En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 15
Los tres días posteriores a la caza del mamut lanudo se convirtieron en una bofetada de realidad para la plaza central de la Tribu de la Roca. Tal como Mei lo había predicho con precisión, el clima no dio tregua. La tormenta inicial se transformó en un vórtice de viento helado y nieve espesa que sepultó los senderos bajo más de un metro de hielo blando. Salir a cazar en esas condiciones era una misión suicida: la visibilidad era nula y el pelaje de los osos, aunque grueso, terminaba empapándose, congelando a los guerreros antes de que pudieran divisar una presa.
Dentro de las cuevas comunales de la aldea baja, la atmósfera de celebración se había evaporado tan rápido como el humo de las fogatas mal ventiladas. El colosal cuerpo del mamut, que Boran y sus hombres habían dejado expuesto en el centro de la plaza confiando en que el frío actuaría como un bloque de hielo eterno, sufrió las consecuencias de la negligencia. Las nevadas intermitentes seguidas de breves periodos de humedad atrapada en el valle crearon una capa de escarcha superficial, pero el interior de la colosal masa de carne comenzó a descomponerse debido a la falta de un desangrado y desollado correctos. Peor aún, las porciones que habían arrastrado al interior de las cuevas comunales para el banquete diario comenzaron a llenarse de un moho blanquecino y filamentoso, acelerado por el calor sofocante y el vapor de los cuerpos de las bestias.
—Huele a muerte aquí dentro —se quejó Maya la mañana del cuarto día, apartando con asco un trozo de carne que Boran le había asignado a su nido—. Mis crías tienen el estómago revuelto y una tos que no las deja dormir. Boran, nos dijiste que este animal nos mantendría fuertes durante toda la Luna Blanca.
Boran, sentado junto a un fuego agonizante con el rostro sombrío y las ojeras marcadas, soltó un gruñido defensivo. Su orgullo de macho alfa estaba sufriendo un desgaste severo. —La carne está buena, Maya. Solo hay que rasparle la superficie. Los cazadores arriesgamos la vida en la tormenta mientras ustedes solo saben quejarse. Si el clima no mejora, no podremos traer nada más. Come lo que hay o pasa hambre.
Talia, acurrucada a su lado bajo capas de piel de venado que ya empezaban a perder su flexibilidad por la humedad, guardó silencio. Sus ojos verdes chispeaban de furia, no solo por la incomodidad del nido, sino porque sabía, muy a su pesar, que las palabras que Lin Mei había pronunciado frente a toda la plaza se estaban cumpliendo al pie de la letra.
Mientras la aldea baja se sumía en el descontento y la enfermedad, en las colinas altas, la cueva de Mei era un oasis de orden, calor y desarrollo.
El diseño de su fogón circular de retención térmica funcionaba a la perfección. Consumía apenas una tercera parte de la leña que una fogata abierta requería, manteniendo una temperatura constante y agradable que permitía a Mei vestir únicamente su túnica modificada sin necesidad de pesadas capas. En una esquina, perfectamente organizadas sobre repisas de piedra, se alineaban las cestas de papas silvestres que había recolectado con las hembras ciervo. Ninguna de ellas mostraba signos de descomposición; Mei las revisaba diariamente, manteniéndolas cubiertas con hojas secas de pino para absorber cualquier rastro de humedad.
Pero el verdadero milagro de la cueva se encontraba colgado entre el techo de piedra y la cintura de la joven agrónoma.
Clac. Clac. Deslizar. Ajustar.
El sonido rítmico del telar de cintura no había cesado durante las setenta y dos horas de la tormenta. Los dedos de Mei, aunque cansados y con pequeñas marcas de presión por la tensión del hilo, se movían con la memoria mecánica de una experta. Frente a ella, la urdimbre de hilos de ortiga gigante finalmente había llegado a su fin.
Con un movimiento preciso, Mei utilizó su lasca de piedra afilada para cortar los hilos tensores que la unían al tronco de la pared. Desató la correa de cuero de su cintura y, con un suspiro de profunda satisfacción, extendió la pieza terminada sobre su lecho de helechos.
Era una pieza de tela de casi dos metros de largo por un metro de ancho. El tejido era tupido, regular, de un color marfil limpio y con un peso que era apenas una fracción de lo que pesaba la piel de un ciervo joven. Al tacto, no tenía la rigidez del cuero crudo ni la aspereza de las lianas; era una superficie flexible, suave y con una capacidad de aislamiento térmico que Mei había mejorado entrelazando algunas fibras de pelusa de cardo silvestre en la trama central.
—El primer textil de este mundo —susurró Mei, una sonrisa de orgullo legítimo iluminando sus ojos almendrados—. Adiós a la ropa acartonada.
Sin perder tiempo, Mei tomó la lasca de piedra y comenzó a cortar la tela siguiendo un patrón funcional que había diseñado mentalmente. No quería una túnica holgada que estorbara sus movimientos en el bosque, sino una chaqueta cruzada con mangas ajustadas y un pantalón rudimentario que pudiera atarse a los tobillos con tiras de cuero. Utilizando una aguja de hueso de ave calada que había pulido con arena y el hilo de ortiga más fino que había reservado, comenzó a coser los bordes con puntadas firmes y espaciadas uniformemente.
A media tarde, una serie de golpes suaves y dubitativos en la entrada de la cueva la obligaron a pausar su costura.
—¿Lin Mei? ¿Estás ahí? —la voz de Sora sonaba apagada por el viento, pero arrastraba una nota de urgencia que Mei detectó de inmediato.
