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Renací Para Evitar Mi Final

Renací Para Evitar Mi Final

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Reencarnación / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.

Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.

Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.

Esta vez conserva todos sus recuerdos.

Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.

Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:

No perseguirá al príncipe.

Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.

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20

El toque de la campana no fue solo un sonido; fue una sentencia. Cada resonancia metálica golpeaba el aire como una puñalada de hielo, un lamento que se extendía por la capital y que parecía detener el tiempo mismo. El caos del callejón se congeló. Los mercenarios capturados, los guardias victoriosos, Eleanor y Marcus con sus rostros marcados por el polvo y la batalla; todos se quedaron inmóviles, sus ojos vueltos hacia el príncipe.

Kaelan estaba pálido, su tez casi translúcida bajo la luz de la luna. No era la palidez del miedo, sino la de un shock profundo, una herida que el tiempo no podría cicatrizar. Su mano, que había estado firme en la empuñadura de su espada, cayó a su costado, y por un momento, pareció no solo un príncipe, sino un niño que acababa de perder a su padre.

—Mi padre...—susurró, y las palabras se quedaron en el aire, frágiles y rotas—. Está... está enfermo. Pero los médicos... dijeron que estaba mejorando. Dijeron que...

—Alistair no necesita una espada para matar, Alteza—dijo Valeria, su voz suave pero cargada con el peso de la verdad—. Necesita solo una sombra. Un veneno lento. Un susurro en el oído de un sirviente descuidado. Una píldora administrada por una mano amiga. La muerte de un rey puede ser tan silenciosa como el rocío de la mañana, y tan definitiva como el ocaso.

El príncipe la miró, y en sus ojos azules, Valeria no vio solo dolor, sino una pregunta aterradora: ¿cómo? ¿Cómo podía haber sido tan ciego? ¿Cómo podía haber estado jugando al ajedrez mientras su oponente estaba jugando a la guerra?

—Nos distrajo—dijo Kaelan, su voz ganando un filo de acero forjado en el dolor—. Mientras corríamos hacia la Casa de la Moneda, mientras luchábamos contra el fantasma de Cassian... él estaba caminando hacia los aposentos del rey. Caminando no como un prisionero, sino como un invitado. Un invitado que traía un... regalo.

Se giró hacia Eleanor y Marcus, su príncipe dando paso a un comandante. —¿Quién estaba de guardia en el ala real? ¿Quién permitió la entrada?

—No fue la guardia real, Alteza—respondió Marcus, su voz grave—. Según los rumores que he oído, Alistair fue escoltado por los Guardias de la Fe. Los seguidores del culto de la Purificación.

El príncipe frunció el ceño, confundido. —¿Los Guardias de la Fe? Son fanáticos, pero son leales a la corona. Juraron proteger a la familia real.

—Juraron proteger el símbolo de la familia real—corrigió Valeria, su mente racing, el libro mostrándole conexiones que antes no había visto—. No al hombre. Y Alistair, con su carisma y su retórica sobre la purificación del imperio, les habría convencido de que el rey, viejo y enfermo, era un lastre. Un obstáculo para la verdadera gloria del imperio. Les habría convencido de que la "muerte misericordiosa" del rey no era un acto de traición, sino un acto de... piedad.

La idea era tan retorcida, tan brillante en su malevolencia, que el príncipe se quedó sin palabras. Alistair no había usado la fuerza. Había usado la fe. No había roto las leyes; las había retorcido hasta que sirvieran a su propósito.

—Tenemos que volver al palacio—dijo Kaelan, su voz firme, aunque Valeria podía ver el temblor en sus manos—. Ahora. Tenemos que... tenemos que asegurarnos de que...

—El rey ha muerto, Alteza—dijo Valeria, su voz suave pero inquebrantable—. La campana no miente. Y ahora, el trono está vacío. Un trono que Alistair ya está ocupando, no con su cuerpo, sino con su influencia.

Mientras hablaban, el sonido de trompetas resonó desde el palacio. No era el llamado a la batalla, ni el anuncio de una victoria. Era el Lamento Real, el toque que anunciaba a toda la nación la muerte de su monarca.

—Es oficial—dijo Eleanor, su voz llena de una tristeza que se sentía personal—. Todo el imperio lo sabe ahora.

—Y Alistair lo sabe también—dijo Marcus, su mano yendo a la empuñadura de su espada—. Y puedes apostar que ya está moviendo sus piezas, preparándose para la siguiente jugada.

—¿Cuál es la siguiente jugada?—preguntó el príncipe, su mirada perdida en la distancia, como si estuviera viendo el futuro que se desplegaba ante él, un futuro de sangre y sombras.

—La coronación—respondió Valeria, el Libro de los Destinos pareció pesar una tonelada en sus manos, sus páginas susurrando un futuro que ella había estado tratando de evitar—. O, más específicamente, el período entre la muerte del rey y tu coronación. Un período de incertidumbre. Un período donde las lealtades pueden cambiar, donde las alianzas pueden romperse, donde un hombre ambicioso con suficiente apoyo puede... reclamar el trono para sí mismo.

