Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 7: El primer jaque en el tablero
La preparación para la batalla no se limitó a repasar las fojas del expediente. En el departamento de Valentina, Thiago se movía de un lado a otro como un general ordenando sus tropas antes de cruzar la frontera enemiga. El piso estaba cubierto de percheros, zapatos de tacón aguja y paletas de maquillaje. Para la Emperatriz, todo ese despliegue de cosméticos y telas no era frivolidad; era la pintura de guerra necesaria para desestabilizar psicológicamente al adversario.
—¡Es que no estás entendiendo el concepto, mi reina! —exclamó Thiago, agitando una brocha llena de polvo translúcido—. No te estoy vistiendo para una simple audiencia. Te estoy armando el look definitivo para que entres a ese tribunal a reclamar lo que es tuyo. Un traje sastre rojo fuego, entallado a tus curvas, con un corte italiano que grite "les voy a quitar hasta los calzones".
Valentina se miró al espejo de cuerpo entero. El color rojo vibrante resaltaba su piel blanca y hacía un contraste magnífico con sus rulos castaños perfectamente definidos. El saco se ceñía a su cintura con una precisión que emulaba la rigidez de sus antiguos corsés de cuero, y el pantalón de tiro alto estilizaba sus caderas anchas con una sofisticación arrolladora. No había timidez en ese reflejo; era la imagen de una soberana lista para dictar sentencias.
Una hora más tarde, las escalinatas del juzgado central se convirtieron en la alfombra roja de Su Majestad. Valentina caminaba con un paso firme, rítmico y majestuoso que hacía eco en el mármol del edificio. A su lado, escoltándola con la barbilla en alto y un orgullo desbordante, iba Thiago. El diseñador se tomaba su rol tan en serio que actuaba como un "damo de compañía" de la nobleza moderna. Justo antes de empujar las pesadas puertas de madera de la sala de audiencias, Thiago la tomó suavemente del hombro, sacó un labial carmín de su bolsillo y le retocó la comisura de los labios con movimientos milimétricos.
—Perfecta. Ahora entrá y destrozalos, mi amor —le susurró con una sonrisa cómplice.
Al ingresar a la sala, el ambiente se tornó denso. En la mesa de la contraparte ya se encontraba el abogado arrogante del buffet rival, luciendo un traje gris y una sonrisa de suficiencia que a Valentina le dio asco. El hombre intercambió una mirada burlona con sus asistentes al ver entrar a Valentina, asumiendo que la abogada de talle grande colapsaría ante la presión del litigio, tal como lo había hecho una semana atrás.
La audiencia preliminar comenzó bajo la mirada severa del juez. Cuando llegó el turno de la defensa, el rival arrogante se puso de pie, acomodándose la corbata con parsimonia. En lugar de enfocarse en los hechos, intentó desplegar una estrategia baja y sucia. Comenzó a lanzar tecnicismos procesales rebuscados para confundirla y, con una audacia estúpida, deslizó sutiles chistes machistas y comentarios pasivo-agresivos sobre el físico de Valentina, insinuando que "el peso de la responsabilidad del caso parecía ser demasiado grande para las capacidades físicas de la doctora". Los murmullos no se hicieron esperar en los bancos de la sala.
Cualquier otra persona se habría quebrado, pero la Emperatriz permaneció sentada con los brazos cruzados, observándolo con una lentitud aterradora y una sonrisa gélida que congeló los gestos del orador. Cuando el juez le dio la palabra, Valentina se puso de pie. No levantó la voz; no lo necesitaba.
Con una frialdad matemática que dejó a todos mudos, Valentina tomó el micrófono y comenzó su ejecución legal. Desmintió cada uno de los supuestos tecnicismos del rival, citando artículos del Código Penal de memoria, con una precisión tan milimétrica que parecía estar leyendo un pergamino invisible. Desmenuzó los argumentos de la contraparte como quien despedaza un ejército mal entrenado.
—El doctor confunde la astucia con la incompetencia —sentenció Valentina, clavando sus ojos felinos en su oponente—. Mis capacidades físicas no están en discusión en este tribunal, pero sus capacidades éticas sí.
Con un movimiento elegante de sus manos regordetas, sacó de su maletín un dispositivo de almacenamiento digital y un informe pericial certificado.
—Aquí tengo las pruebas irrefutables de que la firma rival no solo copió los planos del procesador del señor Alexander, sino que hackearon de forma directa e ilegal la red interna de su compañía utilizando un software espía. Eso, su Señoría, no es una disputa de patentes; es un delito federal.
El abogado arrogante se quedó pálido, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. El sudor comenzó a correrle por la frente mientras miraba los documentos que Valentina le entregaba al secretario del juzgado. Su elaborada estrategia de humillación se había desmoronado en menos de diez minutos ante la soberbia intelectual de la abogada.
El resultado de la batalla fue contundente. El juez, tras revisar brevemente la contundencia de las pruebas presentadas, golpeó el mallete contra el estrado y dictó su resolución inmediata: una orden de restricción financiera absoluta contra la empresa competidora, congelando provisionalmente sus fondos de desarrollo hasta que se dictara la sentencia definitiva.
Valentina había ganado la primera batalla de la guerra corporativa sin despeinarse, manteniendo una dignidad intacta que obligó a todo el recinto a mirarla con un respeto renovado.
Mientras ordenaba sus papeles con total tranquilidad, la Emperatriz sintió una mirada pesada clavada en su nuca. Giró levemente la cabeza hacia el fondo de la sala de audiencias, donde la penumbra de los últimos bancos ocultaba a los espectadores. Allí, sentado en las sombras, se encontraba Alexander. El CEO millonario permanecía con los brazos cruzados sobre el pecho, observando toda la escena en absoluto silencio. Una sonrisa oscura, peligrosa y cargada de una fascinación desbordante se dibujaba en sus labios. Su abogada no solo había ganado; había ejecutado a sus rivales con la elegancia de una verdadera soberana.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.