—Entra, Sora. La entrada está despejada —respondió Mei.
La hembra ciervo cruzó el umbral empujando una densa ráfaga de aire frío. Venía envuelta en una manta de piel tiesa, con el rostro pálido y los labios ligeramente azulados. Detrás de ella, sosteniendo a una pequeña cría de apenas tres inviernos en sus brazos, entraba Nila. El pequeño no dejaba de temblar y emitía un silbido ronco cada vez que respiraba; su frente estaba perlada de un sudor frío que delataba una fiebre alta.
—Lamento molestarte, Lin Mei —dijo Nila, sus ojos de ciervo desbordando lágrimas que se congelaban en sus mejillas—. Sé que prometimos no ser una carga, pero mi pequeño Ro no mejora. El moho de la cueva baja está empeorando su pecho y Boran se niega a darnos más leña porque dice que los guerreros la necesitan para mantener sus armas secas. Talia nos dijo que si el cachorro moría, era porque era débil. Por favor... ayúdanos.
Mei se levantó de inmediato, dejando su costura en la roca. Su mentalidad médica y humanitaria se activó al instante. —Pon al niño cerca del fuego, Nila. Sora, ayúdala a quitarle esa piel mojada; la humedad de la nieve que trae en la ropa le está robando el calor del cuerpo.
Mientras las recolectoras obedecían con rapidez, sorprendidas por la calidez casi veraniega que se respiraba en la cueva, Mei se dirigió a su repisa de medicinas. Tomó un vial de calabaza seca donde guardaba el polvo de corteza de sauce blanco picado y un puñado de hojas de menta silvestre desecadas. Vertió los ingredientes en un cuenco de arcilla limpia, le añadió agua de su reserva y colocó el recipiente directamente sobre las piedras calientes que rodeaban el fogón.
En pocos minutos, un vapor aromático, penetrante y medicinal comenzó a llenar el espacio. El olor de la menta abrió casi de inmediato las vías respiratorias del pequeño Ro, quien dejó de jadear con tanta violencia.
—Dale a beber esto lentamente cuando empiece a soltar el hervor —instruyó Mei, entregándole un pequeño cuenco de madera a Nila—. La corteza le quitará el fuego del cuerpo y la menta le limpiará el pecho. Pero el verdadero problema no es solo la fiebre; es que sus cuerpos están desnutridos y el frío de las cuevas bajas los está matando.
Sora miró hacia la esquina donde Mei tenía su ropa de tela a medio coser y sus ojos se abrieron de par en par. —¿Eso es... lo que estabas haciendo con los hilos?
Mei asintió, tomando la chaqueta de tela casi terminada. Se la extendió a Nila para que la tocara. La hembra ciervo acarició el tejido con dedos temblorosos, maravillada por la ligereza y la calidez que desprendía el material a pesar de no tener pelaje.
—Esto es lo que salvará a tu hijo, Nila —declaró Mei con firmeza—. Pieles como las que llevan acumulan el sudor y se vuelven bloques de hielo. Esta tela respira. Mañana mismo les enseñaré a montar un telar de cintura en sus nidos. Es un trabajo que pueden hacer dentro de sus cuevas sin necesidad de que los machos les traigan nada. Recolectaremos más ortigas de las zonas altas donde la nieve no las ha sepultado por completo.
Nila abrazó a su cría, que ahora bebía el té medicinal de sauce con avidez, sus mejillas recuperando poco a poco un tono saludable. —Lin Mei... la gente de abajo está empezando a hablar. Los nidos de los ciervos y los jabalíes ya no quieren escuchar a Talia. Ella solo nos pide que sirvamos a Boran a cambio de carne podrida. Si nos enseñas a hacer esto... la mitad de la tribu dejará de seguir las órdenes de la plaza.
Mei esbozó una sonrisa fría y calculadora. La crisis que Kaelen había augurado estaba ocurriendo más rápido de lo esperado, y ella estaba perfectamente posicionada para capitalizarla. —Eso es exactamente lo que quiero, Nila. No busco dividir a la tribu, pero no permitiré que la estupidez de unos machos arrogantes mate de hambre y frío a quienes realmente sostienen la comunidad. Mañana empezaremos la producción.
Las dos hembras se quedaron en la cueva hasta que la fiebre del pequeño Ro desapareció por completo y el niño cayó en un sueño profundo y reparador. Al retirarse, envueltas en la esperanza de una nueva tecnología, Mei regresó a su labor de costura.
Terminó su chaqueta justo cuando la noche caía con toda su oscuridad sobre el valle de la Roca. Se despojó de la vieja y rígida túnica de venado que la había acompañado desde su llegada a este mundo y se colocó sus nuevas prendas de tela de ortiga. El ajuste era perfecto; la chaqueta se ceñía a su torso con comodidad y el pantalón le permitía doblar las rodillas y moverse con una agilidad que ninguna otra hembra del continente poseía.
Se acercó a la entrada de la cueva para mirar la tormenta exterior. Mientras contemplaba los copos de nieve caer, una silueta colosal y familiar apareció al borde del claro, sus ojos ámbar brillando con una intensidad felina a través de la blancura de la ventisca.
Kaelen estaba allí, observándola con su habitual sonrisa de suficiencia, pero sus ojos se abrieron con una genuina sorpresa al notar la ropa que Mei vestía. La pequeña flor del bosque no solo había sobrevivido a la primera semana de la gran helada; se había confeccionado su propia armadura de civilización, lista para desafiar tanto a los osos como al mismísimo invierno.
zorra ? ¿ q animal ?