Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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La bestia que me habita.
...Capítulo 7....
...Parte 1....
...La bestia que me habita....
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Andrew.
El camino de regreso a la fortaleza se me hizo eterno. Cabalgué al frente de la comitiva, erguido, con la mirada fija en el horizonte, proyectando esa imagen de fuerza y determinación que se espera de un Alfa que acaba de recibir una declaración de guerra. Mis hombres me miraban con respeto, con confianza, convencidos de que mi silencio era señal de estrategia, de furia contenida, de la preparación para la batalla que se avecinaba.
Nadie podía imaginar que, por dentro, yo estaba hecho pedazos. Que mi mente no estaba en los planes de defensa, ni en las fronteras, ni en las palabras venenosas de Juls Anderson.
Mi mente, mi cuerpo, mi sangre entera... seguían clavados en el puente de las Rocas Grises, clavados en ella. En Leonor. En el segundo exacto en que nuestros ojos se encontraron y el mundo entero dejó de existir.
Al llegar, di las órdenes necesarias con voz firme, sin que me temblara ni un músculo: refuerzo en todos los límites, patrullas dobles día y noche, almacenamiento de provisiones, preparación de armas. Hablé con los ancianos, escuché sus consejos, asentí, respondí... todo automático, como si mi cuerpo actuara solo mientras mi alma vagaba muy lejos de allí.
Cuando por fin cerré la puerta de mis aposentos detrás de mí, cuando el cerrojo hizo clic y quedé en la más absoluta soledad, me dejé deslizar contra la madera hasta caer de rodillas. El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran golpeado en el pecho. Y entonces, sentí. Sentí cómo se movía dentro de mí.
Despertó.
La bestia. Mi lobo. Esa parte de mí que es más antigua, más salvaje, más verdadera que nada. Y habló. Su voz no sonaba en mis oídos, sonaba en cada fibra de mi ser, profunda, resonante, llena de una certeza que a mí me faltaba.
—«La he olido.»
Solo esas tres palabras, y ya sentí cómo me ardía la piel.
—«La he reconocido. Es nuestra.»
—Cállate —susurré, apretando los dientes, llevándome las manos a la cabeza como si pudiera ahogarlo—. Cállate, por favor.
Pero él no escucha súplicas. Él solo conoce la verdad de la sangre.
—«Lleva nuestra marca. La llevaba desde antes, desde esa noche, y hoy lo confirmé. Es ella. La hembra. Nuestra compañera. La que la Diosa puso para nosotros. ¿Cómo puedes quedarte aquí sentado? ¿Cómo puedes respirar sabiendo que ella está allá, en la oscuridad, rodeada de muerte y hielo?»
Sentí un tirón violento en el pecho, una urgencia física, dolorosa, que me empujaba hacia la puerta, hacia el sur, hacia el castillo de los Anderson. Mis músculos se tensaron, mis huesos empezaron a crujir con el deseo de cambiar, de correr, de atravesar bosques y montañas hasta llegar a ella.
—«Tenemos que ir. Ahora. Destrozaremos todo lo que se interponga. Mataremos a quien se atreva a mirarla. Ella nos pertenece. ¡ES NUESTRA!»
—¡NO! —grité, y mi voz rebotó en las paredes de piedra, ronca y desesperada—. ¡Es nuestra enemiga! ¡Es una vampira! ¡Es la hija del monstruo que quiere matarnos a todos! ¡Si vamos allá, nos matan! ¡La matan a ella! ¿Lo entiendes? ¡Es prohibido! ¡Es un error!
—«¿Prohibido?» —la voz de mi lobo se llenó de un desprecio salvaje, más fuerte que el miedo—. «¿Qué saben las leyes? ¿Qué saben los hombres? La Diosa no se equivoca al marcar. Ella es nuestra. Y nosotros somos de ella. La llamamos aquella noche. Ella respondió. Hoy nos miró y nos respondió de nuevo. ¿Cómo puedes luchar contra tu propia alma, Andrew?»
La batalla se libró allí mismo, en el suelo de mi habitación. Una guerra dentro de mi propia piel. Él empujaba, rugía, pedía libertad, pedía ir a reclamar lo que es suyo por derecho divino. Yo me aferraba a la razón, al deber, a todo lo que me han enseñado desde niño: los vampiros son malos, son la plaga, son lo que debes destruir.
Pero cada argumento que yo ponía, él lo derribaba con un solo recuerdo: su olor a vainilla y frío, el tacto de su piel, la forma en que me miraba como si supiera todos mis secretos, el hecho de que hoy, frente a su padre, no me delató. Me salvó la vida. Y yo a ella.
Sudaba frío, temblaba entero, me agarraba a los bordes de la mesa hasta que la madera crujió bajo mis dedos.
Nunca, en todos mis años de entrenamiento, de ser Alfa, de dominar al animal que llevo dentro, había tenido que luchar con tanta fuerza para no dejarme arrastrar por el instinto. Porque esta vez, el instinto no pedía cazar, ni pelear, ni proteger a la manada. Esta vez, mi naturaleza más pura solo pedía estar con ella.
Con un último esfuerzo, doloroso, casi agónico, logré encerrarlo. Lo empujé hacia lo más profundo de mi conciencia, lo até con cadenas de voluntad y deber, lo silencié. Respiré hondo, con el cuerpo cansado como si hubiera peleado contra un ejército entero. Él se quedó callado... pero lo sentí. Sé que no se ha rendido. Solo espera. Y yo también.
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