Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena.
Capítulo 17: Elena
El día de tu boda, el mundo se detiene. No hay pasado, no hay futuro, solo el presente. Solo el momento en que miras a los ojos de la persona que amas y sabes que, pase lo que pase, has tomado la decisión correcta.
Desperté con el sol entrando por la ventana y el sonido de las olas acariciando la orilla. Mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. Hoy era el día. El día en que todo cambiaría. El día en que Mateo y yo nos convertiríamos en marido y mujer.
¿Estás despierta?,preguntó Isabel asomando la cabeza por la puerta.
Sí, mamá. No he podido dormir.
Yo tampoco dijo, entrando con una bandeja de desayuno. He traído té y tostadas. Tienes que comer algo antes de que comience el caos.
Me incorporé y tomé la taza de té. El aroma a manzanilla me calmó los nervios.
¿Está todo listo?, pregunté.
Todo. Rosario está decorando la playa. Diego ha llegado y está ayudando a Mateo con los últimos preparativos. Lucía ya está vestida y no para de saltar de emoción. Solo falta tú.
¿Y Mateo?
Mateo está... nervioso. Pero contento. Muy contento.
Sonreí. Saber que él también estaba nervioso me tranquilizaba. No estaba sola en esto.
Después del desayuno, Isabel me ayudó a vestirme. El vestido era sencillo, de un blanco marfil que complementaba perfectamente el color de mi piel. Era largo, con un escote suave y mangas de encaje que caían hasta mis muñecas. No era un vestido de princesa. Era un vestido de mujer, de alguien que había sobrevivido al infierno y había salido fortalecida.
Eres hermosa, hija... dijo Isabel, con los ojos llenos de lágrimas. Tu padre estaría tan orgulloso de ti.
¿Crees que me está viendo?, pregunté, y mi voz era un susurro.
Estoy segura de que sí. Y estoy segura de que está sonriendo.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de gratitud. De saber que, después de todo, el amor había ganado.
Lucía entró en la habitación con su vestido rosa y lazos, y su sonrisa iluminó todo el cuarto.
¡Mami, estás preciosa! gritó, corriendo hacia mí. Papá va a llorar cuando te vea.
¿Crees que va a llorar?, pregunté, riendo.
Estoy segura. Rosario dice que los hombres siempre lloran en las bodas.
Rosario tiene razón dijo Isabel, arreglando el velo de Lucía. Los hombres lloran. Y Mateo es un hombre muy sensible, aunque no lo demuestre.
La ceremonia comenzó al atardecer.
El sol se estaba poniendo sobre el mar, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. La playa estaba decorada con flores blancas y conchas marinas, y una alfombra roja conducía hacia un arco de madera cubierto de rosas. Diego, que oficiaba la ceremonia, esperaba junto al arco con una sonrisa cómplice.
Y allí, al final de la alfombra, estaba Mateo.
Llevaba un traje gris claro, el mismo color que había usado el día de la notaría. Pero su expresión era completamente distinta. No había control ni distancia. Solo amor. Amor puro y sincero, reflejado en sus ojos verdes que no se apartaban de los míos.
Lucía caminó delante de mí, esparciendo pétalos de rosa con una seriedad que me hizo sonreír. Isabel me tomó del brazo y comenzamos a caminar juntas hacia el altar.
Cada paso era un latido. Cada paso era un recuerdo. El día que lo conocí, la noche en que nos enamoramos, el incendio que lo cambió todo, los años de odio y silencio, y finalmente, el reencuentro. Todo eso había quedado atrás. Ahora solo existía el presente. Solo existía él.
Cuando llegué al altar, Isabel me besó en la mejilla y me entregó a Mateo. Sus manos temblaban cuando tomó las mías.
Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida susurró, y su voz era un hilo.
Y tú eres el hombre más guapo respondí, con lágrimas en los ojos.
Diego comenzó a hablar. Sus palabras eran cálidas, llenas de humor y de verdad. Habló del amor que habíamos compartido y perdido, del dolor que habíamos superado, de la esperanza que nos había traído de vuelta el uno al otro.
Hoy no celebran un amor perfecto, dijo Diego. Celebran un amor que sobrevivió a todo. Un amor que eligió perdonar. Un amor que eligió seguir adelante. Y eso, amigos míos, es el amor más fuerte que existe.
Mateo apretó mis manos y me miró con una intensidad que me hizo olvidar cómo se respiraba.
Elena dijo y su voz era clara y firme. Durante diez años, te odié por odiarme. Durante diez años, me culpé por no haberte dicho la verdad. Durante diez años, soñé con este momento. Y ahora que está aquí, solo quiero decirte una cosa: gracias. Gracias por darme una segunda oportunidad. Gracias por creer en mí. Gracias por amarme, a pesar de todo. Prometo amarte cada día de mi vida. Prometo protegerte. Prometo ser el hombre que siempre debí ser. Y prometo hacerte feliz, aunque tenga que intentarlo todos los días hasta que me muera.
Las lágrimas rodaban libremente por mis mejillas. No podía hablar. No podía respirar. Solo podía mirarlo y sentir que mi corazón iba a estallar de amor.
Mateo dije, cuando finalmente encontré la voz. Te odié durante diez años. Y eso fue porque te amaba tanto que no podía soportar perderte. Ahora sé la verdad. Ahora sé que nunca te perdí, que siempre estuviste allí, esperándome, protegiéndome. Y quiero pasar el resto de mi vida agradeciéndote. Quiero amarte como siempre debí hacerlo. Quiero construir una familia contigo. Quiero envejecer a tu lado. Prometo ser tu compañera, tu amiga, tu amante. Prometo amarte, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
Mateo soltó una lágrima que rodó por su mejilla. Y entonces, sin previo aviso, sonrió.
Hasta que la muerte nos separe repitió. Me gusta cómo suena.
El público, formado por Isabel, Rosario, Lucía y Diego, soltó una risa colectiva. Y cuando Diego pronunció las palabras que tanto habíamos esperado, las que sellaban nuestro compromiso para siempre, sentí que el mundo se detenía.
Los declaro marido y mujer, dijo Diego. Pueden besarse.
Mateo me tomó el rostro entre sus manos y me besó. No fue un beso apasionado, sino un beso lleno de promesas, de recuerdos, de futuro. Un beso que sabía a mar, a sal, a vida. Un beso que lo decía todo.
Cuando nos separamos, Lucía corrió hacia nosotros y nos abrazó.
¡Ahora son marido y mujer!, gritó. ¡Y yo soy su hija!
Y siempre lo serás, princesa dijo Mateo, levantándola en brazos. Siempre.
Y mientras el sol se ponía sobre el mar, abrazados los tres, supe que el deseo y el odio habían encontrado finalmente su equilibrio.
Y ese equilibrio era el amor.
El amor que nos había traído hasta aquí.
El amor que nos llevaría al futuro.
El amor que, después de todo, siempre había estado allí.