Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capítulo 20
Leonardo
—Señor
una voz nos interrumpió. Una mujer joven, con un cochecito de bebé, nos sonreía con la confianza de quien se acerca a desconocidos en un parque.
—Qué preciosidad de mellizos. ¿Cuánto tiempo tienen?
El momento se rompió. Vale se apartó un paso, y yo la dejé ir porque no sabía qué otra cosa hacer.
—Ocho meses
respondí, con la voz más ronca de lo que quería.
—Qué bonitos
la mujer se inclinó sobre los columpios, mirando a Tomas y Lucía con esa expresión de ternura que los bebés provocaban en los desconocidos.
—Y qué suerte tienen, con unos padres tan jóvenes. Se les ve muy unidos.
Padres. Nos había llamado padres. A Vale y a mí.
—Nosotros...
empecé.
—Gracias
dijo Vale, antes de que pudiera terminar la frase. Me miró con una expresión que no supe descifrar, y luego se volvió hacia la mujer con una sonrisa que no le había visto antes.
—Sí, son muy buenos niños.
La mujer siguió su camino, dejándonos solos con los columpios y el silencio.
—¿Por qué no le has dicho que no somos...?
pregunté.
—No sé
dijo Vale, con la mirada fija en Lucía.
—Supongo que no quise hacer una escena.
—Vale...
—¿Podemos no hablar de esto? Por favor.
Quise insistir. Quise decirle que no me había molestado que nos confundieran, que me había gustado, que me había gustado tanto que aún sentía el eco de la palabra en el pecho.
Pero la forma en que se alejó, el modo en que sus hombros se tensaron cuando la mujer nos llamó padres, me detuvieron.
—Está bien
dije.
—No hablamos de eso.
El camino de regreso al penthouse fue silencioso.
Los mellizos dormían en el cochecito, agotados por la emoción de los columpios. Vale caminaba a mi lado con la bolsa al hombro, mirando al frente, con una expresión que no lograba descifrar.
Cuando llegamos al edificio, el portero nos saludó con una sonrisa cómplice.
—Buenos días, señor Fontana. Buenos días, señora. Hermoso día para pasear a los pequeños.
Señora. Otra vez.
—Buenos días, Giollo
dijo Vale, sin corregirlo, pero con voz amenazante.
En el ascensor, solos, con los mellizos durmiendo y el zumbido del motor llenando el silencio, no pude contenerme más.
—No te has molestado
dije.
—Que Giollo te llamara señora.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no vale la pena corregir a todo el mundo. Porque destaba bromeando y entro de una semana ni siquiera se va a acordar. Porque...
—Porque nada
la interrumpí, acorralándola contra la pared del ascensor sin tocarla, solo con la cercanía.
—Porque te gustó. Tanto como a mí.
Sus ojos se abrieron. Sus labios se separaron. Y en su mirada vi que no podía negarlo.
—Leonardo...
—Desde aquel día en la cocina
dije, con la voz baja, tan baja que casi no me oía.
—Desde que Tomas dijo mama mirándote. Desde la foto de la entrada. Desde que te veo jugar con ellos en la alfombra. Sé que sientes algo. No me digas que no.
—No voy a decirte que no.
—Entonces...
—Pero tampoco voy a decirte que sí
me interrumpió, con la voz firme aunque sus ojos brillaban.
— Porque esto no es un cuento de hadas, Leonardo. Porque tú eres el heredero de Fontana Moda y yo soy la chica que limpia tu casa. Porque en cualquier momento tu familia se va a cansar de mí, o tú te vas a cansar de mí, y yo no voy a poder seguir viniendo aquí como si nada.
—Mi familia no se va a cansar de ti. Yo no me voy a cansar de ti.
—No lo sabes. No puedes saberlo. Llevamos ocho semanas. Ocho semanas en las que has estado asustado y solo y yo he sido la única persona que te ha ayudado. Eso no es amor. Es dependencia.
—¿Y qué es lo que sientes tú?
pregunté, con la voz tan tensa que casi se rompía.
—¿Lástima?
Ella me miró. Y en sus ojos, en esos ojos marrones que había aprendido a leer como si fueran los míos, vi la verdad antes de que saliera de sus labios.
—Miedo
dijo.
— Siento miedo. Porque si esto es real, si esto es verdad, entonces no sé qué voy a hacer cuando deje de serlo. Y va a dejar de serlo. Siempre deja de serlo.
El ascensor llegó a nuestro piso. Las puertas se abrieron. Vale salió primero, empujando el cochecito con los mellizos dormidos, y yo me quedé un segundo más, respirando hondo, intentando encontrar las palabras que pudieran convencerla.
No las encontré.
Pero cuando entré al penthouse, cuando vi a Vale inclinada sobre el cochecito, arropando a Lucía con una mantita con la misma ternura con la que lo había hecho desde el primer día, supe que no iba a rendirme.
No podía rendirme. Porque por primera vez en mi vida, había encontrado algo que valía la pena pelear.
Y aunque ella tuviera miedo, aunque el mundo entero estuviera en contra, iba a esperar. Iba a demostrarle que no era un capricho. Que no era dependencia. Que era ella. Siempre ella.
—Mañana
dije, desde la puerta.
—¿Vienes mañana?
Vale se enderezó, me miró, y en sus ojos vi que también había tomado una decisión.
—Mañana voy a llegar tarde. Tengo un examen por la mañana. Pero después vengo.
—¿Quieres que te lleve, Al examen?
—No. No quiero que nadie me vea bajando de tu coche.
—Entonces, ¿cómo vas a venir?
—En autobús. Como siempre.
—Vale...
—Leonardo
me interrumpió, con una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
—. Déjame hacer las cosas a mi manera. Por favor.
Asentí. No era lo que quería, pero era lo que necesitaba oír.
—Está bien
dije.
—Mañana vienes cuando puedas. Yo me quedo con ellos.
—¿Vas a poder solo?
—He aprendido de la mejor.
Ella sonrió. Esa sonrisa completa, con los dientes, con los ojos, con la pequeña arruga en la comisura de los labios que me volvía loco. Y por un segundo, solo un segundo, el penthouse dejó de ser un lugar de paso y se convirtió en el único sitio del mundo donde quería estar.