Durante siglos, los clanes de los vampiros y de los hombres lobo han vivido consumidos por el odio.
Todos creen que el antiguo rey de los vampiros @s3s1nø a la esposa del Alfa durante una Noche de Luna Roja. Como venganza, el Alfa m@tø a la reina vampira un día después del nacimiento de su hija, Aylin.
Lo que nadie sabe es que aquella mu3rt3 fue una mentira.
La esposa del Alfa fingió su fallecimiento para escapar con el lobo del que realmente estaba enamorada, dejando atrás a un cachorro recién nacido
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EL NIÑO SIN NOMBRE
La noche cubría el Reino Nocturno con su habitual manto de oscuridad.
Las enormes puertas del castillo permanecían abiertas.
Decenas de guardias vigilaban la entrada principal.
Todo transcurría con normalidad...
Hasta que uno de los centinelas levantó la vista hacia el camino.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¡El rey ha regresado!
Las trompetas resonaron por todo el castillo.
Los sirvientes comenzaron a salir.
Los consejeros abandonaron la sala principal.
Las doncellas se reunieron en la escalinata.
Todos esperaban recibir al rey.
Sin embargo...
Cuando Draven cruzó las puertas...
No venía solo.
Llevaba a un pequeño niño dormido entre sus brazos.
El murmullo fue inmediato.
—¿Un niño?
—¿Quién es?
—Nunca lo había visto.
—¿Es un príncipe?
—No...
No se parece a la familia real.
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El capitán de la guardia se acercó rápidamente.
Hizo una profunda reverencia.
—Bienvenido, Majestad.
Después observó al pequeño.
—¿Quién es este niño?
Draven respondió con serenidad.
—Lo encontré solo en el bosque.
Los presentes intercambiaron miradas.
—¿Solo?
El rey asintió.
—Abandonado.
El silencio cayó sobre todos.
Entre los vampiros...
Aquello era impensable.
Abandonar a un cachorro era considerado uno de los actos más crueles que podían cometerse.
Una anciana sirvienta llevó una mano a su pecho.
—Pobrecito...
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El pequeño comenzó a moverse.
Abrió lentamente los ojos color rubí.
Miró a su alrededor.
Todo era nuevo.
El enorme castillo.
Los altos muros.
Las antorchas iluminando los pasillos.
Los rostros desconocidos.
Instintivamente...
Se aferró un poco más a la ropa de Draven.
El rey notó el gesto.
Con voz tranquila dijo:
—No tengas miedo.
Ya estás a salvo.
El niño no respondió.
Solo ocultó parte de su rostro contra el pecho del rey.
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En ese momento...
Una pequeña voz rompió el silencio.
—¿Papá?
Todos giraron la cabeza.
La pequeña Aylin bajaba las escaleras acompañada por una doncella.
Llevaba un pequeño vestido azul oscuro.
Su largo cabello negro caía suavemente sobre su espalda.
Sus ojos rubí brillaban de curiosidad.
Corrió hasta su padre.
Pero al verlo cargar a otro niño...
Se detuvo.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Quién es?
Draven sonrió con dulzura.
—Lo encontré en el bosque.
Estaba completamente solo.
Aylin observó al pequeño.
Él también la miró.
Ninguno dijo una palabra.
La niña sonrió primero.
—Hola.
Soy Aylin.
El pequeño permaneció en silencio.
Parecía demasiado nervioso para responder.
Aylin no insistió.
Simplemente volvió a sonreír.
—No te preocupes.
Aquí nadie te hará daño.
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Las palabras de la princesa parecieron tranquilizarlo un poco.
El niño dejó de esconderse.
Observó nuevamente el castillo.
Luego miró a Draven.
Su voz salió apenas como un susurro.
—¿...Me voy a quedar aquí?
Draven respondió sin dudar.
—Sí.
Hasta que descubramos quién eres.
Y si nadie viene por ti...
No volverás a estar solo.
El pequeño bajó lentamente la cabeza.
Por primera vez en muchos días...
Sintió que alguien realmente se preocupaba por él.
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Minutos después...
Todo el consejo fue convocado.
Los ancianos permanecían alrededor de la gran mesa de piedra.
El niño estaba sentado junto a Draven.