—Pero yo soy el heredero—dijo el príncipe, su voz llena de una convicción que sonaba vacía incluso para él mismo—. La ley me da el derecho.

—La ley es solo un concepto, Alteza—respondió Valeria—. Un concepto que se mantiene con poder. Y si Alistair puede convencer a los nobles, a los generales, al pueblo, de que tú no eres el líder que el imperio necesita... entonces la ley no significará nada. Será solo palabras en un pergamino antiguo.

Se quedaron en silencio por un momento, el sonido del Lamento Real envolviéndolos como un sudario. La batalla por la Casa de la Moneda, la rebelión de los mercenarios de Cassian, todo parecía insignificantemente pequeño ahora. Habían estado jugando una partida de ajedrez, mientras Alistair había estado jugando a la conquista.

—¿Qué hacemos?—preguntó Eleanor, su voz temblando ligeramente—. ¿Cómo podemos luchar contra esto?

—No luchamos contra esto—respondió el príncipe, su voz ganando una fuerza que parecía venir de una fuente profunda, un manantial de determinación que ni siquiera la muerte de su padre podía apagar—. Nos adelantamos a ello. Si Alistair quiere jugar al juego de la sucesión, entonces jugaremos. Pero jugaremos con nuestras propias reglas.

Se giró hacia Valeria, sus ojos azules brillando con una intensidad que la heló hasta los huesos. —Tú me dijiste que necesitaba hablarle al pueblo. Que necesitaba mostrarles la verdad. Bueno, ahora no tengo elección. La verdad es que mi padre ha muerto. Y la verdad es que hay hombres en este imperio que verían su muerte como una oportunidad para el poder.

Se acercó a ella, su voz baja y urgente. —Tú tienes el libro. Tienes el conocimiento. Y yo tengo el derecho de nacimiento. Juntos, podemos...

—Juntos podemos ser un objetivo—terminó Valeria, su voz pragmática—. Alistair ya te ve como una amenaza. Y ahora que sabe lo que el libro puede hacer, también me ve a mí como una amenaza. No nos dejará llegar a la plaza principal. No nos dejará hablarle al pueblo.

—Entonces no llegaremos a la plaza principal—dijo el príncipe, una idea brillando en sus ojos—. No al menos, no de la forma que ellos esperan.

Mientras hablaban, escucharon el sonido de cascos de caballos. No el sonido de una carga de caballería, sino el ritmo metódico de patrullas. Patrullas que no llevaban el estandarte del príncipe, sino un símbolo que Valeria no había visto antes: una balanza equilibrada sobre una espada.

—Los Guardias de la Fe—dijo Marcus, su voz llena de preocupación—. Están tomando el control de la ciudad. No por la fuerza, sino por... persuasión.

—O por intimidación—corrigió Eleanor, su mano yendo al cuchillo que llevaba oculto—. Los he visto en acción. No son soldados. Son fanáticos. Y los fanáticos son mucho más peligrosos porque creen que están haciendo la voluntad de los dioses.

—Tenemos que movernos—dijo el príncipe, su mirada recorriendo las calles circundantes, que ahora parecían llenas de sombras y amenazas—. Tenemos que encontrar un lugar seguro. Un lugar donde podamos planificar nuestro siguiente movimiento.

—No hay lugares seguros, Alteza—respondió Valeria, su voz suave pero firme—. No mientras Alistair esté libre. No mientras tenga el oído de los fanáticos y la lealtad de los descontentos. La única seguridad que tenemos es la acción.

Mientras hablaban, una figura emergió de las sombras del final del callejón. Era Thomas, el joven sirviente, cuyo rostro estaba pálido y sudoroso, como si hubiera corrido desde el palacio.

—Alteza—dijo, su voz temblorante, doblándose en una reverencia—. Lady Montrose. Tengo... tengo noticias. Malas noticias.

—Ya sabemos, Thomas—dijo el príncipe, su voz llena de una paciencia que parecía costarle un esfuerzo—. La campana...

—No es solo eso, Alteza—respondió Thomas, ya incorporándose y mirando a Valeria con ojos llenos de un miedo puro—. Es... es el Consejo Real. Se han reunido. No para planificar el funeral del rey, sino para... para discutir la sucesión.

—¿Y qué hay que discutir?—preguntó el príncipe, su voz llena de una falsa calma—. Yo soy el heredero. La sucesión es clara.

—No para todos, Alteza—respondió Thomas, su voz bajando a un susurro—. Lord Alistair... ha estado hablando. Ha estado convenciendo a los nobles de que... de que el imperio necesita un líder más fuerte. Un líder con experiencia militar. Un líder que no esté... manchado por la influencia de... de la brujería.

Valeria sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Así que ese era su plan. No solo asesinar al rey, sino envenenar la sucesión. No solo matar al padre, sino desacreditar al hijo. Usándola a ella como el arma.

—¿Y quién ha sugerido, Thomas?—preguntó Valeria, su voz tranquila, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas—. ¿A quién ha sugerido Alistair como este... líder más fuerte?

