Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 5: Sonrisas de aparador y un espacio muy reducido
La guerra fría de los Starling-Grien escaló de un conflicto fronterizo a un sutil acto de terrorismo culinario en menos de veinticuatro horas.
Valeria se tomó la existencia de la cinta adhesiva negra como un desafío personal a su creatividad. Esa misma tarde, fue al supermercado y regresó con tres bolsas repletas de lo que Maximiliano consideraba "armas de destrucción masiva para el colon". Para la mañana siguiente, el lado izquierdo del refrigerador era un festival de olores potentes: una bandeja de milanesas con muchísimo ajo, un frasco de cebollas en escabeche y un pastel de chocolate con cobertura de fudge que ocupaba tanto espacio que rozaba la frontera de plástico.
Maximiliano, por su parte, estaba de pie en su lado derecho, sosteniendo un pequeño purificador de aire portátil a batería, apuntando directamente hacia el estante de Valeria como si fumigara una plaga.
—Esto es una violación biológica a mi espacio, Valeria —reclamó él, con los dientes apretados mientras observaba su tazón de yogur griego, temiendo que ya hubiera absorbido el olor de la cebolla—. El aire de mi jurisdicción está completamente contaminado. Huele a mercado de pulgas de San Telmo.
Valeria, sentada en la barra de su lado izquierdo, le dio un mordisco monumental a una dona glazada con chispas de colores, luciendo sus curvas con total libertad en una camiseta gigante que decía *"Hoy no es mi día"*.
—Se llama tener sabor en la vida, Starling —respondió ella con la boca medio llena, sonriéndole con una malicia encantadora—. Mi comida tiene personalidad. Tu lado da lástima, parece la farmacia de un hospital coreano. Puros polvos, semillas y agua triste. Un día de estos te vas a desmayar del aburrimiento.
—Mi dieta es milimétricamente eficiente para mi rendimiento cerebral —replicó él, cruzándose de brazos con rigidez—. No necesito que la comida me divierta, necesito que me nutra. Y exijo que tapes ese frasco de...
*¡Ding-dong!*
El sonido agudo y estridente del timbre de la entrada principal cortó la discusión como un hachazo. Ambos se quedaron congelados. Maximiliano miró su reloj de pulsera con el ceño fruncido.
—No espero a nadie. Son las diez de la mañana de un sábado.
—Pues yo tampoco —dijo Valeria, bajándose de la barra de un salto—. A menos que sea el repartidor con mi pedido de empanadas, pero es muy temprano.
*¡Ding-dong! ¡Ding-dong!*
El timbre volvió a sonar, esta vez con una insistencia casi militar. Maximiliano caminó hacia el monitor del portero eléctrico en el pasillo, presionó la pantalla y palideció de inmediato. Toda la rigidez de su cuerpo pareció triplicarse.
—¿Quién es? ¿El cobrador de tu purificador de aire? —bromeó Valeria, acercándose.
—Es el abogado Peña. Y mi madre —susurró Maximiliano, volviéndose hacia ella con los ojos abiertos por el pánico puro—. Están abajo, en el vestíbulo del edificio. El guardia los dejó subir.
A Valeria se le cayó el pedazo de dona de las manos, aterrizando directamente en su pijama.
—¿¡Qué!? ¿El abogado de la herencia y tu madre? ¡Pero si nos casamos ayer! —exclamó, entrando en pánico ella también—. ¿Qué hacen aquí?
—Inspección sorpresa de "armonía conyugal" —escupió Maximiliano, agarrándola de los hombros con una desesperación que jamás había mostrado—. El artículo cuatro del testamento. Tienen derecho a revisar la convivencia sin previo aviso para asegurarse de que no es un fraude. Valeria, si entran y ven esto, perdemos las acciones. Todo se va a la beneficencia.
Valeria miró la cocina. Las cajas de pizza de la noche anterior seguían en un rincón, sus zapatos de novia continuaban tirados en el pasillo, ella estaba en fachas y, lo peor de todo, había una maldita línea de cinta adhesiva negra dividiendo la casa en dos como si fuera Berlín en los años sesenta.
—Tenemos exactamente dos minutos antes de que el ascensor llegue al piso —dijo Valeria, sus ojos brillando con la adrenalina de la batalla—. ¡Mueve el trasero, Starling! ¡Limpia tu lado y yo el mío!
Lo que siguió fue una coreografía caótica de eficiencia desesperada.
