Durante diez años, Aurora Moretti renunció a su apellido, a su fortuna y al imperio mafioso más poderoso de Italia por el hombre que amaba. Lo apoyó cuando no tenía nada, creyó en él cuando todos le dieron la espalda y lo acompañó hasta convertirlo en el temido Rey de la Mafia.
Pero el día de su boda, Leonardo De Santis destruye su mundo al abandonarla por otra mujer, sin imaginar que la esposa a la que desprecia es, en realidad, la única heredera de la poderosa familia Moretti.
Humillada, traicionada y con el corazón hecho pedazos, Aurora regresa al lugar que juró abandonar para siempre. Allí dejará de ser la mujer enamorada para convertirse en la reina que nadie podrá volver a destruir.
Entre guerras entre las familias mafiosas italianas, alianzas inesperadas, traiciones, secretos y un amor capaz de renacer entre las cenizas, Aurora demostrará que la peor decisión que un rey puede tomar... es subestimar a su reina.
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CAPÍTULO 19 El control médico
La mañana siguiente amaneció inusualmente tranquila, como si la ciudad entera hubiera decidido concederle un respiro a Aurora.
Por primera vez en varios días, había logrado dormir toda la noche sin sobresaltos, sin pesadillas y sin la sensación constante de estar siendo observada. Aun así, al despertar, esa calma le resultó extraña, casi frágil, como si pudiera romperse con el más mínimo ruido.
Se levantó temprano, con movimientos lentos pero decididos, y se preparó para asistir a su control médico. Frente al espejo, se observó unos segundos más de lo habitual. Su rostro seguía siendo el mismo, pero algo en su mirada había cambiado. Había una mezcla de cansancio, ternura y una nueva responsabilidad que la atravesaba por completo.
El embarazo avanzaba bien, pero las amenazas que la rodeaban la obligaban a extremar los cuidados. Ya no se trataba solo de ella, sino de la vida que crecía dentro de su vientre.
Marco esperaba junto a la puerta, con la postura firme de siempre, atento a cada movimiento del entorno.
—El auto está listo —informó con serenidad.
Aurora asintió mientras tomaba su bolso.
—¿Mi padre sabe que salí?
—Sí. Y también sabe que llevamos dos vehículos de escolta.
Aurora soltó un suspiro leve, cargado de resignación.
—Empiezo a sentirme prisionera.
Marco la miró con respeto, sin juzgarla.
—Prefiero que se enoje conmigo antes que verla en peligro.
Aurora no respondió. Sabía que no era una decisión personal de Marco, sino una orden directa de Don Matteo. Aun así, la sensación de estar rodeada de vigilancia constante le pesaba más de lo que quería admitir.
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El consultorio había sido completamente reservado para ella. No había otros pacientes, ni ruido, ni interrupciones. Solo un ambiente clínico, silencioso y cuidadosamente controlado.
El doctor la recibió con una sonrisa cálida.
—¿Cómo se siente hoy?
Aurora respiró hondo antes de responder.
—Mucho mejor.
El médico asintió y comenzó la revisión con movimientos precisos y delicados, explicándole cada paso para mantenerla tranquila. Aurora observaba el techo mientras intentaba controlar los nervios que, pese a todo, seguían presentes.
Después de unos minutos, el doctor encendió el monitor del ecógrafo.
El sonido del equipo llenó la habitación, y entonces ocurrió.
Un pequeño latido comenzó a escucharse, claro y constante, expandiéndose en el silencio del consultorio.
Tum... tum... tum...
Aurora sintió que el mundo se detenía. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo. Era la primera vez que escuchaba el corazón de su bebé, y ese sonido, tan pequeño y tan poderoso a la vez, la atravesó por completo.
—Está creciendo muy bien —dijo el médico con una sonrisa profesional pero cálida—. Es un bebé fuerte.
Aurora llevó una mano temblorosa a su vientre, como si intentara proteger ese latido desde afuera.
—Te amo... —susurró entre lágrimas, sin importarle que alguien la escuchara.
Marco, que esperaba fuera del consultorio, notó el cambio En su expresión cuando ella salió. Aurora tenía los ojos brillosos, pero una sonrisa distinta, más luminosa.
—¿Buenas noticias? —preguntó él.
Aurora levantó la fotografía de la ecografía con cuidado, como si fuera un tesoro.
—Las mejores.
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Sin embargo, a varias calles de distancia, alguien observaba cada movimiento.
Dentro de un automóvil oscuro, una mujer ajustó el lente de una cámara de largo alcance y tomó varias fotografías con precisión.
—Ya salieron —dijo por teléfono, en voz baja.
Del otro lado, Victoria escuchaba desde la mansión De Santis.
—¿Estás segura de que era un ginecólogo?
—Completamente. Y vi una ecografía en las manos de Aurora.
Victoria apretó el celular con fuerza, hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
La duda había desaparecido.
Aurora estaba embarazada.
Solo faltaba descubrir lo más importante.
Quién era el padre.
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Horas después, Aurora regresó a la mansión Moretti. El ambiente en la casa era distinto, más tenso, como si todos supieran que algo importante estaba por revelarse.
Entró directamente al despacho de Don Matteo.
—Papá...
Sin decir más, le mostró la ecografía.
Don Matteo la tomó con manos temblorosas. Sus ojos, normalmente duros, se suavizaron al instante. Durante unos segundos no dijo nada, como si necesitara procesar lo que tenía frente a él.
Después, una sonrisa rara, casi olvidada, apareció en su rostro.
—Es mi nieto... —murmuró—. O mi nieta.
Aurora rió entre lágrimas, incapaz de contener la emoción.
Bianca, que había entrado detrás de ella, los abrazó a ambos con fuerza. Por un instante, el peso de los conflictos, las amenazas y el miedo desapareció.
Solo existía aquella pequeña vida que, sin saberlo, les devolvía la esperanza.
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Mientras tanto, Leonardo recibió una llamada inesperada.
—Don... tenemos información importante.
—Habla —respondió con frialdad.
—Aurora salió esta mañana de un consultorio de ginecología.
El silencio al otro lado de la línea se volvió pesado.
Leonardo permaneció inmóvil, sintiendo cómo un nudo se formaba en su estómago. Su mente viajó sin permiso a los últimos meses antes de la boda, a las noches que compartieron, a las promesas que alguna vez parecieron inquebrantables.
Y una pregunta comenzó a atormentarlo.
—¿Será posible...? —murmuró para sí mismo, sin terminar la frase.
Antes de poder ordenar sus pensamientos, Victoria apareció detrás de él con una sonrisa cuidadosamente fingida.
—¿Todo bien, amor?
Leonardo guardó el teléfono lentamente, como si ocultara algo más que una llamada.
—Sí...
Pero por primera vez desde que terminó su relación con Aurora, una duda real comenzaba a abrirse paso en su interior.
Y esa duda podía cambiarlo todo.
Continuará...