Thomas la miró, sus ojos llenos de un terror que parecía paralizarlo. —A sí mismo, Alteza. Se ha nominado a sí mismo como Lord Protector del Imperio. Hasta que... hasta que se pueda determinar si el príncipe es apto para gobernar.

La revelación golpeó a Valeria con la fuerza de un golpe físico. No quería el trono para sí mismo. No todavía. Quería el poder. El poder absoluto. El poder de un dictador, disfrazado de protector. Y si el príncipe se oponía, si él y Valeria intentaban exponerlo, serían arrestados. No como traidores, sino como... amenazas para la estabilidad del imperio.

—Es una jugada maestra—dijo Marcus, su voz llena de una admiración sombría—. Nos ha acorralado. Si luchamos, somos rebeldes. Si nos rendimos, somos prisioneros.

—No del todo—respondió Valeria, el libro pareciendo susurrar soluciones que bordeaban la locura—. Hay una tercera opción.

Se acercó al príncipe, su mirada intensa. —Alteza, usted no es el heredero. Usted es el rey. Su padre ha muerto. La ley, la tradición, todo lo que él es, le dice que es el rey ahora mismo. No necesita una coronación para serlo. Solo necesita... afirmarlo.

—¿Y cómo hago eso?—preguntó el príncipe, su voz llena de una desesperación que él estaba luchando por ocultar—. ¿Con un ejército? ¿Con espadas?

—No—respondió Valeria, ya sacando el Libro de los Destinos de su vestido—. Con esto. Con la verdad. Pero no la verdad que ellos quieren escuchar. La verdad que ellos necesitan escuchar.

Abrió el libro en una página específica, una que el libro mismo le había mostrado momentos antes. No era un mapa de conspiraciones o un registro de traiciones. Era un árbol genealógico. Un árbol genealógico que no se remontaba solo a los reyes y reinas del pasado, sino a los fundadores del imperio.

—¿Qué es esto?—preguntó el príncipe, su confusión evidente.

—Es tu derecho, Alteza—respondió Valeria, su voz llena de una certeza que parecía venir del libro mismo—. No solo tu derecho de nacimiento, sino tu derecho divino. Este libro, este libro que ellos llaman un instrumento de brujería, contiene la historia completa de tu linaje. Una historia que no solo te conecta con los reyes del pasado, sino con los dioses del presente.

Mientras hablaba, los símbolos en la página comenzaron a brillar, no con una luz mágica, sino con una luz que parecía venir del interior mismo del pergamino. Y en esa luz, el príncipe pudo ver no solo nombres y fechas, sino imágenes. Vio a sus antepasados no como reyes distantes, sino como guerreros y líderes, como hombres y mujeres que habían luchado y muerto por el imperio que ahora era su responsabilidad.

—Alistair quiere usar la fe en su contra—dijo Valeria, su voz resonando con una autoridad que parecía trascender el tiempo—. Bueno, nosotros usaremos la fe a nuestro favor. No la fe ciega de los Guardias de la Fe, sino la fe verdadera del pueblo. La fe en la línea de sangre que ha gobernado este imperio durante mil años. La fe en un rey que no solo tiene el derecho de gobernar, sino el destino de hacerlo.

Se giró hacia Thomas.

—Thomas, necesito que hagas algo por mí. Algo peligroso. Pero también algo importante.

—Lo que sea, Lady Montrose—respondió él, su voz firme, su miedo reemplazado por una determinación recién encontrada.

—Necesito que vuelvas al palacio—dijo Valeria, su voz baja y urgente—. No como un sirviente, sino como un mensajero del rey. Necesito que le entregues un mensaje al Consejo Real. Un mensaje del Rey Kaelan.

—¿Qué mensaje?—preguntó Thomas.

—El mensaje es simple—respondió Valeria, su mirada encontrando la del príncipe, una mirada que contenía no solo un plan, sino una promesa—. El mensaje es que el rey está vivo. Que el rey está en la ciudad. Y que el rey pedirá lealtad a todos aquellos que se consideran sus súbditos. No mañana. No después de una coronación. Ahora. En el amanecer.

Mientras Thomas asentía, su rostro iluminado por una misión que lo transformaba de un simple sirviente a un jugador en un juego mucho más grande y peligroso, Valeria sintió el peso de la decisión que habían tomado. Estaban declarándose a sí mismos. Estaban revelando su mano. Y al hacerlo, estaban dándole a Alistair exactamente lo que quería: una confrontación. Una confrontación que decidiría no solo el futuro del imperio, sino el futuro del propio concepto de poder.

Y mientras el Lamento Real continuaba sonando en la distancia, un lamento por un rey caído y un imperio en peligro, Valeria sabía que el amanecer no traería solo luz. Traería una batalla. Una batalla no por el trono, sino por el alma del imperio.

1
Dora Guzman Pacherres
Cada capítulo más interesante sabes tejer las intrigas y nos dejas con un suspenso de querer más y más.
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