responder ante esas palabras tan directas y duras.
Intenté decir algo, pero él levantó la mano para callarme, y su voz se endureció aún más, aunque se le quebró apenas al final:
—No hay discusiones —añadió con firmeza—.
Está decidido.
Ya vi lo que pasa cuando no estoy cerca, cuando te dejo sola.
No voy a correr ese riesgo nunca más.
No te dejaré ir, no te perderé.
No esperó mi aprobación, solo comenzó a acomodar sus pertenencias en la habitación, dejando claro que su decisión era definitiva y que nada la haría cambiar.
Y aunque hablaba de obligaciones y deberes, yo entendí la verdad:
aquel día en que te vio caer sin vida al suelo, el miedo le ganó a su orgullo, y ahora prefería imponerse a perderte para siempre.