INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Capítulo 6: El Peso de las Decisiones
El silencio en la casa de sus padres siempre había sido el refugio de Juliana, el único lugar donde podía colgar el traje de directora inquebrantable y permitirse ser simplemente una hija. Esa noche, la tormenta que amenazaba la ciudad por fin había estallado, y las gotas de lluvia golpeaban con fuerza los cristales de la cocina.
Juliana estaba sentada frente a la mesa, sosteniendo una taza de té caliente entre sus manos temblorosas, con la mirada perdida en el vapor que ascendía. Frente a ella, su madre, Julia, la observaba con esa sabiduría silenciosa y compasiva que solo los años y los golpes de la vida otorgan.
—No sé qué hacer, mamá —confesó Juliana en un hilo de voz, dejando que la primera lágrima rodara libre por su mejilla—. Andrés tiró la toalla. Me trajo un acuerdo legal para los niños. Su mirada... nunca lo había visto mirarme con tanta frialdad. Tengo miedo de haberlo perdido para siempre ahora que por fin me sentía lista para intentarlo.
Julia estiró la mano sobre la mesa y cubrió los dedos de su hija con un apretón cálido. Miró a Juliana con ternura, pero también con la firmeza de quien conoce el verdadero significado del sacrificio y del amor propio.
—Está bien que Andrés haya puesto un límite, mi amor. Todo en esta vida tiene un tope, y él ha picado piedra en un muro de hielo durante cinco años —dijo Julia con voz serena—. Pero tienes que recordar algo muy importante sobre ti misma, Juliana. Cuando tú estabas enamorada de él en el pasado, y él te miró a los ojos para decirte que amaba a otra... ¿qué hiciste tú?
Juliana bajó la mirada, tragando el nudo en su garganta al recordar el fantasma de Juliette y los años de universidad.
—Me hice a un lado —susurró.
—Exacto —asintió Julia, con una sonrisa de orgullo triste—. Te hiciste a un lado aun queriéndolo con toda tu alma. No solo respetaste su decisión, sino que lo ayudaste a que su amor diera frutos, lo apoyaste en su dolor y en su felicidad. Tuviste la madurez de darle lo que él necesitaba en ese momento, aunque a ti se te partiera el corazón.
Julia se inclinó un poco más hacia adelante, obligando a su hija a sostenerle la mirada.
—Si ahora Andrés te está pidiendo distancia porque se cansó, y tú dices que has madurado y que te sientes preparada... entonces dásela. Demuéstrale la misma madurez que tuviste en el pasado. Dale la distancia que te pide. A veces, el amor también es saber respetar el límite del otro, aunque duela.
Las palabras de su madre resonaron con una fuerza aplastante en el pecho de Juliana. Tenía razón. No podía exigirle a Andrés que volviera a la carga justo cuando ella quería, solo porque sus propios miedos se habían disipado. Si él quería límites claros y casas separadas, ella tendría que sostener esa realidad con la frente en alto.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la penumbra de su propia sala, Andrés permanecía de pie junto al ventanal, contemplando la lluvia caer sobre la avenida. Llevaba un vaso de whisky en la mano, intacto, mientras el hielo se derretía lentamente.
La imagen de Juliana en la recepción de la academia, con los ojos cristalizados y desencajada por su frialdad, no se le borraba de la mente. Andrés suspiró con pesadez, sintiendo una opresión brutal en el pecho. ¿Había hecho bien en poner ese ultimátum tan drástico? Cinco años de amor contenido y paciencia inquebrantable habían estallado en un instante de puro cansancio emocional. No es que hubiera dejado de amarla —eso era imposible—, pero el orgullo de hombre y el desgaste de ser siempre el "error de contención" lo habían empujado al límite.
Se giró lentamente al escuchar un pequeño bostezo. En el sillón principal, arropado con una manta, el pequeño Andreis Julián, de cinco años, dormía plácidamente. El niño se había rehusado a irse a la cama sin antes preguntarle si al día siguiente irían a ver a "su mamá Juli" a la academia.
Andrés caminó hacia el sillón y se acuclilló frente a su hijo, acariciándole el cabello suave con una delicadeza infinita. Una nueva oleada de preocupación, mucho más racional y dolorosa, lo asaltó.
Si iba a mantener la distancia con Juliana de forma definitiva, si las cosas a partir de ahora se limitarían estrictamente a los papeles y a la copaternidad de Athenea... ¿era bueno seguir dejando que Andreis Julián se encariñara tanto con ella? El niño había crecido viendo a Juliana como su figura materna, adorándola con la inocencia de un hijo. Pero si Juliana y él nunca iban a ser una familia real bajo el mismo techo, si la frontera de las casas separadas se volvía permanente por su propia decisión, mantener ese lazo tan estrecho de Andreis con Juliana solo podría lastimar al niño en el futuro cuando entendiera la realidad.
Andrés se puso en pie, pasando una mano por su rostro, sintiéndose atrapado en su propia red. Había levantado un muro para protegerse del rechazo de Juliana, pero ahora, las consecuencias de su frialdad amenazaban con salpicar lo que más amaba en el mundo: sus hijos.