Traicionada por las dos personas que más amaba, Mía Beaumont murió escuchando cómo su prometido, Alexander Rivelli, y su mejor amiga, Isabella, confesaban entre risas cada una de sus mentiras. Humillada, manipulada y utilizada como un simple peón dentro de su propia vida, creyó que todo había terminado… hasta que despertó nuevamente en el pasado.
Pero esta vez, Mía ya no será la mujer ingenua y sumisa que todos podían controlar.
Con los recuerdos de su vida anterior intactos, decide recuperar el poder que alguna vez le arrebataron: tomará las riendas de la empresa familiar, destruirá la reputación de Alexander y hará pagar a Isabella por cada traición. Ya no llorará por amor. Ya no permitirá que nadie vuelva a pisotearla.
Sin embargo, sus planes cambian cuando Dante Morelli entra nuevamente en su vida.
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Capitulo 3
Permanecí frente al espejo durante varios minutos después de que Clara salió de la habitación. Todavía podía escuchar el sonido de mi propia respiración acelerada mientras intentaba aceptar la realidad frente a mí. Había vuelto. Realmente había vuelto. Y aunque una parte de mí quería derrumbarse, llorar hasta quedarse sin aire y gritar por todo el dolor que todavía seguía atrapado dentro de mi pecho, otra parte… una parte mucho más fría… comenzaba a despertar lentamente, porque esta vez no era la misma mujer.
La antigua Mía habría entrado en pánico.
La antigua Mía habría corrido hacia Alexander buscando respuestas, habría querido escuchar explicaciones absurdas, habría intentado convencerse de que todo tenía solución.
Pero esa mujer murió.
Murió aquella noche junto a la lluvia, la sangre y las mentiras y yo no pensaba traerla de regreso.
Tomé una respiración profunda antes de acercarme lentamente al tocador. Mis dedos tocaron algunos frascos de perfume, maquillaje y joyas perfectamente organizadas. Todo seguía exactamente igual. Era extraño. Sentía como si estuviera viendo los restos de alguien más. Porque honestamente ya no me reconocía en aquella versión de mí que vivía obsesionada con agradarle a los demás, especialmente a hombres como Alexander.
Mi mirada se detuvo sobre una fotografía enmarcada colocada junto al espejo.
Alexander, Isabella y yo. Los tres sonriendo frente a una cámara como si fuéramos personas felices.
Sentí el asco subir inmediatamente por mi garganta.
Tomé la fotografía y la observé durante unos segundos. Recuerdo perfectamente ese día. Isabella insistió en tomarla porque decía que “algún día la pondríamos en la boda”. Alexander incluso rodeaba mi cintura en la imagen, fingiendo una cercanía que jamás existió realmente.
Qué enfermos.
Sin pensarlo demasiado, lancé la fotografía contra el suelo, el cristal se rompió violentamente. Y, sorprendentemente, escuchar aquello me hizo sentir bien.
Muy bien.
—Señorita… —escuché decir a Clara desde la puerta.
Giré la cabeza lentamente, ella observó la fotografía rota en el suelo con evidente sorpresa.
—¿Quiere que la limpie?
—No —respondí con calma—. Déjala ahí.
Clara dudó unos segundos antes de entrar completamente a la habitación.
—Sus padres ya saben que despertó. Su madre dijo que bajara inmediatamente cuando estuviera lista.
Por supuesto, ni siquiera preguntaron cómo estaba. Solté una pequeña risa sin humor mientras caminaba hacia el armario.
—¿Hay algo gracioso? —preguntó Clara confundida.
Abrí lentamente las puertas del enorme vestidor observando decenas de vestidos perfectamente organizados por colores. En mi vida pasada adoraba ese lugar. Ahora solo veía una colección de disfraces elegantes que utilicé durante años para convertirme en alguien aceptable para los demás.
—No —respondí finalmente—. Solo me di cuenta de algo.
—¿Qué cosa?
Tomé uno de los vestidos más caros y delicados antes de dejarlo nuevamente en su lugar.
—Pasé demasiado tiempo intentando ser la hija perfecta.
Clara frunció ligeramente el ceño.
—Usted ya lo es.
La miré a través del espejo.
—No, Clara. Solo fui obediente.
Ella guardó silencio inmediatamente y no la culpaba. Nadie dentro de esta casa estaba acostumbrado a escucharme hablar así.
Durante años fui exactamente lo que todos esperaban de mí: elegante, tranquila, amable, educada y complaciente. Nunca levantaba la voz. Nunca discutía. Nunca desafiaba a nadie. Y precisamente por eso todos creían que podían controlarme.
