Morir en una balacera de la mafia y despertar como la villana tonta de una novela de época no estaba en mis planes. Ahora soy Elara de Valois, y todos esperan que llore, que ruegue por el amor del Príncipe Heredero o que muera a manos de mi prometido, el temible Archiduque Killian.
Los rumores dicen que es un asesino despiadado, pero cuando cruzo miradas con él, solo veo a alguien de mi especie. Él cree que soy una damisela de cristal a la que puede romper fácilmente. Qué gran error. No sabe que bajo este vestido de seda se esconde la mente de una criminal profesional.
Dos lobos en un mismo territorio no pueden convivir en paz... a menos que decidan incendiar el imperio juntos.
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Capítulo: 11
ELARA:
El viaje hacia los confines del imperio toma cinco días eternos, pero el cambio se nota en el aire.
A medida que cruzamos la gran frontera de piedra que divide el territorio imperial de las tierras altas, el cielo azul se transforma en un manto gris plomizo y el frío se filtra por las rendijas del carruaje, obligándome a envolverme en una pesada capa de pieles negras que Killian acomodó sobre mis hombros con una caballerosidad tosca, pero extrañamente cálida.
Miro por la ventana y el paisaje es abrumador, montañas escarpadas cubiertas de nieve eterna, bosques densos de pinos oscuros y al fondo, gobernando la cima de un desfiladero, se alza el Castillo de la Garra Negra.
Es una fortaleza militar colosal hecha de piedra oscura, imponente y peligrosa, justo como su dueño.
Cuando el carruaje finalmente cruza el puente levadizo y se detiene en el patio principal, una fila de soldados con armaduras de invierno y capas de lobo se cuadra en perfecto orden.
—Bienvenidos a su hogar, Archiduquesa.
Murmura Killian a mi lado bajando primero para ofrecerme su mano.
Al salir, el viento helado me golpea el rostro, pero no me inmuto. Mantengo la espalda recta y la mirada firme, demostrándole a todo su ejército que el frío del norte no es nada comparado con el hielo que llevo en las venas.
Los soldados nos miran con absoluto respeto y los rumores de mi puntería con la daga al parecer ya han llegado hasta aquí.
Killian me guía a través de los pasillos de piedra iluminados por antorchas, dejando atrás a los sirvientes, hasta llegar a las puertas de roble de los aposentos principales.
En cuanto entramos, la pesada puerta se cierra detrás de nosotros con un eco rotundo, aislándonos del resto del mundo.
Una gigantesca chimenea ruge en el fondo de la habitación, inundando el lugar con un calor acogedor que contrasta con el invierno exterior y en el centro, una imponente cama con dosel y sábanas de seda oscura domina el espacio.
Me quito la capa de pieles con parsimonia, dejándola caer sobre un diván y el vestido sencillo que llevo debido al viaje, está un poco arrugado aunque moldea mucho mi hermosa figura.
Me giro lentamente y me encuentro con la mirada de Killian que se ha quitado la capa militar y las condecoraciones.
Sus ojos rubíes brillan con una intensidad peligrosa, oscurecidos por el deseo contenido de todos estos días de viaje en el carruaje.
—Un castillo muy acogedor, Archiduque.
Lo provoco, dando un paso hacia él con una sonrisa juguetona.
—Aunque el ambiente aquí dentro se siente bastante... Caliente.
Killian no responde con palabras y solo da tres pasos largos, acortando la distancia entre los dos con la determinación de un depredador que finalmente tiene a su presa arrinconada.
Su mano se dispara hacia mi cintura, atrapándome con una fuerza que me hace soltar un leve suspiro, pegando mi cuerpo al suyo.
Puedo sentir los latidos acelerados de su corazón contra mi pecho.
—He sido muy paciente durante este viaje señora Romanov.
Su voz es un rugido ronco, un susurro que me roza el oído y me estremece las entrañas.
—Le permití desafiar al imperio, planear una revolución y llamarme por mi nombre... Pero la paciencia del lobo tiene un límite.
—¿Y quién dijo que quería que fueras paciente?
Le respondo en un susurro, enredando mis dedos en su cabello negro azabache, tirando sutilmente de él hacia abajo.
Killian rompe toda distancia y me devuelve el beso de una manera que me hace perder el sentido de la realidad.
Es un beso hambriento, salvaje y cargado de una pasión destructiva que ha estado acumulándose desde la noche de la emboscada.
Su boca recorre la mía con posesividad, devorándome mientras sus manos descienden por las curvas de mi espalda, buscando deshacer las cintas de mi corsé con una urgencia que me enciende la sangre.
Suelto un gemido ahogado cuando sus labios bajan por mi mandíbula hasta detenerse en mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes que me hacen arquear la espalda.
La jefa de la mafia que siempre tiene el control de todo se desvanece por completo bajo el toque de este hombre; no por sumisión, sino porque su fuego coincide perfectamente con el mío... Somos dos monstruos consumiéndose en la misma hoguera.
Con un movimiento fluido y cargado de fuerza, Killian me levanta del suelo, obligándome a enredar mis piernas alrededor de su cintura mientras me lleva hacia la inmensa cama.
Caemos juntos sobre las sábanas oscuras, en la penumbra de la habitación, iluminados solo por el fuego de la chimenea, su cuerpo imponente se cierne sobre el mío y sus ojos rubíes me miran desde arriba, fijos en mis labios enrojecidos y mi respiración agitada.
—A partir de esta noche, eres la única dueña de este castillo y de mi como yo soy él tuyo.
Murmura con su voz rota por la pasión y antes de atrapar mis manos y entrelazar sus dedos con los míos contra la almohada susurro con una sonrisa.
—De acuerdo, pero tú eres el arma con la que conquistaré ese trono y todo el imperio, Killian.
Le respondo entregándome por completo al fuego de nuestra primera noche.
Fuera, la tormenta de nieve arrecia contra los muros de piedra del norte, pero aquí adentro, el pacto de sangre y oro entre la villana y el monstruo se sella con la pasión más ardiente del imperio.
necesito fotos de ese guardián 🤭