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¿Te Amo O Te Odio?

¿Te Amo O Te Odio?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: Secretos bajo llave

Mauricio permaneció inmóvil durante varios minutos.

La fotografía seguía entre sus manos.

La observó una y otra vez, buscando alguna explicación lógica.

No la encontró.

Porque aquella imagen mostraba algo imposible.

Su abuelo conocía a la madre de Celina.

Y no parecía tratarse de un encuentro casual.

La familiaridad entre ambos era evidente.

La manera en que se miraban.

La cercanía.

La sonrisa sincera de Don Augusto.

Todo indicaba que aquella mujer había sido importante para él.

Muy importante.

—¿Qué estás ocultando, abuelo? —murmuró.

Tomó el sobre nuevamente.

No había remitente.

Ni firma.

Ni ninguna pista.

Solo aquella inquietante pregunta.

"¿Estás seguro de que conoces a tu esposa?"

Y por primera vez desde la boda, Mauricio comprendió que quizás no conocía a Celina en absoluto.

Aquella tarde encontró a Celina en la biblioteca.

Estaba sentada junto a una ventana, completamente concentrada en un libro.

La luz del sol iluminaba su cabello oscuro.

Por un instante Mauricio se quedó observándola.

Sin decir nada.

Sin entender por qué.

Hasta que ella levantó la vista.

—¿Vas a quedarte ahí parado mucho tiempo?

Mauricio parpadeó.

—Tal vez.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de ella.

—Eso es inquietante.

—Tengo una pregunta.

—Suena peligroso.

—Probablemente.

Celina cerró el libro.

—Adelante.

Mauricio se acercó.

Y colocó la fotografía sobre la mesa.

El color abandonó el rostro de Celina inmediatamente.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Me la enviaron esta mañana.

Ella tomó la imagen.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Es mi madre.

—Lo imaginé.

Celina observó la fotografía durante varios segundos.

Como si estuviera viendo un tesoro perdido.

Algo que llevaba años buscando.

—No tengo casi ninguna foto de ella.

—¿Tu padre nunca te mostró más?

Una sombra cruzó el rostro de Celina.

—Mi padre evitaba hablar de ella.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Pero ambos sabían que aquella respuesta ya no era suficiente.

—Hay algo más —dijo Mauricio.

Señaló la figura que aparecía detrás de la mujer.

Celina siguió la dirección de su dedo.

Y se quedó inmóvil.

—Ese es...

—Mi abuelo.

El silencio cayó sobre la biblioteca.

Pesado.

Incómodo.

Lleno de preguntas.

—No entiendo nada.

—Yo tampoco.

Celina observó nuevamente la fotografía.

—¿Crees que se conocían?

Mauricio soltó una risa seca.

—Después de ver esto sería difícil creer lo contrario.

Ella asintió lentamente.

Y por primera vez sintió algo que la asustó.

Esperanza.

Porque si Don Augusto había conocido a su madre...

Quizás también conocía la verdad.

Esa misma noche decidieron visitar el hospital.

Don Augusto seguía recuperándose.

Pero ya lucía mucho mejor.

Cuando los vio entrar, sonrió.

—Miren quiénes vienen.

—Necesitamos hablar —dijo Mauricio.

El anciano suspiró.

—Esa frase nunca trae buenas noticias.

Mauricio colocó la fotografía sobre la cama.

La reacción fue inmediata.

Por primera vez, Don Augusto perdió la compostura.

Solo durante un segundo.

Pero fue suficiente.

—¿Dónde encontraron esto?

—Me la enviaron.

—¿Quién?

—No lo sé.

El abuelo observó la imagen.

Su expresión se volvió extrañamente triste.

—Han pasado muchos años.

Celina dio un paso adelante.

—¿La conocía?

Don Augusto levantó la vista.

Y durante unos instantes pareció debatirse entre hablar o guardar silencio.

Finalmente respondió.

—Sí.

—¿Quién era ella?

—Una buena mujer.

—Eso no responde nada.

El anciano sonrió con cansancio.

—Sigues siendo tan impaciente como tu padre.

—Y usted sigue evitando las preguntas.

Celina se acercó un poco más.

—Por favor.

La voz le tembló.

—Quiero saber quién era mi madre.

Aquello pareció afectar a Don Augusto.

Mucho más de lo esperado.

—Tu madre era una persona extraordinaria.

—¿Cómo se llamaba?

—Lucía.

Celina sintió un nudo en la garganta.

Hacía años que nadie pronunciaba aquel nombre frente a ella.

—¿La quería?

La pregunta salió sin pensar.

Pero el anciano no respondió de inmediato.

Miró la fotografía.

Y luego sonrió con melancolía.

—Todos los que la conocían la querían.

La respuesta no convenció a Mauricio.

Ni a Celina.

Pero era evidente que no obtendrían mucho más.

Al menos por ahora.

Cuando salieron del hospital ya era de noche.

El trayecto de regreso transcurrió en silencio.

Hasta que Mauricio habló.

—Voy a investigar.

—¿Investigar qué?

—Todo.

Celina giró la cabeza hacia él.

—¿Por qué?

—Porque odio que me mientan.

Ella sonrió levemente.

—Eso sí te lo creo.

—Y porque alguien organizó esta boda por una razón.

—¿Y piensas descubrir cuál?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Yo también.

Aquellas palabras provocaron algo extraño.

Por primera vez ya no parecían dos personas atrapadas en el mismo problema.

Parecían aliados.

Mientras tanto, en la mansión Montenegro, Inés observaba una carpeta abierta sobre su escritorio.

Dentro había documentos.

Fotografías.

Recortes antiguos.

Información que había estado reuniendo durante semanas.

Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

Porque acababa de descubrir algo interesante.

Muy interesante.

Tomó una fotografía y la observó.

En ella aparecía Mauricio junto a una joven rubia.

Abrazados.

Sonriendo.

La imagen había sido tomada varios años atrás.

En la parte trasera había una fecha.

Y un nombre.

Valentina Ríos.

—Así que hubo alguien antes de Celina...

Inés sonrió.

Aquella información podía ser útil.

Mucho más útil de lo que Mauricio imaginaba.

Esa misma noche, cuando Mauricio entró en su habitación, encontró algo extraño sobre la cama.

Una pequeña llave antigua.

De hierro oscuro.

Y una nota.

Solo una frase.

Escrita con la misma letra anónima que había enviado la fotografía.

"La verdad está donde nadie se atreve a entrar."

Mauricio tomó la llave.

La observó durante varios segundos.

Y entonces recordó algo.

Un lugar de la mansión que permanecía cerrado desde hacía más de veinte años.

Un lugar al que nadie tenía permitido acceder.

El antiguo despacho privado de Don Augusto

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