A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 10
Capítulo 10
Una verdad insoportable
La acusación contra mi padre me dejó helada.
—Mentira —repetí, ya en el auto de Santiago—. Es mentira.
—Yo no puedo asegurarlo.
—Yo sí.
Siete años antes yo estaba preparando mis exámenes de ingreso a la universidad. Mi padre se levantaba temprano para hacerme café y revisar que hubiera desayunado. No era un santo; nadie lo era. Pero conocía su forma de tratar a la gente. Pensar en él abusando de una muchacha era como imaginar que el sol saliera negro.
—Diego cree que hay un video —dijo Santiago—. No he podido localizarlo.
—Entonces lo buscamos.
—No se busca un archivo viejo entre familias poderosas como quien busca una foto en el celular.
—Pues empezamos por alguna parte.
Santiago guardó silencio.
Yo estaba demasiado alterada para callarme.
—Y aun si él cree esa historia, casarse conmigo para humillarme es una estupidez cruel. ¿Qué clase de persona usa a una mujer para castigar a otra familia?
—Una persona criada con resentimiento.
—No lo justifique.
—No lo hago. Lo explico.
Luego habló de Dulces Salcedo, la empresa familiar. Mi abuelo la había levantado desde cero. Mis padres habían preferido viajar y vivir tranquilos, así que mi tío Héctor y mi tía Paula llevaban buena parte de la operación diaria.
Yo no quería administrar. Me gustaba el periodismo, el ruido, las primicias. Pero al casarme, mi abuelo me entregó acciones y propiedades como regalo.
—Diego podría intentar reclamar parte de lo adquirido durante el matrimonio —dijo Santiago—. Y si la familia Alcázar lo respalda, la presión puede volverse más grande que un divorcio.
Me sentí estúpida.
—Mi abuelo trabajó toda su vida. Mi familia confió en mí.
—Usted fue engañada.
—Eso no devuelve nada.
Las lágrimas salieron antes de poder detenerlas. Santiago se quedó rígido, luego me ofreció un pañuelo blanco.
—No llore todavía. Es el peor escenario.
—¿Pero puede pasar?
—Sí.
—Entonces tengo derecho a llorar.
No discutió.
Cuando me calmé, lo miré con los ojos hinchados.
—Usted tampoco quiere que Diego gane.
—No.
—Entonces trabajamos juntos.
—¿Acepta mi trato?
—Acepto cooperar. Acepto aparecer como su mujer si sirve para molestar a Diego y cerrarle caminos. Pero no soy suya.
—Eso ya lo veremos.
—No, eso ya está visto.
Santiago arrancó el auto.
—Primero necesita abogado.
—Lucía mencionó a Matías Rivas.
—Buen despacho.
—¿Lo conoce?
—México es grande, pero ciertos círculos son pequeños.
De regreso, recuperé mi coche y el pastel que seguía milagrosamente entero. Llegué a casa de Lucía con cara de haber peleado contra un tren.
Le conté todo.
Lucía escuchó sin interrumpir, cosa rara en ella.
—Esto es demasiado incluso para mí —dijo al final—. Necesitas abogado, psicóloga y una botella.
—Empecemos por abogado.
Me pasó el número de Matías Rivas con una calma fingida.
—¿De dónde lo sacaste?
—Grupo de exalumnos.
—Tú estabas enamorada de él.
—Todas estaban enamoradas de él.
—Pero tú le escribiste una carta.
Lucía me apuntó con el tenedor.
—¿Quieres divorciarte o quieres morir?
Tomé el papel.
Esa noche, después de comer pastel, el dolor volvió. No solo por Diego. También por mi propio orgullo. Yo había sido criada con amor, con libertad, con la confianza de que podía elegir mi vida. Y en mi primera gran elección de amor, había elegido una trampa.
El celular vibró.
Mensaje de Santiago:
Viernes, Hyatt. Recepción de Diego.
No escribió “vaya”.
No hacía falta.
Iba a ir.
Quería ver a Diego subido al escenario de su nuevo apellido. Quería ver a Teresa convertida en señora respetable. Quería ver a Camila sin su papel de protagonista y sin el control de la escena.
Y quería que ellos me vieran.
A la mañana siguiente, Carmen me mandó a cubrir otra bomba: El Encanto ya tenía nueva protagonista. Sofía Reyes, actriz querida que volvía tras un año de descanso por depresión.
La jugada era perfecta.
La película ya no era “el escándalo de Camila”. Era “el regreso de Sofía”.
Grupo Alcázar había limpiado la mesa en tiempo récord.
—Santiago se mueve rápido —murmuré.
Carmen me miró.
—¿Dijiste algo?
—Que esta industria da miedo.
—Llegaste tarde a esa conclusión.
Esa tarde llamé al despacho de Matías. Al mencionar mi caso, me dieron cita para el día siguiente.
Por primera vez desde el hotel 506, sentí que tal vez no solo estaba reaccionando.
Tal vez empezaba a mover piezas.