En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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Cuando por fin empecé de cero.
En mis manos repaso los documentos que me dio Darío.
La dirección donde me quedaré, una tarjeta de crédito que él insistió en darme —solo para emergencias, dijo— y una pequeña nota escrita a mano donde me deseaba suerte.
La leo varias veces.
Me tiemblan las manos.
Cierro mis ojos y termino quedándome dormida en el asiento del avión, agotada emocionalmente.
Cuando el avión aterriza, siento el golpe del regreso a la realidad.
Recojo mis cosas, respiro profundo y me dirijo a la dirección que él me dio.
Llego.
Y el lugar… sí. Me gusta.
No es lujoso.
No tiene nada ostentoso.
Pero huele a libertad, a tranquilidad, aquí nadie me conoce ni saben quién soy.
A mí me sabe a libertad.
Una casa humilde, silenciosa, con olor a tiempo detenido.
Mi celular suena. Contesto.
—Gracias, Darío. La casa es hermosa.
—Espero y puedas empezar desde cero —me responde él.
—Mañana saldré a buscar trabajo.
—Ania, un ex socio de tu padre me hizo el favor en su despacho… trabajarás. No sé si quieras, pero harías limpieza. Mientras te acomodas. Te mandaré la ubicación.
—Me encanta. Claro que mañana me presentaré. Gracias.
—De nada —me dice, y su voz suena cansada.
—Ven aquí conmigo algún día —le digo de pronto— yo no te ofrezco amor de pareja, pero sí mi amistad.
—Iré a verte —susurra— pero ya cuando a René se le olvide y dejé de seguirme, no quiero que te encuentre…
Lo escucho suspirar.
—¿Ya lo sabe?
—Sí. De hecho, aún sigue afuera.
Siento una tranquilidad caer dentro de mí.
—Lo siento….
—Ya no más preguntas. Está prohibido hablar de René.
—Trato hecho —respondo. Y sonrío, aunque él no me pueda ver.
Nos despedimos y cuelgo, dejo mis maletas.
Abro las ventanas y el polvo se levanta como si estuviera despertando junto conmigo.
Hago limpieza, lavo, cambio sábanas… y sin darme cuenta, se va todo mi día.
Cuando anochece, me baño, acomodo mi ropa en el closet improvisado y me acuesto.
No duermo.
Solo doy vueltas en la cama.
La libertad pesa más que el encierro, a veces.
Porque ahora no queda nadie a quien culpar.
Ahora todo depende de mí.
A las 7am ya estoy despierta.
Me visto para andar cómoda.
Salgo temprano para dar con el lugar donde trabajaré.
Después de muchas vueltas —y preguntas a personas que casi ni me miran— llego.
Es una empresa grande.
Más elegante de lo que imaginaba.
Pregunto por la persona que me dijo Darío y me reciben mis papeles.
Me indican de qué se trata mi trabajo.
Voy por los materiales de aseo, me dan una lista y me señalan con qué oficina empezar.
Me pongo manos a la obra.
La primera oficina la termino alrededor de una hora.
Es un trabajo tranquilo. Silencioso.
Nadie me mira, nadie me juzga.
Aquí no soy la mujer que su padre se le murió y su novio se casó con su media hermana.
Y por primera vez, ser nadie no duele.
Saco el carro de limpieza al pasillo para continuar.
Y ahí —justo ahí— el destino decide reírse de mí.
Me topo con la persona menos indicada.
La sangre se me congela.
Ese apellido pesa.
Ese nombre carga historias que no quiero recordar ni volver a tocar.
Siento que el aire se me va.
Él se detiene frente a mí.
Sus ojos me reconocen antes que su mente, porque su gesto cambia.
Lo veo levantar ligeramente el mentón, curioso.
No dice nada.
Solo me mira como si esperara algo asi.
Y ahí lo entiendo:
yo puedo huir del lugar…
Pero nunca de las consecuencias.
Me quedo inmóvil, con la mano en el carro de limpieza.
Mi corazón late tan fuerte que me duele.
No sé si hablar.
No sé si dar media vuelta.
No sé si fingir que no sé quién es.
Pero solo una frase cruza mi mente:el pasado siempre cobra su precio.
Y este encuentro…
se siente como el primer pago.
Damián Volkov.