Aylin ocupaba una silla a su lado.
La princesa no dejaba de observarlo.
Con curiosidad.
Pero también con compasión.
El consejero mayor habló primero.
—Majestad...
¿Encontró algún símbolo familiar?
¿Algún escudo?
¿Alguna marca?
Draven negó.
—Nada.
Solo una vieja manta.
La colocó sobre la mesa.
Era sencilla.
No tenía bordados.
Ni emblemas.
Ni nada que indicara su procedencia.
Otro anciano suspiró.
—Será muy difícil encontrar a su familia.
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Uno de los consejeros miró al pequeño.
—¿Recuerdas tu nombre?
El niño permaneció varios segundos en silencio.
Finalmente negó lentamente.
—No...
No lo recuerdo.
El salón quedó completamente callado.
Había olvidado incluso eso.
El anciano volvió a preguntar.
—¿Recuerdas dónde vivías?
Otra vez negó.
—No...
Solo...
El bosque.
Draven comprendió que interrogarlo no serviría de nada.
Todavía estaba asustado.
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Aylin se levantó de su asiento.
Se acercó lentamente al pequeño.
Después sacó de uno de sus bolsillos una pequeña figura de madera con forma de murciélago.
Era uno de sus juguetes favoritos.
Lo sostuvo frente al niño.
—Puedes quedártelo.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Es... para mí?
Aylin asintió con una gran sonrisa.
—Sí.
Así ya no estarás solito.
El pequeño tomó la figura con mucho cuidado.
Como si fuera un tesoro.
Después...
Por primera vez...
Sonrió.
Era una sonrisa pequeña.
Pero suficiente para iluminar su rostro.
Las doncellas sonrieron emocionadas.
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La anciana encargada de los niños se acercó al rey.
—Majestad...
Prepararemos una habitación para él.
Draven negó suavemente.
—No.
Dormirá cerca de la habitación de Aylin.
Hasta que vuelva a sentirse seguro.
La mujer hizo una reverencia.
—Como ordene.
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Esa noche...
El pequeño recorrió lentamente los pasillos acompañado por una doncella.
Todo le parecía inmenso.
Las paredes.
Las ventanas.
Las enormes lámparas.
Aylin caminaba junto a él.
—¿Tienes miedo?
Él dudó unos segundos.
Después asintió.
La princesa sonrió.
—Yo también tenía miedo cuando era más pequeña.
Pero papá dice que este castillo protege a todos.
El niño observó el enorme techo.
—¿De verdad?
—Sí.
Y además...
Aquí hacen un pastel muy rico.
Él soltó una pequeña risa.
Aylin sonrió satisfecha.
Había conseguido hacerlo reír otra vez.
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Desde una ventana del segundo piso...
Draven observaba a ambos niños.
El consejero mayor se colocó a su lado.
—La princesa parece haberle tomado cariño muy rápido.
El rey asintió.
—Tiene el corazón de su madre.
El anciano sonrió.
—Quizá eso era justamente lo que ese pequeño necesitaba.
Draven volvió a mirar al niño.
Todavía no sabía quién era.
Ni por qué había sido abandonado.
Pero una cosa tenía clara.
Mientras permaneciera bajo su techo...
Nadie volvería a hacerle daño.
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Aquella noche...
Los dos pequeños se despidieron frente a sus habitaciones.
Aylin levantó una mano.
—Buenas noches.
El niño hizo lo mismo.
—Buenas noches...
Princesa.
Ella negó rápidamente con una sonrisa.
—Solo dime Aylin.
Él asintió.
—Está bien...
Aylin.
La niña entró feliz a su habitación.
El pequeño hizo lo mismo.
Abrazando con fuerza el pequeño murciélago de madera que ella le había regalado.
Por primera vez desde que despertó solo en el bosque...
No lloró antes de dormir.
Y mientras el Reino Nocturno recibía a un misterioso niño sin nombre...
Muy lejos de allí...
En el territorio de los hombres lobo...
Lev contemplaba la misma luna desde la ventana de su habitación.
Sin que ninguno de los dos lo supiera...
El destino seguía reuniendo, poco a poco, a quienes algún día cambiarían el futuro de ambos clanes.