Sonreí ligeramente mientras elegía un conjunto completamente distinto al que normalmente usaría. En mi vida pasada mi madre adoraba verme usando colores suaves porque decía que “las mujeres refinadas no necesitan llamar demasiado la atención”.
Qué estupidez.
Tomé un vestido negro ajustado de manga larga y lo coloqué sobre la cama.
Clara abrió los ojos con sorpresa.
—¿Va a usar eso?
—Sí.
—Pero la señora odia que vista colores oscuros en reuniones familiares.
La observé unos segundos antes de sonreír apenas.
—Entonces supongo que hoy será un día difícil para ella.
Vi claramente cómo Clara intentaba ocultar su sorpresa. Y sencillamente no podía culparla. Ni yo misma reconocía completamente a esta nueva versión de mí.
Pero me gustaba y mucho.
Treinta minutos después bajé las escaleras lentamente mientras escuchaba voces provenientes del comedor principal. Mi madre estaba hablando sobre una gala benéfica del próximo mes mientras mi padre revisaba documentos empresariales incluso durante el desayuno.
Tan normales, tan tranquilos, como si nunca hubieran destruido mi vida.
Apreté ligeramente la mandíbula al recordar cómo ambos reaccionaron en mi vida pasada cuando intenté cancelar el compromiso con Alexander meses antes de mi muerte.
“No seas dramática.” ,“Los matrimonios importantes funcionan así.”, “Deja de comportarte como una niña.”
Ni siquiera me escucharon, porque para ellos yo jamás fui una hija, fui una inversión.
Mi madre levantó la mirada apenas entré al comedor y casi inmediatamente frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué estás vestida así?
Ahí estaba, ni siquiera un “¿cómo te sientes?", ni un “nos preocupaste.”
Nada.
Solté una pequeña sonrisa mientras tomaba asiento lentamente.
—Buenos días para ti también, madre.
Ella me observó claramente incómoda por mi tono.
—Te hice una pregunta.
Tomé tranquilamente una taza de café antes de responder.
—Y yo decidí ignorarla.
El silencio cayó inmediatamente sobre la mesa, mi padre levantó lentamente la vista de sus documentos, mi madre incluso pareció sorprendida, porque jamás les había respondido así.
Nunca.
—¿Qué sucede contigo hoy? —preguntó ella finalmente.
Di un pequeño sorbo al café antes de mirarla directamente.
—Nada. Simplemente desperté cansada de ciertas cosas.
Mi madre soltó una pequeña risa seca.
—¿Otra vez tus dramas emocionales?
Sentí algo romperse dentro de mí, porque incluso después de todo… seguía doliendo.
Daba igual cuánto intentara endurecerme, seguía siendo doloroso ver lo poco que les importaban mis sentimientos, pero esta vez no agaché la cabeza, no intenté evitar conflictos, no me disculpé por sentir, simplemente la miré fijamente.
—Mis emociones nunca fueron dramas. El problema es que ustedes jamás se molestaron en escucharlas.
El comedor quedó completamente en silencio, mi padre finalmente habló.
—Mía.
Ahí estaba.. Ese tono, frío, utoritario. El mismo que utilizaba siempre que quería recordarme quién tenía el control, pero esta vez no sentí miedo.
—¿Sí? —respondí mirándolo directamente.
Él frunció ligeramente el ceño.
—Cuida tu actitud.
Solté una pequeña sonrisa.
—¿O qué? ¿Van a castigarme? ¿Quitarme privilegios? ¿Dejar de controlar mi vida? Honestamente eso último sonaría maravilloso.
Mi madre dejó lentamente los cubiertos sobre la mesa.
—¿Qué demonios te pasa?
Qué irónico, toda mi vida soportando humillaciones, manipulaciones y abandono emocional, pero el día que finalmente respondía… yo era el problema, me incliné ligeramente hacia adelante.
—¿Quieren saber qué me pasa? Perfecto. Estoy cansada de vivir como una muñeca elegante para esta familia. Estoy cansada de que decidan cómo debo vestir, hablar, sonreír o incluso con quién debo casarme.
Vi claramente la tensión cruzar el rostro de mi padre.
—Tu compromiso con Alexander beneficiará enormemente a ambas familias.
Ahí estaba nuevamente, negocios, siempre negocios, nunca felicidad, nunca amor.
—Entonces cásate tú con él —respondí fríamente.
Mi madre abrió los ojos horrorizada.
—¡Mía!
Pero ya no pensaba detenerme, porque por primera vez en mi vida… quería defenderme. Y sinceramente, se sentía increíble.