Maximiliano, el magnate de los negocios, se arrodilló en el pasillo, agarró los tacones de Valeria y los lanzó con fuerza olímpica debajo del sillón de la sala. Valeria corrió a la cocina, tomó las cajas de pizza y las metió a presión dentro del horno, cerrando la puerta de un golpe.
—¡La cinta! —gritó Valeria, señalando la barra de granito—. ¡Arranca la cinta!
Maximiliano se abalanzó sobre la barra, clavó las uñas en el borde de la cinta adhesiva negra y tiró de ella con saña. El sonido del plástico despegándose rasgó el aire mientras Valeria corría al refrigerador y arrancaba la otra sección de un tirón, casi tirando su pastel de chocolate en el proceso. Hecho un ovillo de plástico negro, Maximiliano lo encajó en el fondo del bote de basura justo cuando el sonido del ascensor abriéndose en el pasillo privado anunció la llegada de las visitas.
Valeria se sacudió las migajas de la playera, intentó aplacarse el nido de rizos con las dos manos húmedas y se paró al lado de la barra. Maximiliano se colocó junto a ella, respirando agitadamente, con la playera de running un poco torcida.
La puerta principal se abrió con una llave de cortesía.
Entró el abogado Peña, un hombre mayor con un traje gris impecable y un portafolios de cuero, seguido de cerca por la madre de Maximiliano, Leonor Starling, quien miraba el apartamento con unos ojos clínicos que buscaban cualquier mota de polvo o señal de vulgaridad.
—¡Buenos días, queridos! —exclamó el abogado Peña con una sonrisa de tiburón—. Espero que no sea una molestia. Estábamos por la zona y consideramos oportuno hacer la primera validación de rutina. Ya saben, el papeleo de la transición de acciones no espera.
Leonor Starling avanzó un paso, clavando la vista en la vestimenta de Valeria.
—¿Valeria, querida? ¿Aún en pijama de... osos a estas horas? —preguntó con un tono que sugería que usar pijama era un delito federal.
Antes de que Valeria pudiera responder con alguna de sus habituales respuestas sin filtro que arruinarían el trato, Maximiliano reaccionó por puro instinto de supervivencia financiera.
Dio un paso hacia un lado, rodeó la cintura de Valeria con su brazo derecho y la jaló hacia su cuerpo con una fuerza arrolladora. Valeria soltó un pequeño jadeo cuando toda la suavidad de sus curvas chocó de frente contra la firmeza del pecho de Maximiliano. Él la pegó tanto a su costado que no quedaba ni un milímetro de aire entre ellos.
—Madre, Peña, por favor, disculpen las fachas —dijo Maximiliano, forzando la sonrisa más falsamente idílica y ensayada que jamás hubiera cruzado su rostro—. Tuvimos una noche de bodas... bastante larga y agotadora. Valeria prefirió estar cómoda esta mañana, y yo no hago más que consentirla. ¿Verdad, mi cielo?
Maximiliano la miró hacia abajo, apretando un poco más el agarre en su cintura. Valeria sintió el calor de la mano de él atravesando la fina tela de su playera, justo en la curva de su cadera. Una corriente eléctrica, idéntica a la que sintió en el altar pero tres veces más intensa debido a la intimidad del momento, le recorrió la espina dorsal. Se quedó sin aire por un segundo, mirando esos ojos grises que, a pesar de la farsa, brillaban con una intensidad salvaje.
Valeria tragó saliva, compuso su mejor sonrisa de actriz de telenovela y apoyó su mano en el pecho de Maximiliano, justo sobre los latidos acelerados de su corazón.
—Sí, claro que sí, mi amor —respondió Valeria, con la voz un poco más aguda de lo normal por los nervios—. Maximiliano es un esposo tan... atento. No me deja levantarme de la cama. Estábamos justo por preparar el desayuno juntos. Nos encanta compartir todo en esta cocina. Todo está tan... unificado.
El abogado Peña miró la barra de granito limpia, miró la cercanía física de la pareja y anotó algo en su pequeña libreta de cuero, asintiendo con aprobación.
—Excelente, excelente. Me alegra ver que la transición al matrimonio está siendo tan... estrecha. La armonía conyugal es vital para el futuro de la empresa.
Mientras el abogado hablaba con Leonor, Maximiliano y Valeria mantuvieron la pose de la pareja perfecta, pero sus ojos se sostenían la mirada en un duelo silencioso y cargado de una tensión que ya no era solo de odio. Atrapados en ese abrazo forzado, sintiendo el ritmo de la respiración del otro y la innegable atracción que intentaban negar con contratos, ambos supieron que fingir amor iba a ser la parte más peligrosa de todo el trato.